El auriga Marcianus yendo a tomarse un vermut en su cuadriga. Aparece también el nombre de su caballo principal: Inluminator. Museo Nacional de Arte Romano (Mérida).

Un día en las carreras, II

(A lo mejor, qué sé yo, te has perdido la primera parte. La puedes encontrar aquí: Un día en las carreras, I).

En el capítulo anterior nos enteramos de: 1) los romanos robaron el corazón (y lo que no es el corazón) de las sabinas invitándolas a pasar una tarde en el circo, 2) las partes que componen un hipódromo a la romana (sin necesidad de que vaya rebozado y frito), 3) dónde están algunos de nuestros circos favoritos y 4) dónde ir a tomar un vermú si os coincide una mañana de domingo en Tarragona y alguien os obliga a ello a punta de pistola (¿hay, acaso, alguna otra razón por la que tomarse un vermú un domingo? Cof, cof).

El auriga Marcianus yendo a tomarse un vermut en su cuadriga. Aparece también el nombre de su caballo principal: Inluminator. Museo Nacional de Arte Romano (Mérida).
El auriga Marcianus yendo a tomarse un vermut en su cuadriga. Aparece también el nombre de su caballo principal: Inluminator. Museo Nacional de Arte Romano (Mérida).

Y en estas estábamos… Un momento, me dicen desde la cabina de control que tenemos una carta, parece que es de Plinio el Joven:

He pasado todos estos días en una quietud muy agradable. ¿Cómo, preguntarás, estando en la ciudad? Se hacían los juegos del circo a cuyo espectáculo no tengo la menor afición. Nada hay en él nuevo, nada vario, nada que no baste verlo una vez. Por eso me admira más ver tantos millares de hombres tan puerilmente aficionados a una misma cosa, unos caballos corriendo y unos hombres sentados en sus carros. Aún, si se agradaran de la velocidad de los caballos o de la destreza de los que los gobiernan, tendrían alguna disculpa, pero se aficionan a los vestidos y no aplauden otra cosa y, si en medio del certamen en la misma carrera los lleva un color a una parte y otro a otra, la afición y el aplauso se van con ellos y dejan de repente aquellos mismos jinetes cuyos nombres conocían y clamoreaban desde lejos. Tanta gracia y fuerza les hace una vil vestidura. Dejo aparte el vulgo, que es tan vil como lo que aprecia, pero algunas personas graves hacen lo mismo y, cuando reflexiono que nunca se hartan de concurrir a una diversión tan vana, tan fría y tan común, tengo mucho gusto en no parecerme a ellos. Así, dedico de muy buena gana a las letras el ocio de estos días, que otros pierden en tan inútiles ocupaciones. (1)

Madre mía, los haters de las carreras. Plinio el Joven en una foto de archivo. Catedral de Como (Italia).
Madre mía, los haters de las carreras.
Plinio el Joven posando en la Catedral de Como (Italia).

Plinio (61 – c. 112) aprovecha la placidez de su casa de campo para escribir a su amigo, Calvisio Rufo. Ha pasado unos días en Roma, le comenta. Madre mía, qué locurón de hooligans enloquecidos por las carreras de caballos. Es que a la gente le da todo igual, Calvisio, tío. Van a muerte con uno de los equipos y les importa poco lo demás. Si todavía alguien se fijase en la calidad de sus evoluciones por la arena, si alabasen la velocidad y la elegancia de los caballos…; pero no, el fervor por sus colores llega a tal extremo, te digo, Calvisio, que si en mitad del sarao los aurigas se hicieran todos tránsfugas, cambiasen de uniforme y te encontrases con que cada uno corre ahora por un equipo diferente, la gente seguiría animando igual a su factio, sin importarles nada más. Menos mal que yo soy más de leer, porque esta gente es que está alienada con los caballitos, Calvisio, yo no sé qué le ven. A dónde vamos a ir a parar.

Factio albata. Los blancos. Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).
Factio albata. Los blancos.
Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).

Nuestro amigo Plinio el Joven el Hipster no era muy aficionado a las carreras de caballos, como veis. Los romanos sentían verdadera pasión por su factio, ya fueran de los azules (factio veneta), los verdes (factio prasina), los blancos (factio albata) o los rojos (factio russata). Un romano te decía “soy de los blancos” o “soy de los rojos”, como ahora podemos decir “soy del Madrid” o “soy de Barça”. En el mismo tono y con las mismas connotaciones.

Factio russata. Los rojos. Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).
Factio russata. Los rojos.
Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).

Las factiones más antiguas ya existían durante la República: eran la russata (rojos) y la albata (blancos). A comienzos del siglo I, se les unieron la factio prasina (verdes) y la veneta (azules). Para que veáis que de verdad no hemos inventado nada: también tenían locales de reunión para sus seguidores, lo que ahora serían las peñas. Los primeros estaban en la ciudad de Roma, pero pronto se extendieron a más lugares del imperio.

Factio veneta. Los verdes. Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).
Factio veneta. Los azules.
Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).

Por supuesto, los aurigas (también llamados agitatores) eran profesionales, auténticos héroes populares y las factiones rivalizaban por los mejores fichajes. Desgraciadamente, su esperanza de vida solía ser más bien corta. Como habéis podido comprobar por las imágenes de los mosaicos que acompañan a esta entrada, su uniforme estaba compuesto por una casaca con el color de su factio, un casco y poco más. Acostumbraban, además, a enrollarse las riendas alrededor del torso para controlar el carro y los caballos basculando el peso de su cuerpo hacia los lados. Esto, unido a que las peleas no escaseaban y la colisiones (naufragia) eran muy frecuentes, hacía tremendamente complicado que el auriga saliera ileso si se veía envuelto en un accidente. A pesar de que todos ellos llevaban una daga para cortar las riendas y liberarse en caso de necesidad, era prácticamente imposible conseguirlo.

Factio prasina. Los verdes. Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).
Factio prasina. Los verdes.
Mosaico de la Villa di Baccano. Museo Nazionale Romano (Palazzo Massimo).

Mientras volvemos con otra entrada sobre las apasionantes vidas de los aurigas y sus logros profesionales, podéis entretener el rato con las novelitas de Marco Didio Falco, de Lindsey Davis. No os las recomiendo por que sí, es que coincide que Famia, el cuñado de Falco, es veterinario de los verdes.

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(1) Plinio el Joven, Cartas IX, 6. Traducción de Melchor Gaspar de Jovellanos, disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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