Escuela

¿El sí de las niñas?

En 1940, Pablo Picasso visitó las recién descubiertas cuevas de Lascaux en la Dordoña francesa. Allí contempló pasmado la interpretación que nuestros prehistóricos antepasados habían hecho de diversos animales –ciervos, caballos y toros, entre otros- y se dio cuenta de que, en realidad, no eran tan diferentes de los que habían protagonizado, apenas tres años antes, su inmortal Guernica. De modo que Picasso, perplejo, no tuvo más remedio que concluir que “nous n’avons rien inventé”. Vamos, que no hemos inventado nada.

Y a veces eso es exactamente lo que parece, pues entre quienes creen que tienen potestad sobre úteros ajenos y los que quieren devolver los conciertos a los colegios que promueven la educación separada por sexos, una ya no sabe si está en 2014 o en los años 50.

Aunque cueste creerlo en pleno siglo XXI, el debate sobre la educación separada por sexos ha vuelto a la palestra. Dicen los defensores de la educación diferenciada (pues así prefieren llamarla) que aquí nadie ha dicho nada de segregación, faltaría más, ya que su objetivo no es, en ningún caso, dar un trato inferior a uno de los dos sexos y eso es, en teoría, lo que implicaría el término “segregar”. Dice además el ministro Wert -de cuyo nombre no querría acordarme- que este modelo es sobre todo “una opción de libertad”. Siempre a vueltas con el lenguaje para acabar con las manos llenas de palabras y, tal vez, vacías de contenido. Hemos de suponer que todo es cuestión de matices.

Evidentemente, lo que no se puede negar es que el desarrollo de niños y niñas va a ritmos distintos: unos somos de diésel y otros de gasolina (si se me permite la analogía) y la pubertad es una época muy mala. También es cierto que algunos estudios, no exentos de polémica y críticas, avalan hasta cierto punto la eficacia de la escuela diferenciada sobre la escuela mixta, ya que obtiene una ligera (y digo ligera) ventaja en cuanto a resultados [1]. ¿Justifica esto años de extrañamiento con respecto al otro sexo? Los del otro bando creen que no y les preocupa -con razón- que la educación en igualdad y el desarrollo psicosocial del niño sean eliminados tan alegremente de la ecuación [2]. Arguyen que si se preconiza la igualdad, si ésta se dice defender desde la Constitución y a través de la ley, no es de recibo educar a los niños por separado, criarlos en planetas distintos, ajenos y extraños. Vamos, que si el mundo, el supermercado, el cine, el pueblo de tu tía o la clase de yoga son por igual espacios para hombres y mujeres, ¿qué sentido tiene que los niños vivan en una realidad paralela, sesgada, de 9:00 a 14:00 y de septiembre a junio? ¿Es eso menos traumático que sacar medio punto menos en matemáticas?

Hermelinda

Pero de aquellos polvos vienen estos lodos, porque la coeducación no tiene precisamente una larga historia en España. Si alguno de los que nos lee vivió durante la Segunda República y no era un niño de teta, tal vez recuerde que durante un breve período de tiempo la educación de niños y niñas en un espacio común fue uno de los objetivos del gobierno republicano. Y si no sois tan mayores igual lo habéis visto en La lengua de las mariposas, que me parece que no la han puesto nunca en la tele. Nunca. De verdad. Y como hoy es 14 de abril y a lo mejor estáis aquí precisamente para leer un artículo que no verse sobre el aniversario de la Segunda República… ¡sí, vamos a hablar de la Segunda República!

En serio, no es que yo quiera, pero esto viene por contrato. A los historiadores y a los cineastas nos obligan a tratar los temas de la Segunda República y/o de la Guerra Civil al menos una vez al año. Si no lo hacemos el resto del gremio nos mira por encima del hombro y cuchichean a nuestra espalda. Y no nos incluyen en el amigo invisible por Navidad. El caso es que, como mi especialidad es la Historia Contemporánea y la enseñanza, creo que puedo afirmar, sin recibir a cambio demasiadas cejas arqueadas, que la educación fue una absoluta prioridad durante la Segunda República [3], cuando se construyeron hasta 16.000 escuelas [4], se crearon unas 7.000 plazas de maestros nacionales (ríase usted de las oposiciones de hoy en día), se luchó para sacar la religión de las aulas y se normalizó la coeducación.

