Goethe nella campagna romana, 1787. Wilhelm Tischbein

Díme con quién viajas…. y te diré quién eres (Algunas reflexiones sobre el turismo como lugar de producción identitaria)

Goethe nella campagna romana, 1787. Wilhelm Tischbein

O cómo viajas, dónde, si viajas… Algunos dirán que exagero, pero en una sociedad en la cual aquello que consumimos importa incluso más que lo que producimos, la posibilidad y cualidad de nuestros viajes también nos define, al menos en parte (o eso quisiéramos): antes uno era médico, empleada de fábrica, ama de casa, profesor, dependiente de tienda…; hoy producir identidad en torno a la profesión no es tan fácil, y es que ya se sabe: en un mercado altamente competitivo, hay que reinventarse constantemente o especializarse hasta el aburrimiento… un ir y venir incesante de etiquetas en las que reconocerse y ser reconocidos. En cambio, el consumo de ocio y turismo nos puede ayudar a fijar un “centro de gravedad” en torno al que categorizar y categorizarnos, así que podemos hipotizar que coleccionar viajes puede contribuir a responder a la pregunta del millón: ¿quiénes somos?

Un poco de historia del turismo nos servirá para ilustrar brevemente cómo este fenómeno produce identidad. Pero, antes de nada ¿qué es eso de la identidad?:  se han escrito y se escribirán ríos de tinta, pero podríamos decir que es una categoría que construimos constantemente (con nuestras representaciones mentales y nuestras prácticas sociales) en torno a lo que somos, lo que queremos ser, a lo que los otros –los que no son como nosotros- son.  Por lo tanto, también es lo que los otros dicen que somos, porque se trata de una categoría relacional. Junto con su cualidad dialógica, quizás lo más importante sea no perder de vista que la identidad se construye, y que cambia históricamente, que seleccionamos y subestimamos como propios o no ciertos atributos que con el tiempo van cambiando.

 

Fuente: Wikipedia
Thomas Cook, el “inventor” de los viajes organizados. Fuente: Wikipedia

Expuesta  esta breve definición, vamos a retroceder ahora hasta los  siglos XVIII y XIX.  Es en este periodo, grosso modo, en que comienza a desarrollarse el germen que dará lugar al turismo más o menos parecido a como lo entendemos hoy. Son los años de Thomas Cook, que en 1841 organizó un viaje para 570 personas (era el primero del tipo “todo incluido”, para un número considerable de personas) dando lugar después a la primera agencia de viajes de la historia. Eran también, los años del Grand Tour, cuando las familias de los jóvenes aristócratas y adinerados se convencieron de que una buena educación sólo se completaba cuando se habían visto con los propios ojos otros lugares –en especial, aquellos considerados la cuna de la cultura occidental-. El viaje era una experiencia de vida constitutiva de la identidad del hombre culto y acomodado, un atributo que denotaba estatus, y que como tal se convirtió en objeto de emulación.

Con los derechos sociales del siglo XX, llegó también (para los ciudadanos del llamado mundo “desarrollado”) el derecho a las vacaciones pagadas: el turismo se generalizó y se convirtió en un verdadero fenómeno de masas que en torno a 1950 movía ya nada menos que a 25 millones de turistas internacionales. Quizás pocos sepan que a lograr esta cifra contribuyeron en buena medida los avances técnicos que se habían hecho en la industria aeronáutica pensando en construir hábiles y potentes aviones bélicos para la II Guerra Mundial y que, una vez terminado el conflicto, había que amortizar de alguna manera: la estabilidad política y la economía creciente en Europa y Estados Unidos hicieron de los vuelos comerciales la mejor salida. Pero a pesar del boom exponencial de aquellos años, los números verdaderamente astronómicos los estamos manejando ahora, cuando con crisis económica y todo se rozan los mil millones de turistas anuales, haciendo del turismo el sector más dinámico de la economía.

Y es que estamos hablando de un fenómeno que de alguna manera ha modificado las pautas de consumo en la sociedad occidental: concretamente en el caso español, quizás tengamos que aprender (sobre todo los más jóvenes) a prescindir en parte de bienes y aspiraciones que antes se consideraban casi “de primera necesidad” (como una casa en propiedad, un contrato de por vida, la seguridad de la jubilación…). Sin embargo, parece que “necesitamos” una escapadita para ver mundo de vez en cuando. ¿Qué es lo que pasa? ¿podemos aventurar la hipótesis de que nos estamos convirtiendo en sujetos para el turismo? Y digo “sujetos” insistiendo en toda la carga etimológica del término: ¿somos, en cierta medida –no necesariamente negativa- dependientes del turismo, como si conocer lugares y personas diferentes, o hacer lo de siempre, o transgredir, o relajarnos, todo relativamente lejos de casa, fuera un bien al que renunciar sólo en caso de verdadera necesidad? La pregunta queda ahí.

Pero si hasta ahora hemos visto cómo el turismo puede contribuir a definirnos en tanto que consumidores (o no) de un producto sobre cuya valoración existe un consenso positivo y generalizado (pocos dirían que viajar por ocio es desagradable o algo parecido), también podemos pensar en cómo es lugar de trabajo identitario en otro sentido: nos reinventamos como grupo para recibir turistas, para gustarles, para atenderles bien; o también para protestar porque no estamos de acuerdo con los estereotipos que el turismo consume, o con el alza de precios que implica muchas veces, por ejemplo. Lo que quiero decir es que, pensando en venderse como destinos turísticos (entre otras posibles motivaciones), se transforma el territorio (uno de los ámbitos de trabajo cultural por excelencia), se seleccionan o descartan elementos culturales que se replantean en clave de oferta turística, se construye toda una imagen sobre el destino en cuestión.

La imagen del destino “España” en los años 60 se construyó en buena parte en torno a la famosa frase ““Spain, everything under the sun”; elementos culturales de corte folklórico que de alguna forma bebían del imaginario que ya desde el s.XVIII viajeros como W. Irving o de De Amicis habían contribuido a crear, consolidaron imágenes mentales en y para los visitantes que en cierta medida tendieron a homogeneizar culturalmente a diferentes áreas del país, y con las que los habitantes de muchas regiones de España no se han visto identificados. Hoy los esfuerzos promocionales por posicionar nuestro país más allá del sol y la playa, la paella y los toreros, se saben necesarios, aunque los resultados seguramente serán lentos, como muestra por ejemplo la foto que exponía hace pocos días el suplemento semanal de uno de los periódicos con mayor tirada en Italia.

Ilustración empleada para representar la lista de los principales países receptores de turismo. Aparecido en el suplemento italiano "Il  Venerdì", julio 2014
Gràfico que muestra los cinco paìses lìderes en la recepciòn de turistas internacionales para 2014, en el suplemento italiano Il Venerdì. Julio 2014

 

En definitiva, el turismo da lugar a la producción de narrativas y representaciones de los grupos humanos; los visitados se piensan a sí mismos en un proceso que incorpora la interacción con los otros, los visitantes. Estos, a su vez, crean sus propias narrativas sobre “los nativos”, las cuales a veces alimentan -otras contestan- las imágenes y los estereotipos preconcebidos. Y en medio de todo esto, el consumo de turismo parece haberse convertido en algo casi irrenunciable para los habitantes del “primer mundo”. Hace algún tipo, en un avión, el pasajero sentado a mi lado vestía una camiseta con la frase: “Viajo, luego existo”. Quién sabe qué pensaría Descartes…

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