Puke rainbows

Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (I)

«Fueron días de tempestad, recorridos por voces cargadas de inconformidad y rabia. Hoces transformadas en espadas, azadas convertidas en lanzas, hombres sencillos que dejaron el arado para trocarse en impávidos guerreros y algún anómimo leñador se puso a la cabeza de las filas de Cristo cómo el capitán más invencible de los ejércitos. Hombres y mujeres que unieron su fe e hicieron de ella una bandera de venganza y que, en nombre de Dios y bajo la doctrina del Anabaptismo, comenzaban a considerarse libres e iguales» [1].

Esbozo general

«31 de octubre de 1517. Un fraile clava en la puerta sur de la iglesia de Wittenberg noventa y cinco tesis contra el tráfico de indulgencias, escritas de su puño y letra. Se llama Martín Lutero. Con este gesto da comienzo la Reforma».

Tras este acto se desencadena una suerte de sucesos que agitan política y religiosamente a Europa hasta la Paz de Westfalia, en 1648. Lutero, además de atacar a Roma por el comercio del perdón, aboga por que cada uno pueda ser su propio sacerdote. Y de esto, salta la chispa que hace temblar a la Cristiandad: si la Iglesia no es una entidad sino una comunidad, ni sus jerarquías, ni sus posesiones terrenales tienen razón de ser. Lutero cree que la Iglesia debe estar bajo el control del Estado y, obviamente, sus propiedades también.

Muchos de los príncipes alemanes acuden en manada a dar apoyo al fraile agustino, no por su disertaciones teológicas, que la verdad sea dicha les dan un poco igual, sino porque se les pone en bandeja el argumento para hacerse con las tierras eclesiásticas en el Imperio.

Algunos historiadores han resaltado el sentido práctico del luteranismo y los príncipes son los primeros en darse cuenta, aunque pasan muy por encima el tema de la salvación personal. Será que prefieren el pastel de lo terrenal a los dulces celestiales de las monjas.

Hagamos un pequeño salto atrás en el tiempo. Basta con leer, o ver, El nombre de la rosa para darse cuenta de que la Historia está bien surtida de movimientos religiosos opuestos a Roma, más o menos violentos. Flagelantes, dulcinistas, valdenses, husitas… Y a todos ellos el poder la Iglesia les hace rendir cuentas. Y la Inquisición y su brazo secular. Al final, todo termina en intenciones frustradas y unas cuantas hogueras.

Entonces cabe preguntarse qué hace la Reforma para establecerse y no desaparecer. Lutero ataca a la Iglesia de Roma por sus maneras y su jerarquía, pero no quiere cambiar el mundo. No quiere destruir la riqueza, ni implantar la pobreza, solo quiere eliminar ciertas malas praxis en la Iglesia. El suyo no es un movimiento con tintes apocalípticos ni redentores, sino una alternativa eclesiástica viable y práctica.

La Reforma no cuestiona el orden sociopolítico y sabe ganarse así la simpatía de los príncipes que ven claro el beneficio de apoyar su causa.

Lutero siembra imprevistos

«Disciplina es la palabra que hoy resuena desde un extremo a otro de las tierras reformadas. Una palabra que deja insatisfechos a estos librepensadores: gente incómoda para quien aspira al orden y jerarquía».

Se dice en La Biblia lo de «quien siembra vientos recoge tempestades», pero a Lutero, a pesar de ser un estudioso del libro, se le escapa el detalle hasta que ya es tarde. Para los individuos de habla inglesa el concepto adecuado es «the shit has hit the fan». Desagradable de imaginar pero tremendamente explicativo.

La tesis sobre la libre interpretación de La Biblia y el sacerdocio interior provoca disidencias dentro del discurso oficial de los protestantes. Lo que son las cosas: el rebelde Lutero, el mismo que desafía a Roma, se vuelve extremadamente conservador respecto a ideas reformistas que no son suyas. En el plano intelectual la lucha se centra en aspectos religiosos pero también, para horror de los príncipes, se cuestiona el orden social establecido.

Según G.R. Elton, «esto es algo evidente a corto o largo plazo ya que nunca faltarán razones para que surjan movimientos radicales, puesto que la vida de los hombres nunca será perfecta». Así pues, la aparición de la anarquía (no las pongo, pero léase anarquía entre muchas comillas) es casi inevitable si lo único válido y certero es el convencimiento de que cada individuo viene a ser un elegido de Dios.

