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Los días después de Alejandro Magno

Alejandro Magno es una de las figuras más idealizadas y populares de la historia. Estratega, idealista, visionario, genio, lunático, sabio, salvaje. Un personaje controvertido, con marcadas luces y sombras y al que se sigue intentando interpretar. Su personalidad es compleja. Hijo de Filipo II, el rey macedonio que sometió Grecia, y de Olimpia, una mujer de carácter de la que se sospecha que ordenó matar a su marido, que ya se entretenía con otra. Alejandro creía ser hijo de Zeus y no era para menos. A su muerte había logrado conquistar buena parte del mundo conocido, de Grecia a la India, derribando al poderoso Imperio Persa y dejando a sus sucesores un legado ingobernable.

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La conquista de Alejandro. Wikimedia Commons

La historia de Alejandro acabó en Babilonia el 13 de junio del 323 a.C., días antes de cumplir los 33 años. Los fuegos de la ciudad se apagaron para rendirle homenaje. Un momento mágico y lleno de incertidumbre: Alejandro no tenía heredero. Sus guardaespaldas y amigos, los más cercanos, enfrentaron la cuestión al día siguiente, reunidos en el Palacio de Babilonia con el trono vacío, ocupado simplemente por las vestuduras reales. El rey ya no estaba.

Había tres candidatos. Arrideo era el hermanastro de Alejandro Magno, un hombre de sangre real pero utilizado por unos y otros debido a algún tipo de enfermedad mental que padecía. Heracles tenía menos opciones. El niño sufría la mala fortuna de ser hijo de Alejandro y una amante persa, no reconocido pero señalado. La tercera posibilidad estaba en camino, concretamente en el vientre de Roxana, la mujer de Alejandro. Era una cuestión de cara o cruz. Si se trataba de un varón podría ser el deseado heredero.

Pese a todo, la decisión estaba en manos de unos hombres que no parecían dispuestos a ceder el poder, aquellos que pasarían a la historia como los diádocos (sucesores). De todos, Perdicas es el primero en merecer unas líneas. Él era el hombre a la sombra de Alejandro. Recibió el anillo real de un monarca moribundo que legó su imperio “al más fuerte” (tôi kratístôi), o a “a Crátero” (tôi Kraterôi), según se interprete. Suponemos que Perdicas interpretó la primera opción.

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Alejandro y su médico Filipo, de Jean II Restout
El poder en Macedonia

Crátero era otro de los favoritos de Alejandro. Por aquel entonces se encontraba en Cilicia, al sur de Anatolia, al mando de diez mil hombres de camino a Macedonia para sustituir a Antípatro, a quien el difunto rey había dejado al mando cuando partió a conquistar el mundo. Antípatro tenía más de setenta años y el enorme mérito de haber estado en la primera línea política tanto con Filipo II como con Alejandro. A los dos sobrevivió y seguiría dando guerra un tiempo más.

¿Y para qué necesitaba Crátero aquellos diez mil hombres? Para poner en marcha el último capricho de Alejandro, cuya ambición había dirigido su mirada al mediterráneo occidental. La misión de Crátero era conquistar la península itálica, Cartago e Iberia. Un plan delirante que la muerte de Alejandro dejó en el olvido.

Perdicas, Crátero y Antípatro, en tres centros de poder, Babilonia, Cilicia y Macedonia, fueron los hombres más poderosos de esos  primeros días del mundo después de Alejandro.

Pero el centro del Imperio era Babilonia; allí donde se discutía el legado de Alejandro. Perdicas dirigía el consejo de urgencia que dirimía las opciones. Él era partidario de que la corona recayese en el hijo que Roxana debía tener. Otros, como Meleagro, optaban por Arrideo, el enfermo hermanastro de Alejando, e incluso por Heracles, su hijo bastardo. Ptolomeo debió estimar que toda aquella farsa no era más que una pérdida de tiempo. El poder se estaba discutiendo entre los guardaespaldas de Alejandro así que no estaría mal organizar un gobierno conjunto, dejando de lado a los posibles reyes. Una opción sensata y que acabó ajustándose a la realidad, pero quizá demasiado ambiciosa.

Pérdicas tenía la voz cantante y acabó imponiéndose. El futuro rey sería el hijo de Roxana y contaría con cuatro guardianes: Leonato y el propio Pérdicas en Asia y Antípatro y Crátero en los territorios europeos. La decisión no fue unánime. La infantería, controlada por Meleagro, se acabó rebelando ante Perdicas, líder de la caballería. Las diferencias entre ambos cuerpos del ejército estallaron en ese conflicto.

Dos reyes

Arrideo fue aclamado con el nombre de Filipo III como rey y sucesor de Alejandro por Meleagro y los suyos. Una curiosa escena que llamó la atención al historiador romano Quinto Curcio Rufo en el siglo I d.C. Con algo de mala leche trazó un paralelismo entre la coronación de Arrideo, destacando su enfermedad mental, y la del emperador Claudio, ridiculizado por su cojera, tartamudez y otros cuantos defectos, por la Guardia Pretoriana instantes después del asesinato de Calígula en el año 41 d.C.

Tras el susto, Perdicas haría pagar a los sublevados su osadía destinándoles el castigo más cruel que podía imaginarse: Cerca de trescientos hombres fueron pisoteados hasta la muerte por elefantes. Meleagro se libró en un primer momento, pero días después fue arrestado y oportunamente eliminado.

Perdicas siguió por lo tanto controlando la situación, ahora como regente de los dos reyes, Filipo III Arrideo y el hijo de Roxana, que nació un par de meses después. Fue un niño: Alejandro IV. En nombre de ellos repartió las satraprías entre aquellos que lucharían por los despojos del Imperio de Alejandro: Éumenes, Lísimaco, Ptlomeo, Antígono…

Aquellos días acabaron por ejemplificar lo que supondría el legado del gran rey macedonio. Los diádocos obviaron la legitimidad de sus reyes y lucharon entre ellos bien por hacerse con el control del impero o, al menos, con la mayor cuota de protagonismo posible.

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Cortejo fúnebre de Alejandro, rumbo a Macedonia. Reconstrucción del siglo XIX.

Un año después de su muerte, el cadáver de Alejandro puso rumbo a Macedonia con un fastuoso cortejo fúnebre. Pero no llegaría a su tierra natal. A medio camino el cuerpo fue secuestrado por los hombres de Ptolomeo, que con aquella osadía hacía estallar el equilibrio establecido. Lo llevó a Egipto, la región que le había caído en suerte en el reparto de Babilonia.  Fue toda una declaración de intenciones, un acto con el que Ptolomeo buscaba ganar ventaja en esa dura carrera por la legitimidad. El ultrajado Perdicas se dispuso a invadir Egipto. Comenzaba la primera de las guerras de los Sucesores. Un inevitable camino sin retorno hacia medio siglo de lucha por los restos del descuartizado Imperio de Alejandro.

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