Asedio de Münster (1534)

Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (y II)

[Este artículo es la continuación de éste, publicado hace unos días. Si no lo leíste es recomendable que lo hagas para terminar de entender qué está pasando aquí. Gracias. De nada. A mandar].

Tras Frankenhausen y entre bastidores

«La represalia de los Príncipes se ha revelado a la altura del desafío que lanzamos. Las cabezas de los campesinos permanecen agachadas sobre los arados: ya no son los que empuñaron las hoces como si fueran espadas» [1].

Tras Frankenhausen se inicia una dura represalia contra el anabaptismo. En Münsterischen Aufruhr se afirma que se vierte «la más grande cantidad de sangre por las tierras católicas», y en Die Geschichtsb Úcher der Wiedektäufer se atestigua: «En Alemania los protestantes sobrepasaron a los católicos en la rigurosa y sangrienta persecución». Además, en 1528, Carlos V da vía libre a la ejecución, sin juicio ni sentencia, de cualquier sospechoso, ley que es ratificada por la Dieta Imperial, con el apoyo de los dos bandos religiosamente enfrentados. En la fecha de 1530 ya son más de dos mil los represaliados.

Sin embargo las represalias no logran erradicar el movimiento anabaptista y, además, crean mártires. Las persecuciones desplazan al anabaptismo a los Países Bajos y Moravia, considerados el paraíso de las libertades en la época. Y esto, les da a los anabaptistas más alas que unas latas de Red Bull. Así hacen llegar su mensaje a un estrato social más amplio, que acepta su fe y le presta protección y sustento, hasta llegar publicar sus escritos en las imprentas, instrumentos que tan bien han servido a Lutero.

Y aunque las autoridades advierten la agitación anabaptista, les es difícil erradicarla pues la precaución, la moderación y el disimulo son lecciones que los radicales han aprendido en 1525.

La Nueva Jerusalén y los falsos profetas

Si el hombre es ese animal que tropieza dos veces con la misma piedra, no puede esperarse algo distinto de un grupo de hombres. De entre los anabaptistas supervivientes destaca Melchor Hoffman, un individuo extravagante, buen orador y con gracia para la teatralidad, cuyas creencias se centran en preparar el Día de la Ira. Igual que con Thomas Müntzer. Pensándolo mejor, tal vez algunos anabaptistas no aprendieron nada de 1525.

Tras el encarcelamiento de Hoffman, en 1533, un nuevo líder, Jan Matthys, lleva las ideas, o delirios, más allá. Convencido también de la inminente Segunda Venida, Matthys decide eliminar a los que él considera los malvados. Finalmente, la situación estalla en una ciudad alemana, un hito en la historia del anabaptismo, pero que pervive en la memoria como un episodio de horror y locura.

Münster. Sede del poder secular y religioso, regida por un príncipe-obispo, con cierta autonomía respecto al Imperio y donde hay una buena acogida a la Reforma, tiene a dos importantes líderes luteranos que pronto abrazan el anabaptismo: Bernard Rothmann, sacerdote simpatizante de Müntzer, y Bernard Knipperdolling, mercader conocido de Hoffman. Una ciudad ideal, lejos de los dominios del Emperador para no tener trabas al poner los cimientos de la Nueva Jerusalén.

Jan de Leiden es el primer discípulo de Matthys en llegar a Münster y se dedica a organizar al movimiento anabaptista para preparar la entrada de su maestro. Una vez bajo su control, se purga la ciudad de católicos y luteranos y se empiezan los bautismos en masa; los habitantes, creyéndose liberados y protegidos por Matthys y sus profetas, se dejan llevar. La propiedad comunal se impone por decreto y se abole la moneda, pero Matthys, cada vez más enloquecido, se dedica a la quema de libros, a excepción de La Biblia, así como a eliminar a sus potenciales enemigos, con o sin causa justificada. El vacilante sitio de la ciudad por el príncipe-obispo es utilizado por el profeta para completar su dictadura. Su muerte, un tanto estúpida a lo Thomas Müntzer, produce el efecto de fanatizar aún más a los radicales.

El nuevo líder, Jan de Leiden, se proclama Rey-Profeta del Antiguo Testamento, dando paso a un reino teatral sembrado de terror, convertiendo Münster en su teocracia: ejecuciones de los disidentes, lo sean realmente o no y de las mujeres que no quieren someterse a la poligamia obligada, o de aquéllas que defienden la poligamia también para ellas; derribar los edificios más altos ya que «nada puede desafiar al Señor»; el elegir a niños jueces que condenan a quien les place a ser ejecutado… Locura y muerte.

