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El periodo helenístico

Hoy vengo a hablaros del Helenismo, que parece mentira el poco caso que se le hace, si es una época entretenidísima. Pero no os preocupéis, que aquí estoy yo, siempre atenta a los raritos y las causas perdidas.

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El imperio helenístico a la muerte de Alejandro. CC BY-SA 3.0

Algunas preguntas clásicas (jeje, clásicas, ¿lo pilláis? Clásicas) son: ¿esto cuándo lo echan? ¿qué pasa con el Helenismo? y, sobre todo, ¿por qué nadie lo quiere, con lo mono que es?
Os lo voy a contar: el Helenismo es el amigo simpático de la Grecia Clásica. Es el actor secundario Bob del show de la Historia Antigua.

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Señoras que viven su helenismo sin tapujos y sin miedo al qué dirán. Figura beocia de terracota. British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

¿Qué pasa con los amigos simpáticos? Que la belleza del amigo guapo se marchitará (?) y lo importante está en el interior (?), y cuando te molestas en conocerlos son gente maravillosa (?).
O a lo mejor son unos imbéciles redomados, pero hasta que no te molestas, no lo sabes. Así que vamos al lío.

¿Esto cuándo lo echan?

Evidentemente, los habitantes del mundo conocido no se levantaron por la mañana, arrancaron una página del calendario y dijeron: “ah, mira, ha llegado el Helenismo, vamos a hacer el cambio de armario”. Como casi todas las etiquetas históricas que gastamos ahora, el concepto “helenismo” se inventó en el siglo XIX.
A un señor alemán prusiano con mucha vida interior —un tal J.G. Droysen— se le ocurrió que era necesario un término para referirse a los cambios que produjo la expansión de la cultura griega por las zonas de Asia, y en general por el mundo no griego, sometidas por Alejandro Magno.

¿Nos estás diciendo que la gente de aquella época no tenía ni idea de que vivía en el helenismo?
Os lo estoy diciendo.

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El gálata moribundo se murió sin saber que había vivido en el periodo helenístico. Copia romana de un original helenístico. Museos Capitolinos, Roma. La foto es muy mía.

Lo mismo que si dentro de 500 años los arqueólogos del futuro se hartan de encontrar momias conservadas en gin-tonic de señores con camisas de flores, sombreros de paja y ukeleles, a lo mejor bautizan nuestra época como la Cultura de los Modernos. Y tendremos que jodernos, porque no estaremos allí para poder reclamar.

Así que la cosa era definir el fenómeno de la difusión de la cultura griega a través de todo el mundo no griego, especialmente en las zonas de Asia conquistadas por Alejandro Magno. Los límites cronológicos del Helenismo se establecieron entre el 323 a.C. (muerte de Alejandro Magno) y el 31 a.C. (batalla de Accio y conquista de Egipto por parte de Roma).

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El tradicional patito helenístico (?). British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

Esto tampoco quiere decir, ni mucho menos, que la asimilación de “lo griego” fuera un proceso homogéneo en un grupo de población homogéneo. Los límites que definían lo griego eran difusos, tal como múltiples eran las diferencias entre la gran cantidad de pueblos y culturas que Alejandro incorporó a su imperio. Oriente Próximo no se apuntó en bloque a la EOI para aprender griego, ni las costumbres griegas se impusieron de la noche a la mañana sobre los pueblos que allí vivían.
Imaginaos la resistencia secular de las abuelas españolas a considerar la pizza un alimento normal,  donde esté un buen cocido… Pues lo mismo pero con las abuelas de Oriente Próximo (y Medio) y las costumbres griegas.
(Aprovecho para saludar a mi abuela, que hace unas pizzas y unos macarrones con tomate que se van del mundo.)
Lo lógico es pensar que la asimilación de las costumbres griegas se produjo de forma heterogénea y gradual y que las interacciones entre la población local y los griegos recién llegados tuvieron sus altibajos, con sus renuncias y sus enfrentamientos. Si esto ya era complejo de salida, imaginaos cuando a su muerte los sucesores de Alejandro fragmentaron el imperio en diversos nuevos reinos.

