José Ignacio Wert

La Historia según Wert

[Esta publicación se hizo el día 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, donde es tradición en España publicar noticias falsas. Por muy creíble que pueda sonar la noticia, no es real].

Cualquiera con más de dos dedos de frente conoce la famosa estrategia política de promulgar leyes en fechas donde puedan pasar desapercibidas. Hay casos flagrantes aprovechando la Semana Santa (recordemos la legalización del PCE un Sábado Santo), colándolas de tapadillo en un frenesí de escándalos de corrupción, antes de la final de la Champions, etcétera. Lo que sea con tal de pillar a la sociedad con un pie en plena Operación Salida y otro pie en la playita a punto de degustar una ensaladilla rusa cargadita de salmonelosis.

Por supuesto, el gobierno de Mariano Rajoy no iba a ser distinto. Cuando aún estábamos sufriendo el rodillo veraniego de 2014 o la Ley Mordaza, el Partido Popular se ha servido del parón navideño para aprobar, en el último Consejo de Ministros del año, un decreto encargado de desarrollar parte de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (vulgo LOMCE o “Ley Wert de los cojones”).

José Ignacio Wert
José Ignacio Wert. Sí, es tu Ministro de Educación. Y el nuestro.

Resumiéndolo mucho, el Gobierno ha planteado un nuevo programa para la enseñanza de la Historia en las aulas de primaria y secundaria. El programa se propone homogeneizar los contenidos comunes para garantizar una mayor cohesión territorial y evitar las soplapolleces que infraseres como los miembros del Institut Nova Història pretenden hacer pasar como verdades históricas.

Hasta ahí bien, la verdad. Quien esto escribe defiende que es vergonzoso que, dependiendo de la región, se estudie más Al-Andalus que el Reino de Navarra, la Corona de Aragón que la de Castilla, la taifa de Albarracín que la de Niebla, que posiblemente tenga el nombre más poético jamás de los jamases y vosotros ahí, ignorándola. Vergüenza debería daros, coño.

El problema, como digo, no es ése. El problema es que Wert y el Partido Popular pretenden reescribir la Historia, prostituirla, adecuarla a su ideología y no a una educación pública de calidad. En suma, Wert y el Partido Popular no quieren alumnos: quieren borregos. Y vale que eso ya lo supiéramos, pero una cosa es eso y otra es que se rían en tu cara mientras te vomitan los restos de la ensaladilla rusa con salmonelosis del primer párrafo.

Ojeando en el BOE el borrador del programa es fácil indignarse más que cuando Mercadona dejó de vender las patatas con sabor a pollo asado. Por ejemplo, se ha descartado incluir la lucha de clases como motor de la Historia, pese a que suponga pasar por alto todos los avances sociales conseguidos desde la Revolución Francesa. Poco extraña viniendo del gobierno que más ha hecho por acallar las protestas de la calle.

Otra cuestión espinosa es, sin duda, el trato que se le da a la Guerra Civil y al franquismo. La guerra se presenta como un conflicto inevitable en una España desestabilizada por tensiones internas fruto de la influencia del comunismo soviético, del anarquismo y de los nacionalismos catalán y vasco. Por su parte, el franquismo es definido como “un autoritarismo parlamentario”, quizás porque aún quedan imbéciles creyéndose lo de la mal llamada “democracia orgánica”.

Bitch
Reacción de Wert ante cualquier crítica.

La Edad Media tampoco se libra del revisionismo del Partido Popular. El programa hace hincapié en la necesidad de sacrificar contenidos para simplificar para ahondar en el concepto de “una única nación española dotada de especificidades territoriales”. Para ello se ha prescindido de los Condados Catalanes o de los reinos de León o Galicia, mientras que Al-Andalus y Navarra ven notablemente reducida su presencia. Así pues, el Medievo peninsular se divide sólo entre la Corona de Castilla y la de Aragón, cuyo destino es de sobra conocido: una especie de bipartidismo abocado a la creación de España bajo los Reyes Católicos, un símil de la tan cacareada gran coalición entre Partido Popular y PSOE.

Esa misma idea de unidad nacional subyace en el temario de Historia Antigua. Las provincias de la Bética, la Lusitania o la Tarraconense, antaño dependientes de Roma, ahora son integrantes de un ente superior llamado Hispania. Algo que, salvando las distancias, se parece a la Monarquía Católica bajo los Austrias, renombrada ahora como “Imperio de España”. Los diversos territorios -reinos, virreinatos, ducados, el huertecito de tus tíos de Cuenca- no se contemplan, salvo menciones específicas y con terribles omisiones; por ejemplo, se habla de “la conquista de Portugal en 1580″ (sic), pero no se cita su pérdida décadas después.

Podríamos seguir desgranando las vergüenzas de este decreto, pero no cambiaría nuestra impresión: George Orwell estaría orgulloso, hemos vuelto a 1984 y, por supuesto, nunca hemos estado en guerra contra Eurasia.

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