Vista general de los frescos de la Cripta del Pecado Original (Matera, Italia), con la escena de Adán y Eva expulsados del Paraíso en el ángulo superior derecho. Fuente: www.artezeta.it

¿Adaptación o transformación? Shakespeare, la manzana, y la traducción intercultural.

Hace poco Matera, la ciudad de piedra, ha sido elegida Capital Europea de la Cultura para 2019. Seguramente nadie lo hubiera dicho hace 70 años, cuando en Italia se hablaba de este burgo encaramado trabajosamente sobre los Apeninos de un modo parecido al que usábamos en España para hablar de Las Hurdes: como de un desolador ejemplo de retraso y pobreza. El primer ministro De Gasperi se refería a ella en 1950 como “la vergüenza de Italia” y aunque el retraso y la pobreza, evidentemente, no se explicaban por la presencia en Matera de ciertas formas de vida relacionadas con su cultura material e inmaterial (la guerra y otros males casi crónicos la habían azotado con fuerza), sin duda ofuscaban –hasta denostaban- esa cultura por completo.

Matera
Vista de Matera. Foto: Alessio Romeo

Quizás las cosas empezaron a cambiar para Matera cuando Pasolini -siempre adelantado a su tiempo- la escogió para ambientar su Evangelio según Mateo, película en la que el genial director lograba captar la belleza imponente y austera de este lugar. Luego, ya en 1993, vino la declaración como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO, mientras que en paralelo el turismo contribuía a volver a llenar las calles y transformaba los sassi (las casas y establos excavados en la roca) en apetecibles alojamientos.

Los que ya hayáis leído alguno de mis posts en Aquí fue Troya sabréis que me interesan estas curiosas transformaciones, explicadas en parte por la Metamorfosis de la cultura a la que hemos asistido en las últimas décadas. Pero hoy Matera y su cambio de “estatus” me servirán de punto de partida para referirme a ciertos cambios, o transformaciones, o traducciones: aquellos que se producen al intentar que un elemento propio de determinada cultura sea comprensible también para quienes no están familiarizados con la cultura en cuestión. Estos cambios constituyen, a fin de cuentas, uno de los problemas centrales que traen de cabeza a los antropólogos, y podríamos sintetizarlo en una pregunta, aunque bastante densa: ¿es posible la comprensión intercultural?

Da la casualidad de que en las inmediaciones de Matera se encuentra un enclave arqueológico que ejemplifica a la perfección las dificultades -a veces insalvables sin que haya que incurrir en cambios significativos-que encuentran quienes tratan de hacer efectiva la comunicación entre culturas diferentes. Como veremos, es un problema que va mucho más allá de la traducción lingüística. El enclave al que me refiero se conoce como la Cripta del Pecado Original1, y fue descubierto hace sólo 50 años, en 1963. Gracias a complejos trabajos de recuperación que es necesario llevar a cabo periódicamente, se pueden admirar hoy unos bellísimos frescos paleocristianos que representan (junto a las imágenes de la Virgen, de algunos arcángeles y apóstoles) varios pasajes de la Creación, entre ellos la escena en la que Adán y Eva son expulsados del Paraíso tras haber comido el fruto del árbol prohibido. Y aquí está la clave de la cuestión: “¿y cuál era el fruto prohibido?” – “¡Una manzana!”-, respondería sin dudarlo cualquiera de nosotros, enculturados como estamos en la tradición cristiana occidental. Pues no, no era una manzana… Veamos lo que nos dicen al respecto las fuentes, que en este caso son nada más y nada menos que las Sagradas Escrituras…

La serpiente, que era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho, dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios ha mandado: No comáis de ningún árbol del jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín, más del fruto del árbol que está en el medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, no lo toquéis, no sea que muráis” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis, pues bien sabe Dios que el día que comierais de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”.

Y como viese la mujer que el árbol era bueno para la comida y una delicia para los ojos, y que el árbol era apetecible para alcanzar sabiduría, tomó del fruto y comió, y dio también a su marido (que estaba con ella), y él comió también. Efectivamente, se les abrieron a entreambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos, por lo cual cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.

Vista general de los frescos de la Cripta del Pecado Original (Matera, Italia), con la escena de Adán y Eva expulsados del Paraíso en el ángulo superior derecho. Fuente: www.artezeta.it
Vista general de los frescos de la Cripta del Pecado Original (Matera, Italia), con la escena de Adán y Eva expulsados del Paraíso en el ángulo superior derecho. Fuente: www.artezeta.it

Después de leer este pasaje del Génesis sobre la Tentación y Caída del Paraíso, una cosa está clara: la famosa manzana no aparece por ninguna parte. Se habla de forma genérica del “fruto”, y se nos da una pista más: Adán y Eva toman conciencia de que su desnudo no es bueno, y corren pudorosos a cubrirse con lo que tienen más a mano, las hojas de higuera.

