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La metamorfosis de la cultura

Desde que Truman, con su famoso discurso, pusiera en marcha el tren del desarrollo, allá por 1949, este polémico y difuso concepto se ha ido apostillando de diversos modos (“sostenible”, “humano”, “participativo”, “integral”…), de la mano de una serie de conceptos que podríamos llamar paradigmáticos (sostenibilidad, nueva ruralidad, emprendimiento…) que han logrado gran aceptación y se han convertido en verdaderos marcos estructurales de referencia para la construcción de realidad. Complejamente combinados y superpuestos, éstos han ido delineando los mundos de sentido bajo los que han surgido,  durante los últimos 30 años[1], las tendencias internacionales en materia de desarrollo.

Por su parte, el turismo se ha subido en años todavía recientes a este tren, y lo ha hecho en buena medida de la mano de la cultura (desde luego, el turismo no es ya un fenómeno nuevo y en países como España sabemos bien el peso económico que la actividad puede llegar a tener. Pero en el contexto del desarrollo sostenible, que el turismo respete y ponga en valor los recursos culturales se plantea como una condición sine qua non). Las reflexiones que me gustaría compartir hoy con los lectores de Aquí fue Troya tienen que ver, de hecho, con la metamorfosis que la cultura ha experimentado en los últimos años.

Volvamos un poco la vista atrás, pero no tanto: hasta1951. En esta fecha, un grupo de expertos de las Naciones Unidas elaboró un documento que hoy nos haría llevarnos las manos a la cabeza. Un extracto muy significativo del mismo, que el propio Arturo Escobar  recogió en La invención del Tercer Mundo (1998), es el siguiente:

Hay un sentido en el que el progreso económico acelerado es imposible sin ajustes dolorosos. Las filosofías ancestrales deben ser erradicadas; las viejas instituciones sociales tienen que desintegrarse; los lazos de casta, credo y raza deben romperse; y grandes masas de personas incapaces de seguir el ritmo del progreso deberán ver frustradas sus expectativas de una vida cómoda. Muy pocas comunidades están dispuestas a pagar el precio del progreso económico.

Es decir, que a mediados del siglo pasado la estructura social y las culturas  mismas de las llamadas sociedades subdesarrolladas eran identificadas como el problema que impedía el “progreso” de dichas sociedades. En las décadas posteriores, los fracasos ocasionados por este enfoque desarrollista y  etnocéntrico fueron haciéndose patentes, y la necesidad de reconocer, conservar y valorizar los recursos culturales propios de cada pueblo fue transitando desde la academia a los programas internacionales sobre desarrollo. Se produce así un giro mediante el cual la cultura (las culturas) dejan de ser un obstáculo para el desarrollo y se convierte en recurso clave para alcanzarlo.

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Ruka mapuche-pewenche. Foto: Marina Cruz

Es innegable el avance que ha supuesto la elaboración y ratificación de documentos como la Convención para la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural de la UNESCO (1972),  el convenio 169 de la OIT (1991), la Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural (2001) o la Convención sobre la Protección y Promoción dela Diversidad de las Expresiones Culturales  (2005). Pero, en lo que se refiere a la concepción y el  uso actuales de la cultura, ¿hemos resuelto ya todos lo desafíos que teníamos en años tan recientes como 1951? Creo que muchas cosas han cambiado para bien: el reconocimiento de que otras formas culturales merecen respeto, merecen ser conocidas (en las escuelas, universidades, durante un viaje…) o admiradas es un paso grande que ha afectado positivamente a millones de personas que antes veían proyectadas sobre sí -y nada menos que por organizaciones del calibre de las Naciones Unidas- imágenes de inferioridad que atacaban a la esencia misma de sus formas de ver el mundo y estar en él, a sus culturas. Sin embargo, siguen estando ahí problemas estructurales de marginación y pobreza que el reconocimiento de la diversidad por sí sólo no va a resolver.

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Campesino en Santo Tomé y Príncipe. Foto: Marina Cruz

En cualquier caso, hablo de una metamorfosis de la cultura porque se ha pasado de concebirla como un lastre a ver en ella un recurso que activar, pero esta nueva concepción también presenta algunas sombras: aunque los recursos culturales puedan dinamizar la economía, ¿todo se puede vender?, ¿cuáles son las consecuencias de dejar que elementos culturales -de los que no hay que olvidar su valor  simbólico y de argamasa social- pasen a regirse por la despiadada ley de la oferta y la demanda?

 

[1] Tomamos como fecha de partida 1987, año de publicación del Informe Brundtland.

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2 pensamientos en “La metamorfosis de la cultura”

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