Si bien los movimientos radicales anteriores no son mucho más que unos grupos de parias desarrapados, y sus líderes unos iluminados apocalípticos, ahora se trata de unos teóricos instruidos, de cierta posición social y cultura a los que siguen campesinos, trabajadores, artesanos y comerciantes alimentados por la crisis social general.

Esto se debe al Humanismo. Petrarca, Marsi di Ficinio, Pico della Mirandola, Desiderio Erasmo, Juan Reuchlin, Ulrico de Hutten, Juan Luis Vives, Baltasar de Castiglione y Sir Thomas Elyot, entre otros, con un anticleraclismo más o menos moderado, expanden estas inquietudes a las clases intelectuales y despiertan las ideas sobre el hombre y su importancia, fuera de los límites de una jerarquía eclesiástica o temporal.

En su día Zwinglio admite que no es posible hacer una revolución sin que aparezcan personas más extremistas que el instigador inicial. Y debe saber mucho de esto, ya que él mismo se opone a Lutero y se arma un nuevo conflicto llamado la Disputa de Marburgo; sin duda algo mucho más civilizado que una pelea, aunque seguramente mortalmente aburrido.

Y, lo que son las cosas, los anabaptistas son el primer desafío hacia la autoridad de Zwinglio. En 1522 cuatro de sus discípulos (Heinrich Aberli, Bartolome Pur, Lorenz Huchrütiner y Hans Oggenfuss) rompen con él al radicalizar sus propuestas, que a todos ellos les parecen apocadas. Según Claus-Peter Clasen estos primeros anabaptistas no son puros pensadores religiosos, ni intelectuales, ni humanistas, sino rebeldes que con su mensaje aglutinan a las masas campesinas.

Un año más tarde nuevos individuos se suman a la corriente y, en 1524, Thomas Müntzer crea la base intelectual del anabaptismo, de la que Karl Kautsky recoge testimonios coetáneos: «A pesar de las diferencias existentes en las sectas, había algo que unía a los anabaptistas (…). Se recompensaban a sí mismos viéndose cómo puros y sagrados. Se unían unos a otros, tenían todas sus posesiones en común y consideraban la propiedad privada un pecado». Albert Ritschl explica que los ideólogos beben del reformismo monástico de franciscanos y tertiarianos: la separación del mundo, la propiedad comunal, la simplicidad de la vida cotidiana y el rechazo al poder y la autoridad, sumando también el misticismo apocalíptico medieval y la espiritualidad de Erasmo. Hillerbrand añade a Tomás Moro por la influencia de Utopía.

Se puede concluir que el anabaptismo nace cómo una reacción ante la moderación de discurso de Zwinglio, completándose con el humanismo, la teología de tipo más social y radical y que sobrevive gracias a que cuaja en el pueblo.

Los radicales: ojo con Müntzer

«Omnia sunt communia, ¡hijos de perra!».

De entre las voces disidentes la de Thomas Müntzer es las más radical, pues además de atacar a Roma y a Lutero, cuestiona el papel y la necesidad de los príncipes: según su lógica si no debe haber señores espirituales, tampoco señores temporales.

Para Elton, Müntzer es «la pesadilla extremista de Lutero, un joven que odiaba rabiosamente todo lo que no era cómo debía ser»; el idealista y teórico de toda revolución que junta en su pensamiento cuatro tendencias: una pura doctrina del espíritu interior con insistencia en la predestinación; el milenarismo de creer en la inminente llegada de la Segunda Venida y un odio sincero y pasional a los opresores, parejo a su preocupación por los pobres. Vemos una muestra de su pensamiento en una carta que escribe al conde de Mansfeld: «Así que dime, miserable y repugnante gusano, ¿quién te hizo alguna vez príncipe del pueblo?»; en otra ocasión predica ante el hermano y el sobrino del príncipe elector Federico con un sermón titulado «Los príncipes de nacimiento nunca resultarán beneficiosos».

