OPEC PRODUCTION LEVEL

Cuando éramos reyes: la OPEP y la crisis energética de los setenta.

A pesar de que en España los consumidores no lo estamos notando en demasía, el petróleo lleva varias semanas de caída constante y generando quebraderos de cabeza a algunos gobernantes de países productores a los que no les salen las cuentas. Tras haber superado los 120 dólares el barril en épocas relativamente largas de bonanza (y gasto) para los países productores, muchos Nostradamus de nuestra época lanzaban el grito al cielo acerca de que el llamado peak oil, se encontraba a la vuelta de la esquina. Quizás se peque de ventajismo, pero con un barril brent en lenta pero estable caída y que ya se ha situado en torno a los 70 dólares el barril y con la elasticidad que ha demostrado tener el lado de la oferta (nuevas inversiones, fracking, implementación de energías complementarias, etc.) mantener que el petróleo se va a acabar relativamente pronto es, a día de hoy, cuanto menos algo aventurado.

OPEC
En verde oscuro los países miembros de la OPEP, en verde claro los que lo han sido en algún momento.

Con ello no quiere decirse que la crisis de 2008, sobre todo a nivel europeo no esté influyendo en esta caída, pero se considera que el cambio principal no está en la demanda y sí en la oferta, sólo hay que ver como muestra la última reunión de nuestra organización protagonista del artículo de hoy: la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en la que fue imposible lograr un consenso.

¿Qué tiempos aquellos en los que una decisión de este cartel podía hacer temblar la economía de países enteros, simplemente recortando la producción? Corría el año 1973, ese verano Luis Ocaña había ganado el segundo Tour en la historia del ciclismo español mientras se estrenaba en los cines American Graffiti y Pinochet daba un golpe de estado en Chile con la connivencia de los agentes de un servicio secreto norteamericano, cuyos hijos movían las caderas al ritmo del maravilloso The Dark Side of the Moon de Pink Floyd.

En octubre de ese mismo año y como complemento al ataque a territorio israelí de la conocida como Guerra del Yom Kippur, los países árabes que una década antes habían formado la organización junto a otros estados (Venezuela, Nigeria, etc.), declararon su intención de hacer guerra económica a Israel y a sus aliados occidentales, principalmente Estados Unidos. Para ello, subieron los precios estipulados de un barril de petróleo que, metafóricamente, estaba  al alcance de la cartera de la mayoría de los ciudadanos americanos. Además, acordaron un recorte importante de la producción que a su vez generó un aumento indirecto del precio, lo que unido al boicot a Israel y al racionamiento paralizaron a un mundo desarrollado o en fase de desarrollo que se caracterizaba por entender como principal vía de crecimiento económico la aplicación de inversiones públicas o privadas en el sector de la industria pesada. Una industria pesada que era terriblemente dependiente de este combustible fósil.

Oil PrizeEl resto de países exportadores de la OPEP, la mayoría de ellos no alineados durante la Guerra Fría, esbozaron una sonrisa cómplice ante la posibilidad de revalorizar uno de sus principales (o el principal) producto de exportación y recibir unos dólares extra, ya fueran para reforzar sus industrias nacionales anquilosadas, reforzar sus estados subvencionadores o, simplemente, repartirlos con sus camarillas por la vía de las clientelas y la corrupción.

La incidencia de esta legítima búsqueda de la revalorización de un producto nacional de exportación por parte de estos países en el resto del mundo fue brutal: los países industrializados se encontraron ante una galopante inflación que mermó el poder adquisitivo de sus ciudadanos y un aumento de los costes de producción que complicó la contratación.

Tasa de Inflación durante el ciclo 1972-1978 en cuatro países europeos
Tasa de Inflación durante el ciclo 1972-1978 en cuatro países europeos

Algunos países que sufrieron el boicot directo, como los Estados Unidos de Nixon, tuvieron que implementar medidas radicales. Se limitó la velocidad en las autopistas a 87 kilómetros por hora y se diseñó un calendario de repostaje para las gasolineras que consistía en que los propietarios de vehículos con matrículas impares sólo podían repostar los días impares del mes, mientras los que tenían una matrícula par lo podían hacer los días pares. El último día de mes podía repostar todo el mundo a excepción de los meses que tenían 31 días. El jaleo fue tan grande que durante dos años echar gasolina en Estados Unidos se convirtió en una odisea.