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Tetradracma de Alejandro Magno acuñado en Babilonia (325-323 a.C.). Anv: Cabeza de joven Hércules con leonté. Rev: Zeus sentado con águila y cetro. British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

El Helenismo es un carajal de proporciones épicas, amigos. Pero, precisamente por ello, es un periodo apasionante, dinámico y lleno de matices (como el whisky) y asombrosos cambios en el mundo tal como lo conocían sus habitantes.

Friendzone, nivel Zeus-Amón

Si es tan interesante como dices, a ver por qué nadie le hace caso.

En cuanto al ser humano normal que se acerca a la Historia Antigua con curiosidad es posible que pueda palidecer en comparación con la Época Clásica.

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Hemidracma de la Liga Etolia (279-168 a.C.). Cabeza de Atalanta en el anverso, jabalí en el reverso. British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

El listón de la Grecia clásica está MUY alto [1]. No sé si me explico.
Ante un Milcíades en Maratón o un Leónidas en las Termópilas, heroicos, grandes y rotundos, el pedazo de friki de Demetrio I de Macedonia (llamado Poliorcetes, “el asediador de ciudades”) construyendo máquinas de asedio para conquistar ciudades a lo mejor no llama tanto la atención. Luego resulta que el mayor asedio en el que se embarcó Demetrio fue el de Rodas, que le salió fatal, por cierto, y para celebrarlo los rodios erigieron el Coloso, una de las siete maravillas de la Antigüedad, y eso ya es otra cosa. Pero del pobre Demetrio no se acuerda [casi] nadie [2].

A aullar a la gatera, Demetrio. (Fuente: Wikipedia).
A aullar a la gatera, Demetrio. (Fuente: Wikipedia).

Para los historiadores es algo parecido, pero en nivel pro. Está primero el problema de las fuentes: nos falta una narración continuada contemporánea. Una palabra que aparece mucho en referencia a las fuentes escritas de esta época es “fragmento”. Un fragmento puede ser literalmente eso: un pedacito de papiro o de pergamino que ha aparecido por ahí o una cita o resumen de un autor perdido en la obra de otro que sí conservamos —y que muchas veces es varios siglos posterior. Es muy frustrante pensar que el periodo helenístico fue una época increíblemente fértil en historiadores y realmente no conservamos casi nada de lo que escribieron [3].

Tenemos a Polibio de Megalópolis (c. 200 a.C. – c. 118 a.C.), que es el único historiador helenístico del que conservamos una obra completa, aunque muy mutilada. Sólo cinco de sus 40 libros nos han llegado intactos, el resto se han reconstruido a partir de fragmentos.

Por otra parte, está Diodoro de Sicilia (s. I a.C.), que escribió una historia universal hasta el año 60 a.C., basándose en las memorias de Jerónimo de Cardia (general e historiador griego, contemporáneo de Alejandro) para componer la que parece la única narración ininterrumpida de los años que van del 323 a.C. al 302 a.C.

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Estátera de Diodoto de Bactria. De los reyes de Bactria no conocemos prácticamente nada, aparte de que acuñaron moneda. Anv: Cabeza de Diodoto. Rev: Zeus (con rayo y égida), águila y corona. British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

Luego están Pompeyo Trogo, que vivió en época de Augusto, cuyas “Historias Filípicas” se conservan a través de un epítome [4] de Justino (¿finales del siglo II d.C.?), y Apiano [5] de Alejandría (¿mediados del siglo II d.C.?), que escribió una historia de Roma en varios tomos, en la que trata la historia de diversos pueblos y cómo los romanos los conquistaron; en Apiano encontramos fragmentos de Jerónimo de Cardia, Polibio y un tratado antirromano de Timagenes de Alejandría (s. I a.C.).

Dion Casio (o Casio Dion, como más os guste), que vivió entre los siglos II y III de nuestra era, nos aporta datos sobre el periodo entre el 69 a.C. y el 46 a.C., aunque de los 80 libros de su “Historia romana” sólo conservamos 14.

Luego vamos saltando al Antiguo Testamento (uy, sí, aquí y aquí; esto no os lo esperabais de mí) y también asoman Flavio Josefo, Beroso, Manetón y, cómo no, Plutarco. Bueno, y Nepote, y Estrabón, y Pausanias, y Ateneo… Y creo que ya paro, porque os hacéis una idea. Pero de cada uno podemos aprovechar pedacitos, hay lagunas…
Y no hay quien se aclare, en general.