Esta práctica ya era la norma y siguió siéndolo (incluso tras la Guerra Civil) en los núcleos de población demasiado pequeños para tener dos maestros -uno para cada sexo- y sobre todo durante la primera infancia. Tampoco creamos que esto era la panacea de la coeducación, pues el día a día de la España de la época no permitió que esta práctica se extendiera de manera efectiva en tan poco tiempo, salvo en estas escuelitas rurales de las que hablamos y en unas pocas más en las que seguramente eran todos unos hippies. Algo más de éxito tuvo la medida en la educación secundaria, pero tampoco es que a los niños les diera mucho tiempo a disfrutar de verse por primera vez las caras con el sexo opuesto [5].

Escuela
“Niños, vosotros haced como que pasáis de mí, pero que no se note que lo hacéis de verdad”.

 

Obviamente esto no podía durar, que así se nos pervierte la infancia y tal.  La guerra y la dictadura acabaron de un plumazo con el sueño de la educación republicana gratuita, igualitaria, mixta y laica, características éstas dos últimas consideradas inmorales y altamente perniciosas para la niñez y la juventud por las jerarquías eclesiásticas, que habían llevado francamente mal que el Estado moderno (y republicano) les arrebatara lo que creían una de sus legítimas competencias, la educación. Pues la Iglesia, desde el comienzo de la historia de la educación organizada en Europa, se había arrogado esta función como propia y veía la escuela como una extensión más de su labor evangelizadora y de intromisión en la vida privada de sus feligreses, frente a un Estado en pañales que durante mucho tiempo no vio utilidad alguna en la educación de las masas, como tampoco se lo vio a los servicios sociales en general. Y como fuera que el Estado se desentendía, las escuelas de la Iglesia eran la única alternativa viable para todos aquellos que no podían permitirse otra cosa, que eran la mayoría.

De todos modos, no hay nada nuevo bajo el sol, porque ya en la encíclica Divini illius Magistri, fechada en 1929, el papa Pío XI afirmaba que “es derecho inalienable de la Iglesia, y a la vez deber suyo indispensable, vigilar sobre todo la educación de sus hijos, los fieles, en cualquier institución, pública o privada, no sólo en lo referente a la enseñanza religiosa allí dada, sino también en toda otra disciplina y disposición en cuanto se refieren a la religión moral”. Es decir, que la Iglesia es la primera fuerza externa que puede inmiscuirse cuanto desee en la tarea del educador -cuando no es directamente la educadora-, seguida por la familia y, por último, por el Estado, y sólo en los casos que no afecten a los dos primeros interesados.

Siendo que lo que decía la Iglesia iba a misa (iba a misa, ¿lo pilláis?), uno de los primeros envites oficiales contra la coeducación vino de la mano de Tomás Domínguez Arévalo, a la sazón ministro de Justicia del primer gobierno de la dictadura constituido en Burgos, quien tuvo que hacerse cargo de la cartera de Educación durante un breve período de tiempo en 1939 [6].  En mayo de ese año, Domínguez consideraba imprescindible la supresión del sistema de educación mixto “por antipedagógico y antieducativo”, de forma que “la educación de los niños y las niñas responda a los principios de la sana moral y esté de acuerdo en todo con los postulados de nuestra gloriosa tradición”.

Y volvemos a la Divini illius Magistri, que sobre la coeducación hacía un bonito apunte. Según la encíclica, la educación mixta está basada “en una deplorable confusión de ideas que trueca la legítima sociedad humana en una promiscuidad e igualdad niveladora”, porque “el Creador ha ordenado y dispuesto la convivencia perfecta de los sexos solamente en la unidad del matrimonio y gradualmente separada en la familia y en la sociedad. Además no hay en la naturaleza misma, que los hace diversos en el organismo, en las inclinaciones y en las aptitudes ningún motivo para que pueda o deba haber promiscuidad y mucho menos igualdad de formación para ambos sexos. […] Por lo mismo, debe mantenerse y fomentarse en la formación educativa con la necesaria distinción y correspondiente separación”. Pues eso, que de compartir aula a tocarse y acabar en el infierno hay sólo un paso, un “¿me dejas el boli rojo, Mari Pili?”. Y de igualdad de formación menos aún, no vaya a ser que nos salgan las niñas con aspiraciones.

