Clase_aula_I_Facultad_de_Ciencias_Económicas_UNC_2009-08-11

La Historia que aprendemos, la Historia que enseñamos. Dos ejemplos.

Dice la sabiduría popular que no hay nada como sentarse al otro lado de la mesa para apreciar la realidad con nuevos ojos. Que la empatía, el ponerse en el lugar del otro, hace milagros a la hora entender el mundo que te rodea y valorarlo de una forma más justa. Igualmente, es sabido que dar clase es algo muy, muy difícil. Doy fe. No hay nada como subirse a un estrado delante de, pongamos por caso, cincuenta chavales (ojo, les llamamos chavales, pero antes de ayer éramos como ellos) para que todas las gracias, chistes y chascarrillos que rodaban, ruedan y rodarán por un aula te parezcan bastante menos graciosos que antes.

Pero no es de la sufrida labor del profesor de la que quiero hablar (tema en el que, por otro lado, tampoco tengo demasiado que aportar), sino dar rienda suelta a una idea que me ha venido rondando, precisamente, por ser poco más que un novato de la docencia. Como estudiante, nunca había prestado especial atención a la potencial carga ideológica aparejada a algunas asignaturas que se estudiaban en la difunta licenciatura en Historia, quizá porque los propios profesores, salvo honrosas excepciones, se esforzaban al máximo por minimizarla. Estudiar, aprobar, profundizar con lecturas si la materia me había parecido interesante, poco más. Ahora bien, como becario, me he encontrado en la necesidad de explicar a universitarios (pero nunca de Historia, sino de Periodismo o Magisterio) algunos de los episodios más debatidos e instrumentalizados de la contemporaneidad española, intentando ser claro pero, al mismo tiempo, evitar toda pretensión de objetividad. Las obligaciones del presente –y la inconsciencia del pasado– me han llevado a pensar en algo que hasta entonces no había apreciado: que los títulos de las asignaturas que estudiamos e impartimos, parte de planes de estudio elaborados en fechas recientes, en muchas ocasiones no son en absoluto inocentes sino que contienen en sí mismos discursos historiográficos aprioristas.

Anda que… ¡menudo hallazgo, muchacho! ¿Y para eso escribes? Pues sí. Y no porque no sepa que el sistema educativo en general y la enseñanza de Historia en particular han sido, tradicionalmente, uno de los sostenes más fuertes para la construcción de las identidades nacionales contemporáneas. Y que por eso mismo la Historia es uno de los campos del conocimiento más permeables a la acción política. Algo, por cierto, muy bien explicado por uno de los pocos profesores que he tenido sin pelos en la lengua ni miedo a la corrección política, y magistralmente reflejado en el post de Fer Díaz, al que lo bromista no quita lo genial.

Este post, por lo tanto, no tiene ninguna aspiración de análisis riguroso, ni intenta dar una explicación general acerca de los usos públicos no del todo honestos de la Historia de España. Simplemente quería mostrar, en primera persona, dos ejemplos de asignaturas, con título cuando menos curioso, presentes en los planes de estudio (actuales y pasados) de la Universidad de Valladolid. Y con ellos, y sin afán de demostrar nada, dar un paseo mental alrededor de la Historia que hemos aprendido y de la Historia que se enseña en la actualidad.

Azaña dando un discurso en una Plaza de Toros.
Azaña dando un discurso en una Plaza de Toros.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? ¡Desde luego que no!
Corría el año 2008. El último año de la inocencia. La mayoría de nosotros (yo al menos) éramos felizmente ignorantes de los palos que estaban por venir y, personalmente, si me hubieran preguntado entonces qué era la “prima de riesgo”, probablemente hubiera contestado alguna grosería post adolescente. Cursaba tercero de Historia en la Universidad de Valladolid y, como persona que siente un especial apego por la Historia Contemporánea, descansaba en la orilla tras una larga travesía entre el ius latii y la cultura castreña.