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Antíoco IV Epífanes a tope de cometer sacrilegios: “Entró con arrogancia en el santuario y se apoderó del altar de oro, del candelabro con todos sus accesorios, […] y los tesoros escondidos, los cuales logró encontrar. Con todas esas cosas se fue a su país. También mató a mucha gente y habló con grandísima insolencia.” Macabeos 1, 21-24. Macklin’s Bible (s. XIX). British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

Nos quedan todavía unos cuantos misterios sin resolver, batallas sin fecha, reyes sin cronologías…

A quién no le gusta un reto.

Por suerte, a finales del XIX y principios del XX nos sacudimos un poco la dependencia exclusiva de los textos y para el Helenismo tenemos la suerte de poder echar mano de fuentes no literarias muy interesantes: papiros, monedas, inscripciones, restos arqueológicos…

Una cosa que, para qué os lo voy a negar, me gusta muchísimo es que tenemos un conocimiento bastante amplio de la poesía y, sobre todo,  de la filosofía, el arte y la ciencia helenísticas —que son increíbles. Y ni siquiera voy a abrir el melón de la religión, porque ya es bastante larga la entrada —mentira, lo he abierto en las notas.

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Pendientes ptolemaicos con anforitas (alrededor del 200 a.C.). British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

En fin

Que es una época fascinante. Es difícil, pero merece la pena. A pesar de la fragmentariedad de las fuentes, aproximarse con curiosidad al Helenismo compensa también por su diversidad, que permite ir saltando de tema en tema, desde el Mediterráneo hasta el Hindu Kush, y por lo que de ellos todavía hay en nosotros [6].

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Asa de ánfora helenística con sello de cuadriga (me estaba haciendo la cuadriga encima). British Museum. CC BY-NC-SA 4.0

 

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[1] Con la Grecia Clásica tienes las Guerras Médicas, la Guerra del Peloponeso, Salamina, Platea, las Termópilas, Temístocles, Cimón, Pericles, Leonidas, Mirón, Fidias, Policleto, Escopas, Praxíteles, Lisipo, Sócrates, Gorgias, Protágoras, Jenófanes, Parménides, Zenón, Demócrito, Empédocles, Anaxágoras, Platón, Aristóteles, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Píndaro, Heródoto, Tucídides, Isócrates, Esquines, Demóstenes, el Partenón, el templo de Artemisa en Éfeso, el templo de Poseidón en el Cabo Sounion…

[2] Demetrio, por lo menos, comparte su sobrenombre con “el
arte de atacar y defender plazas fuertes”: poliorcética.

[3] Los principales historiadores del siglo III se han perdido: Jerónimo de Cardia, Duris, Timeo, Filarco y Arato de Sición.

[4] Resumen.

[5] Me la agarras con la mano.

[6] Hace unos años, salió el tema de los caballos lusitanos con los alumnos de máster. La escena esa de Gladiator en la que la que Máximo habla de sus caballos. Les conté cómo en la Antigüedad pensaban que las yeguas podían ser preñadas por el viento y que ésa era la explicación de que los caballos lusitanos fuesen los más rápidos. Se escucharon risillas de autosuficiencia entre el sector más religioso del grupo. “¿Qué pasa? ¿Me lo podéis razonar?”, los que me conocéis os estáis imaginando mi cara premonitoria de “os vais a dar una hostia; y de boca, además”. Siguieron las risillas de superioridad: “Es que vaya idiotas, mira que creerse eso”. “Hablamos cuando queráis de vírgenes fecundadas por palomas”. Se hizo un silencio tan denso que se podía clavar en él una cuchara.
Y eso, queridos, es Helenismo.

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3 pensamientos en “El periodo helenístico”

  1. No puedo mas que escribir palabras de elogio por lo escrito en esta entrada, y es que el período helenístico no pudo ser descrito de mejor forma. Agradezco a Claudia por haberse tomado el tiempo de traducirnos esto a los que tenemos poco entendimiento sobre el tema. Aquí estaremos al pendiente por más actualizaciones de esta página. Saludos.

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