Hamish

Cuando las vacas salvaron a la Humanidad

Vaya por delante, si me perdonan la expresión, que a mí las vacas me caen de puta madre. Me es imposible ser objetivo con tan adorables rumiantes. Gracias a ellas obtenemos chuletones, leche, cachopos, bostas para abonar nuestros campos, quesos, mantequilla, cuero, entrecots, cecina, yogures y hasta pergaminos. Incluso, con suerte, puedes disfrutar de leche merengada si tu vaca lechera no es una vaca cualquiera. ¡Pardiez, pero si hasta hay vacas con club de fans propio!

Hamish
Hamish McKay Denovan, vaca de las Highlands y modelo en sus ratos libres (foto del autor)

Dicho lo cual, no pienso elaborar un extenso tratado sobre las relaciones de la Humanidad con la Vaquidad (?) o indagar en cómo el origen de tan eterna historia de amor se hunde en la noche de los tiempos. Lo de hoy va a ser breve, pero enjundioso, porque no todos los días se salva a la raza humana. Ya, ya sé que exagero: la raza humana podría vivir sin las vacas, pero seguramente viviría peor (yo no viviría en un mundo sin vacas, si a eso se le llamase vivir) o, al menos, viviría bajo la amenaza de una enfermedad ya erradicada, la viruela.

Durante miles de años, la viruela rondó al hombre y a menudo amenazó con llevarlo a la tumba con porcentajes dignos de Shaquille O’Neal desde la línea de tiros libres. Entrado el siglo XVIII (recordemos: Ilustración, progreso, antropocentrismo y la infumable literatura derivada) la viruela había dejado sus estigmas en millones de personas y había matado a algunos millones menos -pero millones, al fin y al cabo-, con víctimas tan ilustres como Luis I de España, cuya viuda era una joyita que merecería artículo propio.

Luis I falleció (y reinó) en 1724. Sólo unos años antes, una tal Lady Montagu había acompañado a Estambul a su esposo, embajador británico. Del Imperio Otomano esta señora se trajo una colección de cartas que después publicó bajo el ingenioso nombre de Cartas de la Embajada Turca -el siglo XVIII no fue el de la imaginación desbordante- y un hijo inmunizado contra la viruela tras habérsela inoculado de las pústulas de unos enfermos, tal y como se había hecho durante cientos de años en Turquía. Lady Montagu regresó a Inglaterra en 1718 y poco a poco fue superando el rechazo médico; su proselitismo de la inoculación llegó al punto de convencer al rey Jorge I de que probara el tratamiento con dos de sus nietos. Sobrevivieron, claro está.

Lady Montagu e hijo
Lady Montagu e hijo reciben visita. Retrato de Jean Baptiste Vanmour (Fuente: Wikipedia)

Hasta finales del siglo XVIII no hubo mejor manera de minimizar el riesgo de la viruela que inocularla porque nadie había tenido en cuenta a las vacas. Éstas sufrían de un tipo de viruela llamado “viruela bovina” que concentró el interés de diversos científicos ingleses y alemanes, quienes buscaban un método para anular el impacto de la viruela en humanos inmunizándolos con la variedad bovina.

Fue finalmente Edward Jenner (1749-1823), un médico rural inglés, el que dio con la clave. Jenner vivía en Berkeley, un pueblecito de Gloucestershire donde aún se conserva su casa-museo: ya se sabe, la clásica campiña inglesa donde sólo falta encontrarte un mago profanando el agujero de un hobbit para depararle un sinfín de perrerías. A falta de magos, Jenner escuchaba a las lecheras del lugar afirmar que nadie se contagiaba de la viruela si antes había pasado la viruela bovina; vale que las lecheras no serían expertas en inmunología, pero Jenner conocía los avances de los investigadores de la viruela. Su curiosidad científica y algo tan típico de la Ilustración como el afán de mejora en las condiciones de vida hicieron el resto. Más una vaca y un chavalín llamados Blossom y James Phipps, respectivamente.

Edward Jenner (retrato de James Northcote)
Edward Jenner retratado por James Northcote. Nótese a Blossom en el libro (Fuente: Wikipedia)

James Phipps era el hijo del jardinero de Jenner. En 1796, cuando James tenía ocho años y una salud fantástica para los estándares de la época, Jenner le practicó dos cortes en el brazo para inocularle la viruela bovina que la simpática Blossom le había pegado a una lechera. Tras recuperarse -James, no Blossom- de varios días con molestias, Jenner procedió a inocularle la viruela humana -a James, no a Blossom- en más de veinte ocasiones sin éxito alguno. Conclusión: James Phipps estaba inmunizado, Blossom seguía pastando a su bola y Jenner se había librado de que su jardinero le arrancara la cabeza a bocaos por matarle al chiquillo.

Edward Jenner continuó sus experimentos y plasmó sus investigaciones en el libro de sugerentísimo título An Inquiry into the Causes and Effects of the Variolae Vaccinae, a Disease discovered in some of the Western Counties of England, particularly Gloucestershire, and known by the name of the Cow Pox. Lo enlazo aquí para que lo gocéis con moderación por si no queréis esperar a que rueden la película, pero basta con que os fijéis en dos palabras: Variolae Vaccinae, es decir, “viruela vacuna”, de ahí que Jenner llamara vaccination (“vacunación“) al método de prevención utilizado.

(Y sí, yo también me sentí como un auténtico imbécil -más de lo habitual- cuando descubrí que “vacuna” viene de vaca. No estáis solos, amigos).

Al comprobarse la veracidad de los estudios de Jenner, tanto Gran Bretaña como otros países iniciaron la campaña de prevención de la viruela. Por ejemplo, Napoleón ordenó en 1805 que vacunaran a sus ejércitos, preparándolos para sembrar el pánico en Europa durante la siguiente década. Pero eso no lo sabían ni Blossom ni el resto de las vacas cuando se ofrecieron a salvar a la Humanidad.

Be Sociable, Share!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>