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Violencia política en la Transición (III): Los grupos de extrema derecha y la represión del Estado

El último capítulo del serial sobre la violencia política en La Transición (tras los del nacionalismo violento y la izquierda radical) se cierra con dos casos de violencia DIFERENTES entre sí, que se presentan juntos porque ambos obedecen a un mismo condicionante: la nostalgia de épocas pasadas.
Como hemos podido ver en los dos capítulos anteriores, la violencia política durante los setenta era el pan de cada día. La situación de transformación en el país generaba que muchos grupos buscaran reubicarse en el nuevo marco de fuerzas políticas. Algunos de ellos buscaban la vuelta a un “pasado glorioso”, utilizando para ello incluso la fuerza y la intimidación, o transportaban al presente los vicios inherentes de una dictadura que recientemente había tocado a su fin.

Los grupos de extrema derecha
Los grupos de extrema derecha que operaban en el país tenían una serie de características comunes que, más allá de la ideología fascistoide o ultranacionalista, les unía: una organización no excesivamente desarrollada, los objetivos de su lucha (es decir, los llamados enemigos de la patria) y una cierta tolerancia con su actividad desarrollada por parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Si bien hablamos de grupos de extrema derecha en España, bien podríamos diferenciar dos subgrupos por su ámbito de actuación: los que actuaban en los territorios históricos del País Vasco (Euskadi, Navarra y el País Vasco francés) y los que actuaban en todo el territorio nacional.
Entre los grupos que operaban en los territorios vascos aparecen principalmente los Grupos Armados Españoles (GAE) y el Batallón Vasco Español (BVE). El nacimiento de ambos grupos en el País Vasco no es trivial, ya que era el lugar de mayor conflictividad política de la época, produciéndose de esta forma una especie de “guerra sucia indirecta” en la zona. Los GAE actuaron en el País Vasco entre 1979 y 1980, donde asesinaron a seis personas en prácticamente un año, quedando impunes en su mayoría debido a la ya citada connivencia con una parte de los cuerpos policiales de la época.
Pero si un grupo fue virulento entre los años 78 y 81 ése fue el BVE. Su actividad fue muy fuerte en la zona y llegó a asesinar a 18 personas. Además de en el País Vasco también atacó a sus “objetivos vascos” en otros lugares como París o Caracas. Entre las víctimas del BVE se encuentran civiles sin filiación política, militantes de distintas organizaciones políticas nacionalistas y colaboradores de ETA, tanto si pertenecían formalmente a dicha organización como si militaban en otras siglas.
También se podría meter en éste a los integrantes de la llamada Triple A o Alianza Apostólica Anticomunista, que también desarrollaron gran parte de su actividad en las provincias vascas, pero atentados tan sonados como el de la revista El Papus (Barcelona) hacen que no pueda ser incluido en este grupo. La Triple A llegó a asesinar a 8 personas entre 1977 y 1982, dejando además múltiples heridos y una estela de sangre y terror a su paso.
Entre las organizaciones que actuaron de una manera menos focalizada se pueden destacar a dos: los Guerrilleros de Cristo Rey y los grupos armados relacionados con el partido ultraderechista Fuerza Nueva, para los cuales se recomienda este artículo de González Sáez. Los Guerrilleros de Cristo Rey actuaban con un alto grado de violencia y tenían una escasa organización interna. Los blancos de sus iras fueron muy diferentes entre sí: nacionalistas vascos, marxistas e incluso sacerdotes cercanos al vasquismo, pero sobre todo destaca su papel en los llamados Sucesos de Montejurra en los que murieron dos carlistas a balazos y que a la postre incidirían en el fin del carlismo como fuerza importante en España.
Pero una de las jornadas más tristes de la la Transición española ocurrió el 24 de enero de 1977, cuando una serie de ultraderechistas ligados a Fuerza Nueva y armados con pistolas entran en el despacho de abogados laboralistas situado en el número 55 de la calle de Atocha en Madrid. El despacho se encontraba vinculado a Comisiones Obreras y al Partido Comunista de España. Tras registrar infructuosamente el despacho, decidieron ejecutar a las nueve personas que allí encontraron a los que dispararon a matar tras reunirlos. De los nueve rehenes mueren cinco y los otros cuatro son heridos de gravedad. De esta tragedia resurgió el comunismo en España y los timoneles de la Transición asumieron que una nueva etapa democrática sin el PCE no estaría completa.
Con más de 60 asesinatos (las cifras varían según las fuentes) en poco más de un lustro, la violencia de la extrema derecha se caracterizó por la brutalidad, la multifocalidad y, en ocasiones, la discrecionalidad con la que se administraba.