Pues bien, el fresco de la Cripta del Pecado Original es uno de los pocos que aún se conservan en el mundo que verifican lo que esa pista nos indica, es decir, que el fruto prohibido era en realidad… un higo! La higuera tiene, de hecho, una fuerte tradición simbólica en todo el mundo mediterráneo: los antiguos griegos, por ejemplo, cuando se hacían a la mar en busca de nuevos territorios en los que establecerse, entendían que aquellos lugares donde el olivo y la higuera crecían entrelazados eran de buen auspicio para fundar la colonia. También en Roma fue árbol sagrado, y dio cobijo a la loba que amamantaba a Rómulo y Remo. ¿Qué pasó entonces?, ¿de dónde sale la manzana?

Resulta que la higuera es un árbol del que existen evidencias arqueológicas en el Valle del Jordán nada menos que ya alrededor del 9400-9200 a.C., pero que los habitantes de las zonas septentrionales de Europa, hasta donde el cristianismo se iba extendiendo, no conocían. Aquella representación pictográfica que tan eficazmente había de educar a la multitud analfabeta en la necesidad de vencer el pecado y observar los mandamientos de Dios no era reconocible –no era culturalmente válida- para los que iban a ser los nuevos fieles. Así que durante la Edad Media hubo que traducirla, que cambiarla, aunque ese cambio supusiera una transformación en toda regla: y el fruto prohibido se convirtió en manzana. Que la manzana fuera la elegida entre todas las opciones posibles se explica, seguramente, por lo fácil que se lo puso el latín: en esta lengua el término “malum” se refiere tanto al fruto en cuestión, como a sustantivos como “mal”, “calamidad” o “desastre”, tan apropiados para la tarea de dar a entender que un solo mordisco les valió a los pobres Adán y Eva la expulsión del paraíso.

Lo curioso es que la manzana acabó sustituyendo por completo y relegando al olvido para muchos al auténtico fruto del pecado original, pero ya hemos hablado en otro sitio de cómo hasta las tradiciones más arraigadas son también invenciones, convencionalismos, que surgen en un determinado momento y en un determinado lugar.

Sin abandonar esta línea de reflexión, dejamos ahora el sur de Italia del s.IX d.C. y nos trasladamos a África occidental, allá por los primeros años 60 del s. XX. Fue entonces cuando la antropóloga Laura Bohannan escribió su famoso artículo Shakespeare en la Selva1, en el que dio cuenta de forma magistral y divertidísima de este problema de la inconmensurabilidad de la cultura al que nos estamos refiriendo. Mientras hacía trabajo de campo entre los Tiv (en el sudeste de Nigeria), estos le pidieron que les hablara de la lectura con la que a menudo la habían visto entretenerse, que no era otra que el Hamlet de Shakespeare. Bohannan no daba crédito a las innumerables dificultades de traducción cultural con las que iba tropezando su intento de hacer inteligible para la cultura Tiv esta obra de la que ella misma dice en su texto que “estaba segura de que tenía una sola interpretación y de que ésta era universalmente válida”. Y es que caer en el error de pensar que el mundo se limita a nuestro mundo, a nuestra visión del mismo, es más fácil de lo que parece….

Sigue contándonos la autora que para poder traducir las vicisitudes del príncipe de Dinamarca a patrones culturales que tuvieran sentido para los Tiv, tuvo que hacer tantas concesiones en la narración que probablemente a Shakespeare le hubiera dado algo… La historia de Hamlet había sido transformada por completo, y en el intento de comunicación entre Bohannan y los Tiv, como en el camino de difusión del cristianismo, el higo se había convertido en manzana. Pero lo más interesante es que los Tiv estaban convencidos de que su interpretación era la buena. Esta fue, de hecho, la aplastante declaración por parte del jefe de la tribu a la antropóloga: “Alguna vez haz de contarnos más historias de tu país. Nosotros, que somos ya ancianos, te instruiremos sobre su verdadero significado, de modo que cuando vuelvas a tu tierra tus mayores vean que no has estado sentada en medio de la selva, sino entre gente que sabe cosas y que te ha enseñado sabiduría”. Bohannan tuvo que quedarse de piedra ante esta muestra aplastante y sencilla de etnocentrismo, especialmente instructiva quizás por venir del otro lado, de una de esas culturas minoritarias que desde Occidente solemos considerar inferiores.

Pero, ¿significa todo esto que entre culturas diferentes estamos condenamos a la incomprensión? No, el mensaje es otro, y nos habla principalmente de la necesidad de mantenernos lúcidos sobre la relatividad de nuestras visiones y formas de estar en el mundo (que incluyen nuestras creencias sobre lo que es símbolo de retraso o un tesoro para la Humanidad: en menos de 50 años, Matera ha sido interpretada como ambas cosas). Esas creencias, por tanto, no son universales, sino que tienen sentido en momentos y lugares concretos. Claro que la cosa no es tan simple: como cuestiones de fondo están también nada menos que la ética, los derechos humanos… y detrás está asimismo el difícil debate que enfrenta a universalistas y relativistas y que implica a diferentes disciplinas (la antropología, la filosofía, las ciencias políticas…). Pero esto ya, si me atrevo, lo dejo para otro día.

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