Escuela II
-Seño, ¿qué podría ser yo de mayor?
-¡Uy, un montón de cosas! Maestra… hasta que te cases. Enfermera… hasta que te cases (con un médico). Secretaria… hasta que te cases (probablemente con tu jefe). Y monja hasta que te mueras. ¿He dicho ya maestra?

 

Visto lo visto, ¿en qué encíclica creéis que se basa gran parte de la Ley de Educación Primaria de 1945?  ¿No lo adivináis? ¿Seguro? ¡Ay, qué años de extraordinaria placidez y qué escasas ganas de matar!

Tampoco creáis, sin embargo, que el tema de la educación separada por sexos es algo que preocupara sólo a la Iglesia, sino que estaba enraizado en lo más profundo de una sociedad que no estaba preparada para un cambio que desde nuestra óptica parece bastante baladí. De ahí que, como decíamos, la Ley de 1945 sólo contemplara la existencia de escuelas mixtas en casos excepcionales, en los núcleos de población que no contaran con más de treinta niños de edades comprendidas entre los 6 y los 12 años.

Y así serían las cosas hasta que la Ley General de Educación de 1970 levantara el veto a la educación mixta, que se extendió sin prisa pero sin pausa, primero en la educación secundaria y después en la primaria. Así, y aunque con bastante retraso con respecto a los países de nuestro entorno, la década de los 70 sería la que nos viera dar el salto definitivo de la niñez a la madurez en más de un sentido. Compartir patio de recreo y clases con el otro sexo no era más que un paso en ese largo camino, pero uno importante, al fin y al cabo. Y sinceramente, si me preguntan, no me apetece nada retroceder ni un poco.


[1] La mayor parte de estos estudios proceden de países como EE.UU. o el Reino Unido. En España no serían muy concluyentes, ya que la educación separada por sexos supone en la actualidad un porcentaje ínfimo. Además, la estadística ofrecería una visión sesgada de la sociedad, al tratarse de colegios mayoritariamente católicos y de un nivel social particularmente elevado, como también lo son la mayoría de los colegios estadounidenses y británicos examinados. Son estas razones, la denodada parcialidad, las que hacen que dichos estudios sean puestos en duda continuamente.

[2] Una de las abanderadas de la coeducación en España es la socióloga Marina Subirats Martori. Para más información, aquí os dejo un bonito e interactivo esquema y un artículo. Para que luego digáis que aquí no regalamos nada.

[3] Sí, también durante el segundo bienio. Si la educación no hubiera sido una prioridad, el gobierno radical-cedista no se hubiera dado tanta prisa en arremeter contra casi todo lo legislado durante el bienio socialista y el gobierno provisional.

[4] En realidad el plan inicial era construir unas 27.000 escuelas, que hacían falta si tenemos en cuenta que la monarquía había dejado a casi dos millones de niños sin escolarizar. Pensemos, de todos modos, que el concepto “escuela” es diferente al actual: en la actualidad es un edificio o complejo de edificios con multitud de servicios, pero en los años 30 una escuela podía ser simplemente un aula, las cuatro paredes y el techo de una escuelita rural, por ejemplo.

[5] No os voy a poner deberes, pero si queréis saber más sobre la educación durante la Segunda República no creo que tengáis problemas en encontrar uno o dos de los miles de libros que hay sobre el tema. Sin ir más lejos, el cuarto tomo de la Historia de la Educación en España está dedicado enterito a la Segunda República y a la Guerra Civil, ¡y en sólo 500 páginas! Si luego me lo vais a agradecer, pillines.

[6] Su predecesor, Pedro Sainz Rodríguez, fue el primer ministro de Educación del franquismo. Aceptó el cargo un poco a regañadientes, definiéndose en varias ocasiones como un político “por accidente” e intentando convencer a propios y extraños de que la guerra era su único obstáculo para dejar el cargo. Lo curioso del caso es que cumplió su promesa y presentó su renuncia apenas diez días después del fin de la guerra, dejando al Ministerio de Educación en bragas.

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