Asesinatos cometidos por grupos de extrema derecha (gráfico de elaboración propia)..
Asesinatos cometidos por grupos de extrema derecha (gráfico de elaboración propia).

Ésta tenía muy poco de violencia juvenil o de actividad de respuesta, ya que la dureza utilizada era a menudo desorbitada, con excesiva impunidad en demasiadas ocasiones y contra ciudadanos inocentes que poco tenían que ver con la política.

La violencia del estado: Leña, Grises y “las cloacas del Estado”
La Transición en España no fue un proceso de ruptura abrupta sino más bien un cambio gradual. Si eso pudo traer elementos positivos como la paulatina inclusión de todos los sectores de la sociedad en el sistema, también trajo elementos negativos como la escasa depuración del aparato administrativo, sobre todo el ligado a la administración del monopolio de la violencia estatal. Si bien el Estado intentó sustituir el sistema represivo del régimen franquista por un sistema de seguridad ciudadana, éste no sólo se produjo lentamente, sino que al no haber renovación de los administradores, los vicios adquiridos tras tantos años de experiencia se mantuvieron.
Las efervescentes calles de los años setenta se convirtieron a menudo en un campo de batalla donde las fuerzas de orden público se empleaban con una violencia impropia de un sistema de derecho. Sólo en el año 1977, la policía cargó contra 788 manifestaciones en España, el 76% del total. El exceso de fuerza en las cargas generó heridas y magulladuras entre los manifestantes, pero también engrosaron las listas necrológicas, causando hasta 32 muertos entre 1976 y 1982.
No sólo en las calles se desarrolló la violencia de las fuerzas de orden público: las torturas también fueron tan habituales como mortíferas y segaron la vida de muchos activistas, pero también de individuos que poca vinculación tenía con la lucha política. El justificado clima de terror fue tal en las calles que algunos sentían puro pavor sólo de ver a los agentes.

No queda claro hasta qué punto a los mandamases del estado les interesaba una calle efervescente. Algunos autores mentienen que se buscaba “meter miedo” a los ciudadanos y que optaran por las opciones del orden, argumento poco sostenible, ya que si Suárez no podía mantener el orden con el aparato represivo detrás menos podría en un sistema de libertades.

Portada de El País el día de la Matanza de Atocha
Portada de El País el día de la Matanza de Atocha

Lo que queda fuera de duda es que lo que sí se utilizó desde las altas instancias del Estado es una suerte de represión con bisturí. Un personaje tan repelente como Roberto Conesa (que trabajaba a las órdenes del exministro Martín Villa, acusado de crímenes de lesa humanidad) mantuvo un sistema de agentes de seguridad que más bien parecía un servicio paramilitar y que acabó, entre otros “logros”, con el intento de asesinato del independentista canario Antonio Cubillo.
El sistema puso los cimientos para uno de los episodios más negros de nuestra historia: el GAL, probablemente la gestión más nefasta de un ministerio en la historia de la democracia. Sin embargo, el caso queda ya fuera del período en el que se inscribe este artículo, por lo que no será desarrollado.
La violencia ligada a la extrema derecha y a la brutalidad policial segó la vida de cerca de doscientas personas, muchas de ellas sin ninguna vinculación política directa. Casi tantas como las de ETA en esos años y bastantes más que las de grupos como GRAPO o FRAP, que son los más recordados. El ambiente violento, el carácter casi tribal de los grupos y, sobre todo, la impunidad con la que actuaban muchos de ellos generó el caldo de cultivo perfecto para el desarrollo de este tipo de grupos que tardaron años en desaparecer del mapa.

En definitiva, la Transición tuvo en el pacto político entre fuerzas diferentes, en el perdón y la concordia su lado amable, pero su lado triste estuvo en las calles, los zulos, las comisarías de policía y las tabernas y despachos donde se hería y asesinaba sin mayor vacilación. La balanza total habla de unos 600 muertos que se cobró una violencia política que tiñó de rojo las calles del que ahora es uno de los países más seguros del mundo. El cercano fin de ese anacronismo que es ETA dejará esta plaga sufrida sólo en las hemerotecas y en el dolor de las víctimas, pero cuesta creer lo que era el país hace sólo 40 años.
Al final tenía razón Alfonso Guerra y a este país, por lo menos en lo que a paz social se refiere, no lo iba a conocer ni la madre que lo parió.

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