Castillo de Alba de Tormes

La(s) Casa(s) de Alba en Salamanca

Ayer, 20 de noviembre, por eso de coincidir con efemérides varias y hacer más fácil recordarlo, murió Cayetana, la decimoctava Duquesa de Alba. Seguro que también falleció más gente, pero esa gente se la viene trayendo flojita y recolgona a los medios de comunicación. A fin de cuentas, es gente cuyo nombre no ocupa lo que ocupa María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva Falcó y Gurtubay, que son varias líneas que te cogen un párrafo inicial y te lo arreglan guapamente dándole empaque.

En estos casos es común glosar todos los títulos nobiliarios de los que gozaba Cayetana, si es que se puede gozar de un título nobiliario como el que goza de un salmorejo con jamoncito y huevo. Pero respiren ustedes tranquilos, no seré yo el que tire hoy de corta y pega: eso se lo dejo a los periodistas.

“Pero Fernando, qué hostia más gratuita a los periodistas, ¿no?”. Sí. Y aquí viene otra: si la Reina de Inglaterra se encontrara con la Duquesa de Alba –ahora en modo zombi, por supuesto, lo cual le otorga un +75 de carisma– la que se tendría que arrodillar es la duquesa porque siempre, siempre, SIEMPRE (y esto me lo escribís cien veces, para acabar ya con tanta tontería) un duque, por muchos títulos que coleccione y muy zombi que esté y muchos cerebros que coma, tendrá un rango inferior a un rey.

Dicho lo cual, vayamos al grano. Yo querría haber titulado este artículo “Duquesa de Alba: Origins”, pero el SEO se iba a volver loco. Así que opté por un título más concreto que me permitiera centrarme en el tema principal, subir algunas fotitos y explicar tres o cuatro cosas sobre el patrimonio inmueble de la Casa de Alba en mi provincia adoptiva.
(Que es Salamanca. Lo digo por si no habéis leído el título. En realidad soy de Badajoz, pero no de la capital. Badajoz capital es lepra. Invádela, Portugal. Pronto).

Castillo de Alba de Tormes (foto del autor)
Castillo de Alba de Tormes (foto del autor)

La Casa de Alba se llama así por tener su origen en Alba de Tormes, a unos veinte kilómetros de Salamanca. Allí había nacido Gutierre Álvarez de Toledo, obispo de Palencia, arzobispo de Sevilla y de Toledo, quien recibió en 1429 el señorío de la villa de manos de Juan II y comenzó la edificación del actual castillo. El señorío de Alba se convirtió en condado en 1439, bajo el primer Fernando Álvarez de Toledo, sobrino del fundador. El ducado lo obtendría en 1472 su hijo, García Álvarez de Toledo, ya con Enrique IV en el trono. Tras el segundo duque (el menos conocido Fadrique) llegaría el tercero, el celebérrimo Gran Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo; éste, además de campear que daba gusto, gobernar donde lo enviaran, reprimir a los holandeses y conquistar Portugal, tuvo tiempo para hacer del castillo de Alba una de las principales cortes renacentistas de España.

Por desgracia, la Guerra de la Independencia (traducción: los gabachos y los garrulos de Julián Sánchez el Charro) dañó tremendamente el castillo, dejándolo en la ruina. Hasta 1960 no se restauró la torre del homenaje a instancias del duque consorte, Luis Martínez de Irujo, salvándose los frescos renacentistas de la Batalla de Mühlberg. En la década de 1990 se efectuaron las obras arqueológicas que permiten la visita a la fortificación, una de las mejores –y más infravaloradas– de la provincia.