Pasión, seducción, convencimiento de imbuirse de justicia y poco sentido común, a partes iguales, en una sola persona, lo que lleva a que los Príncipes estén atemorizados y no se atrevan a actuar, ante las dudas sobre si el joven rebelde es o no un verdadero profeta, y a que Lutero rabie ante el ímpetu de Müntzer y su poder de persuasión.

El poder que ha salvado a Lutero con anterioridad, hasta lograr el amparo de los Príncipes, es ahora patrimonio de Müntzer: el pueblo, al que el radical sabe bien cómo decir las cosas, y mejor, que Lutero.

La Guerra de los Campesinos

«No tenemos ya nada, soldado. Nada más que las heridas de los lisiados y las lágrimas de nuestros niños. ¿Qué más puede pasarnos?».

Un hombre es solo un hombre, aunque sea un orador eficaz como Müntzer, piensan los príncipes. Que ese hombre no es más que un charlatán que sermonea en las ciudades. Si sabes algo de Historia, sabrás que esto de «un hombre es solo un hombre, aunque sea un orador eficaz» suele propiciar un follón de magnitudes épicas que pocos ven venir. Y de nuevo, aparece la idea del ventilador y coge a todos con los pantalones bajados.

Con lo que los príncipes no cuentan es con la sublevación masiva del campesinado en el Imperio. Tras la crisis del siglo XV se imponen nuevos gravámenes y atribuciones, y entre 1470 y 1520 hay levantamientos a lo largo del Imperio en los que se pide volver a las Viejas Leyes, los derechos y deberes fijados por la costumbre. De aquí surge la Bundschuh, la puesta en práctica de la Ley de Dios que aglutina doctrinas radicales, revolucionarias y el eco de las agitaciones visionarias y anárquicas de finales del Medievo, y que se opone al poder establecido argumentando la igualdad natural y el triunfo de los pobres.

Sebastian Franck ve aquí «la gran rebelión campesina que parece estar extendiéndose por toda Europa y que se encontró con una furiosa reacción»; la revuelta más importante de la Edad Moderna antes de 1789, y que horroriza a príncipes y señores espirituales por igual. La rápida difusión del anabaptismo se liga a la Guerra de los Campesinos por intercambio de ideas y fusión de pensamiento. Una doctrina religiosa que promete el Paraíso en la Tierra: la salvación y la supresión de las desigualdades sociales; la idea del cambio del feudalismo por el biblianismo. Los rebeldes no protestan sin más, sino que adquirieren la conciencia de poseer un plan (los Doce Artículos, por ejemplo) que rompe drásticamente con las relaciones feudales que unen a señores y vasallos.

Finalmente la gran hambruna en toda Alemania hace estallar, en 1524, la Guerra de los Campesinos. En el conflicto, Müntzer ve una señal: la Venida de Cristo. Su hora. En Frankenhausen, en mayo de 1525, pide la sangre y la muerte de los príncipes, quienes ahora lo ven más como el Diablo que no como un profeta.

Dije antes sobre Müntzer que es un hombre con poco sentido común. No es que me caiga mal, ni que lo diga gratuitamente. Lo que ocurre es que se convierte en un iluminado más: en el campo de batalla corretea de un lado a otro, frente al ejército imperial (formado por cierto por católicos y protestantes, quienes ante el cabreo de los campesinos se llevan momentáneamente bien) extendiendo su capa y diciendo que Dios le hará detener las balas. Y en una época en que no hay ni superhéroes, ni mutantes, ni elegidos (Marvel y DC no existen y Matrix aún no se ha estrenado) es más bien una mala idea para ganar una batalla.

Su ideario puede incitar a cien mil campesinos a una guerra pero no puede darles la victoria; su ejecución acaba con los sueños del «Omnia sunt commnunia» y la justicia social. Lutero, sin duda aliviado, puede orientar la Reforma a su gusto y al de los príncipes. Y estos, asustados, persiguen a los derrotados sin atisbo de caridad cristiana.

De Müntzer quedan dos visiones: la del humanista constructivo y radical preocupado por los pobres, y la del fanático y lunático desbocado que instiga a la violencia.


[1] Q, Editorial Mondadori, 1999: todas las citas son de la misma obra.

Be Sociable, Share!

2 pensamientos en “Anabaptismo: del sueño a la pesadilla (I)”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>