Cuando la ciudad cae en 1535, muchos de los que han abrazado la fe anabaptista con convicción ven la salvación. Su sueño ha resultado ser una pesadilla. Los cadáveres de los líderes son colgados en jaulas en la torre de la iglesia de San Lamberto. Un escarmiento y un recordatorio de lo que pudo ser y no fue.

No sólo los señores son los horrorizados por los relatos sobre Münster, sino también muchas comunidades anabaptistas que no logran entender la magnitud ni el origen de la barbarie. Unos han visto la puesta en escena del radicalismo más salvaje y menos cuerdo, y los miembros de la secta comprenden que ni su hora ha llegado ni lo hará bajo esta locura. Además, pocos son ya los dispuestos a seguir a unos autoproclamados elegidos que se comportan como monstruos sedientos de sangre.

El anabaptismo se reduce a unos grupos con doctrinas bastante parecidas, y dejan de soñar en un gran reino para centrarse en crear unas pequeñas comunidades, con actitudes tranquilas y pacíficas, centrándose en la vida ideal según sus concepciones.

Tras la caída de Münster

Richard Mackenney cree que el error del anabaptismo se da al ir más allá de Lutero: mientras él sabe ganarse al Estado para eliminar a la Iglesia, los anabaptistas, enfrascados en la lucha contra las clases sociales, no pueden lograr la plasmación material de sus doctrinas. Cabe, además, sumar el hecho de existir distintas corrientes dentro de la secta (revolucionarios, extremistas, unitarios y pacifistas) y que los actos de unas repercutan en las otras; aquello de unas cuántas manzanas podridas…

El proyecto de Lutero contempla la desaparición de la Iglesia cómo institución, ya que la doctrina del sacerdocio personal es incompatible con una jerarquía más o menos cercana a Dios y con un único punto de vista sobre el Cristianismo. La supresión de los oratores está, en el fondo, vinculada a la predisposición de los bellatores al respecto. La protección de los príncipes hacia Lutero demuestra lo acertado de su discurso y que la aristocracia ha descubierto algo más que una nueva fe o visión religiosa.

Lutero es consciente del peligro de que alguien radicalice sus teorías hacia un aspecto social, y mientras acepta debartir sobre aspectos teológicos, se guarda de dar pie a debates sobre los estamentos de la sociedad. Así, en más de una ocasión, plasma en sus sermones el peligro que conlleva cuestionar el orden social; si bien inicia su fama como rebelde, acaba pasando como conservador acérrimo. Así la Reforma puede interpretarse cómo una idea teológica que, por puro materialismo, es respaldada por los príncipes, mientras que la alternativa anabaptista, que pasa por la reforma social, se presenta cómo algo peligroso y que debe ser erradicado.

Las doctrinas de Müntzer, la Guerra de los Campesinos, la supervivencia de los anabaptistas y el episodio de Münster son señales de que se amenaza a toda una estructura que abarca desde lo político hasta lo social y económico.

En 1540 se asegura desde el Imperio que la secta ha desaparecido, pero esta afirmación no es más que propaganda. La condena y persecución del anabaptismo sigue cobrándose víctimas; Miguel Servet y Ferenc Dávid, de entre otros: personas incómodas por su pensamiento de cara a las Iglesias Protestante y Católica. Los supervivientes, conscientes por fin del disimulo, sobreviven en comunidades; a lo largo del tiempo éstas dan paso a distintas sectas que llegan hasta el día de hoy, como por ejemplo Menonitas, Hermanos en Cristo y Amish.

Para terminar, dejo unas últimas palabras del protagonista de la novela Q; en ellas se refleja el paso de la ilusión a la decepción. No se habla sobre el poder terrenal o celestial, ni tampoco de teología, sino de algo mucho más sencillo y personal. Se trata de una idea sobre lo que para los anabaptistas, en el fondo, significa la Iglesia y la Reforma.

«A los veinte años creía que Lutero nos había regalado una esperanza. No tardé mucho en comprender que se había revendido enseguida a los poderosos. El viejo fraile nos ha desembarazado del Papa y los obispos, pero nos ha condenado a expiar el pecado en soledad, en la soledad de nuestra angustia interior, introduciendo un cura en nuestra alma, un tribunal en la conciencia que juzga cada gesto, que condena la libertad del espíritu en nombre de la inexpiable corrupción de la naturaleza humana. Lutero ha arrancado a los curas el hábito negro, únicamente para volver a coserlo en el corazón de todos los hombres».


[1] Q, Editorial Mondadori, 1999: todas las citas son de la misma obra.

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