Iglesia del Convento de San Esteban (foto del autor)
Iglesia del Convento de San Esteban (foto del autor)

Alba de Tormes está a veinte kilómetros de Salamanca y, curiosamente, Salamanca también está a veinte kilómetros de Alba de Tormes. Esta cercanía permite las escapadas en ambos sentidos. Lo mismo sucedía en el siglo XVI, cuando Salamanca se erigió en el centro intelectual de España y el plateresco inundó la ciudad. Era difícil sustraerse a su influencia y Juan Álvarez de Toledo, obispo de Córdoba allá por 1524, decidió honrar a su padre construyéndole un espectacular panteón. Su padre era el citado Fadrique Álvarez de Toledo y ese panteón es el Convento de San Esteban, una de las joyas salmantinas. A San Esteban, asimismo, se trasladó en 1619 el cadáver del Gran Duque de Alba, hasta entonces enterrado en el Monasterio de San Leonardo, en Alba de Tormes; sin embargo, su cenotafio no se remató hasta 1983, sufragado por la diputación salmantina en uno de los mayores casos de escaqueo y jeta de la historia reciente, que ya es mucho decir en esta España nuestra.

Palacio de Monterrey (foto: Wikipedia)
Palacio de Monterrey (foto: Wikipedia)

Los dos grandes palacios de la Duquesa de Alba eran el madrileño de Liria, donde nació, y el sevillano de Dueñas, donde pasó a peor vida. No obstante, Cayetana contaba con otros palacios repartidos por nuestra geografía. Uno de ellos es el Palacio de Monterrey, uno de los mejores ejemplos del Renacimiento cañí, en pleno centro de Salamanca (cuatro plantas, reformado, muchos baños, dos torres, muy luminoso, habitaciones a cascoporro, para entrar a vivir).

El palacio lo mandó construir Alonso de Zúñiga y Acevedo, tercer conde de Monterrey, a mediados del siglo XVI; el proyecto era tan bestial que sólo se terminó uno de sus cuatro lados. El edificio acabó en manos de la Casa de Alba en el siglo XVIII, cuando ésta absorbió al condado de Monterrey. Pese a que la duquesa no solía usarlo demasiado (pongamos, como mucho, dos o tres semanas al año), el palacio es el búnker más perfecto de Salamanca: al vulgo nos resulta casi imposible entrar en él.

En todo caso, y como Aquí fue Troya tiene vocación de servicio público, les revelaré las dos opciones que hay para visitar el Palacio de Monterrey. La primera es aprovecharse de la iniciativa Las llaves de la ciudad, que permite el acceso gratuito a varios –y bastante poco accesibles– monumentos salmantinos: los martes 2, 9 ó 16 de diciembre deberán estar a las 10:00 en la antigua iglesia de San Millán con una fotocopia de su DNI para pelear por una de las veinticuatro entradas que hay disponibles para los respectivos viernes, lo cual implica ir prontito para hacer cola (servidor se comió en 2013 dos horas a -3ºC). Otra opción es inscribirse en la oficina de turismo proporcionando nombre, DNI y teléfono, y ya si eso les llamarán cuando Júpiter esté en la casa de Acuario; cierta colaboradora de este blog lleva así cuatro años, esperando cual Penélope.

Aún así, pese a todos los obstáculos y dificultades, pese a no poder hacer fotografías y, sobre todo, pese a incumplir el régimen de visitas que marca la Ley del Patrimonio Histórico (16/1985), el Palacio de Monterrey merece muchísimo la pena.

Torreón de El Tejado (foto de Javier Agudo García)
Torreón de El Tejado (foto de Javier Agudo García)

Históricamente, y al margen de la fortaleza principal de Alba de Tormes, el Ducado de Alba poseía varios castillos en la provincia salmantina. Los tres más imponentes eran los de San Felices de los Gallegos, Miranda del Castañar y Puente del Congosto, de los cuales pondré fotillos en nuestra página de FB. Todos fueron desgajados del inmenso patrimonio de la casa nobiliar, que sólo retuvo el citado castillo albense y el torreón de El Tejado, en el municipio de Calzada de Don Diego.

El torreón de El Tejado es lo único que se conserva del castillo, levantado en el siglo XIV. Poco más se sabe de él, salvo que está dentro de una de las numerosas fincas agrícolas de la Casa de Alba en Salamanca (la de nombre más raro es Aldeanueva de Portanovis, aunque la toponimia charra merece artículo propio) y que, por supuesto, no es posible visitarlo salvo que intiméis con su actual dueño, Alfonso Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart, hijo de la duquesa.
Que está soltero, añado. Guiño, guiño.

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