Entre las materias de segundo cuatrimestre se encontraba una asignatura, a priori, interesantísima: Curso monográfico de historia de la Segunda República y la Guerra Civil. El resultado en junio fue el siguiente: amplios contenidos, abundante información, buena docencia y cero ideología. Quizá sea esta la manera más práctica de abordar una de las etapas del pasado reciente español que levanta más ampollas, aún en la actualidad. No obstante, la lectura que pude sacar de esta asignatura fue positiva: la República como un intento (quizá adelantado a su tiempo, tal vez desacertado a veces, pero siempre sincero) por modernizar España y liberarlo de las dinámicas regresivas que habían imperado durante el siglo XIX y el primer tercio del XX. No obstante, un examen, un aprobado, y a otra cosa, mariposa. Es ahora cuando pienso que quienes establecieron tal nombre para esta asignatura no compartían esta visión. Probablemente, la Segunda República sea una de las etapas mejor conocidas del siglo XX español y, aun así, no logra superar por completo el debate cargado de filias y fobias. Y sugerir que la Guerra Civil es la consecuencia inevitable de la Segunda República (en vez del antecedente necesario del franquismo, adecuadamente situado como inicio de la Historia de la España actual) no hace justicia a esta etapa de esperanzas e ilusión (aunque también de decepciones, radicalismo y violencia). Ignoro qué dirán los manuales más recientes de ESO y Bachillerato sobre la cuestión, pero supongo que nada muy diferente. Que la guerra fue una gran tragedia colectiva causada por la intolerancia de unos y de otros, y que por fin hemos logrado superar nuestros fantasmas. Al fin y al cabo, cuanto menos nos acordemos del idealismo del pasado, menos mal nos sentiremos por la apatía del presente. Y las inyecciones de la troika dolerán menos.

Francisco Franco, probablemente inaugurando algo.
Francisco Franco, probablemente inaugurando algo.

Habemus democracia: la panacea de nuestros días.
La lluvia cae, el agua pasa, y sin darnos cuenta nos hemos plantado en 2014. Algunos con las rodillas chirriantes y una incipiente barriguita antaño desconocida. Y llega a nuestras vidas una asignatura de título notablemente más surrealista que la anterior: Historia de España en donde vivimos: la democracia. Desde luego, partiendo de la base de que en las facultades de Educación se busca difundir entre el alumnado un ideario basado en la exaltación de los valores democráticos, el respeto, la tolerancia y la cooperación. Loable. Nada que añadir. Sin embargo, tan idílico encabezamiento da mucho que pensar.

Preparando la asignatura, desempolvando apuntes pasados, haciendo algunas lecturas, llegas a una conclusión. Y es que la Historia de España en los últimos doscientos años, de democrática ha tenido bastante poco (tampoco está del todo claro si la España de hoy tiene algo de democracia, pero eso ya es harina de otro costal). ¿Cuándo se han dado etapas de construcción de instituciones más abiertas e inclusivas? ¿En cuántas ocasiones los gobiernos han tenido como prioritario extender los derechos políticos, sociales y económicos a capas cada vez más amplias de la sociedad española, en vez de aceptarlos a regañadientes? Sírvanse ustedes mismos. Entonces, ¿qué sentido tiene dar a entender que la Historia Contemporánea de España es una realidad teleológica, en la cual la democracia actual es la suma de las experiencias y bagajes del pasado, en línea siempre ascendente? Pues no lo sé. Tal vez desprender al sistema actual del “pecado original” de la Transición. Interesante posibilidad, ya que, como han demostrado repetidamente quienes han estudiado el concepto de Memoria Histórica y las políticas aparejadas a él, la Transición precisamente se sustentó en el abandono del ideal antifascista republicano en beneficio de valores como en consenso y la reconciliación.

"Los grises" luchando por una transición modélica en Barna.
“Los grises” luchando por una transición modélica en Barna.

Por supuesto, el contenido de una asignatura no viene establecido por su denominación, sino que depende en gran medida del profesor encargado de la misma, al menos mientras siga existiendo libertad de cátedra –toquemos madera–. Y que todos mis profesores del pasado se han desmarcado en todo lo posible del carril previamente marcado, algo que yo intento imitar como buenamente puedo. Pero, igualmente, existe un intento por dar a los contenidos históricos una orientación ideológica presentista, siempre en clave política, y siempre en términos conservadores (y eso que, en algunas tertulias de bar, he llegado a escuchar que toda esa “basura” de la Memoria Histórica no es más que un intento de los “rojos” por “ganar la guerra que perdieron” y “ensuciar” el buen nombre del “caudillo”). ¡Cuánta pedagogía nos hace falta! ¡Y qué difícil lo ponen!

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2 pensamientos en “La Historia que aprendemos, la Historia que enseñamos. Dos ejemplos.”

  1. la historia la hacen los hombres y mujeres , la historia la escriben los hombres y mujeres , la diferencia es que , aquellos que la hecen somos millones , los que la escriben son unos pocos previlegiados ¡¡¡ , lo entiendes?. un saludo cordial

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