Cartel en una gasolinera de los Estados Unidos a principios de la década de los setenta.
Cartel en una gasolinera de los Estados Unidos a principios de la década de los setenta.

Si bien es cierto que estas medidas de Nixon fueron poco efectivas, y que otras como el llamado control de precios que consistía en fijar a bajo precio el “petróleo antiguo”, al tiempo que permitía precio libre en el “petróleo nuevo” buscando inversiones en nuevos pozos de extracción; lo único que consiguieron fue fomentar la especulación. La situación era tan desesperante en ese momento que es comprensible que se implementaran medidas agresivas, ya que otros países también así lo hicieron, por ejemplo: En Alemania se prohibió circular los domingos o en Suecia se racionó la gasolina y el combustible de calefacción mediante unas cartillas parecidas a las de la posguerra.

En el plano bélico, Israel solventó rápidamente, como de costumbre, su conflicto con las naciones árabes por la vía de la fuerza, pero la situación no volvió a ser la misma. Los países de la OPEP decidieron que era hora de recibir más dinero (y capacidad de decisión) por un bien tan preciado e indispensable como era el petróleo. Si bien es cierto que sus efectos se paliaron con la estabilización de un precio cercano a los 20 dólares el barril, auspiciado sobre todo por políticas de ajuste en la demanda por parte de los países importadores, el mundo no volvió a ser el mismo.

El ciclo de la industria pesada, el crecimiento continuo y sostenido en los países desarrollados y el petróleo barato había finalizado. Estos países tuvieron que adaptarse a menudo a través de dolorosas reconversiones de su tejido industrial que generaron niveles de desempleo relativamente altos. El dogma keynesiano que había auspiciado el despegue del tercer cuarto de siglo se tambaleaba ante su incapacidad para dar soluciones a los nuevos retos económicos y un grupo de países se hacía fuerte en materia de “coacción” económica y de capacidad de liquidez.

Las reuniones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo se convirtieron en acontecimientos a escala mundial por su capacidad para desestabilizar el mercado (con asalto y secuestro terrorista incluido). Si bien se tomaban medidas en los países importadores, la dependencia del precio seguía siendo altísima y cualquier factor de desestabilización política en los lugares de emisión (Segunda Crisis del Petróleo, Guerra del Golfo, Paro petrolero venezolano  de 2002-2003,…) era visto con recelo y respeto por parte del resto del mundo, ya que hacía que los precios del barril despegaran. Además, los flujos de dólares que corrían hacia los productores hacían que estos vivieran en su burbuja de gasto y pudieran construir sistemas políticos estabilizados basados, la mayoría, en clientelas: nacían los llamados petroestados.

La realidad de los últimos años ha variado esa sensación de organización y unión pétrea que bascula sobre una serie de intereses mínimos compartidos y que genera pánico al resto del mundo. La existencia de competencia exportadora externa fuera de la OPEP, con países como Sudán, México, Noruega u Omán compitiendo contra la organización; la implementación de energías renovables y/o del uso del fracking en algunos países ha disminuido la demanda de los importadores pero, sobre todo, el vislumbramiento de dos corrientes internas dentro de la organización como son los pro eje bolivariano por un lado (Venezuela-Ecuador), partidarios de una subida de precios que sostenga su mastodóntico estado subvencionador; y los pro saudíes por otro, partidarios de desincentivar la nueva competencia ligada al fracking a través de precios bajos, hacen vislumbrar un futuro no demasiado claro.

Si bien es cierto que no hay garantía de un petróleo barato durante mucho tiempo y, que probablemente esto sea una contracción del precio de carácter más coyuntural que estructural, si parece ser (y reitero, parece) que se observa que el poder de influencia de la Organización de Países Exportadores de Petróleo como bloque  de decisión (no a título individual, ya que el poder de influencia de Arabia Saudí es enorme) sobre la realidad del precio de la energía toca a su fin o, cuanto menos, es menor y, desde luego, parece ser (y reitero, parece) que no volverá a los tiempos de las dos crisis del petróleo de la década de los setenta, es decir, a esa época cuándo éramos reyes…

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