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El desastre de Sicilia (III): El sitiador sitiado

Nicias recibió sus ansiados caballos en la primavera del 414 a.C. Ahora sí, todo estaba dispuesto para poner el cerco sobre Siracusa. Los atenienses comenzaron a levantar un muro que encerraría por tierra la ciudad, ya dominada por mar, con la seguridad que aportaba a sus labores la vigilancia de la caballería. Pero en Siracusa no se quedaron de brazos cruzados, sino que decidieron evitar la mordaza con varios contramuros que les otorgasen una momentánea vía de escape y suministro así como un preciado tiempo. Hermócrates, aquel hombre que avisó a sus incrédulos vecinos de la expedición ateniense, era el encargado de dirigir la defensa. 

Mientras, en una de las numerosas escaramuzas pereció Lámaco, uno de los tres estrategos al mando desde el inicio de las campaña. Otro, Alcibiades, disfrutaba de su nueva vida en Esparta. Nicias estaba cada vez más solo. Pese a ello el panorama era optimista. Los contramuros retrasaron el definitivo cerco, pero éste parecía cercano y comenzaban a escucharse rumores de una posible rendición. En esa situación Nicias volvió a confiarse. Su pasividad permitió a Gilipo, el enviado espartano, llegar hasta Siracusa con sus cuatro naves y más soldados y jinetes que había reclutado en el sur de Italia. 

Con cierta chulería Gilipo ofreció a los atenienses una tregua si dejaban Sicilia y regresaban a casa. El asombro de Nicias debió ser mayúsculo. Pero Gilipo ya estaba planeando su golpe de efecto. Mandó una doble ofensiva contra el muro ateniense. Con una jugaría al despiste para permitir a la otra parte ejército hacerse con el control de un fortín en las Epípolas, una meseta al norte de la ciudad en la que los atenienses no habían completado la muralla. Allí, las tropas de Gilipo no sólo ganaron una fundamental posición estratégica, sino que se hicieron con una importante cantidad de suministros.

Más madera

Nicias tuvo que levantar al sur tres nuevos fortines, en el Plemiro, comenzando a plantearse por primera vez en toda la campaña la posibilidad de la huida. Entonces el estratego ateniense escribió a la asamblea de su ciudad, exagerando su débil situación en Sicilia y reclamando de nuevo tropas y suministros así como un relevo en el mando. Nicias no podía tomar la decisión de retirarse, ya que supondría, como poco, un descrédito para su persona, por eso intentó que la asamblea de Atenas lo ordenase. Pero ésta volvió a empeñarse en continuar con la expedición, enviando un nuevo contingente pero manteniendo a Nicias al mando. Atenas seguía confiando en él.

La espera se le hizo larga, y es que mientras tanto Gilipo volvió a lanzar una ofensiva para arrebatarle el control del Puerto Grande y el Plemirio. La situación era crítica para Nicias, pero entonces llegaron los refuerzos. 73 barcos aparecieron ante la mirada de la población de Siracusa, que flaqueó en su optimismo. Demóstenes y Eurimedonte llegaban para auxiliar a Nicias. Se completaba de nuevo el trío de estrategos.

Asedio de Siracusa
Asedio a Siracusa y eventos importantes. Elaboración propia.

Con escasos recursos económicos debido al bloqueo y ante un rival reforzado, la situación de Siracusa volvía a ser complicada. Atenas tenía fuerzas para permitirse volver a tomar la iniciativa. Por ello Demóstenes planeó un asalto a las Epípolas, aquella meseta en la que los siracusanos al mando de Gilipo consiguieron romper el cerco. La iniciativa se lanzó en los primeros días de agosto del 413 a. C. con un ataque nocturno. Por sorpresa, veinte mil hombres ascendieron con Demóstenes al mando para tomar el fortín siracusano con éxito. Pero la acción no debía quedarse ahí. Prosiguieron su avance para hacerse con toda la posición, pero entonces comenzó el desastre. La euforia provocó el descontrol, topándose repentinamente con un grupo de soldados beocios, desconcertados en medio de la noche sobre si eran rivales o aliados. El caos fue absoluto.

Los siracusanos comenzaron sentirse con fuerzas, sumándose a los cánticos de sus aliados dorios que sirvieron para asustar en medio de la noche a los atenienses. Y estos también contaban con dorios en sus filas, que tuvieron la pésima idea de replicar esos cánticos. La confusión y el miedo se multiplicó, atacándose incluso entre compañeros, sin ser capaces de distinguir en que bando estaba aquel que tenían a su lado. Muchos acabaron despeñándose por los acantilados en una huida anárquica. Cuando los primeros rayos del sol aparecieron, los jinetes de Siracusa acabaron con aquellos que seguían intentando huir.

Fue sin duda la mayor catástrofe en los dos años de campaña en Sicilia, con la moral hundida, grandes pérdidas y padeciendo enfermedades que seguían menguando su vitalidad. Demóstenes, artífice del fallido ataque, propuso regresar a Atenas de inmediato. Pero Nicias se empeñó en continuar, agarrándose a unas opciones mínimas, conocedor de lo que supondría para él una retirada.

El momento  de la retirada

El 27 de agosto del 413 a.C. un eclipse de luna desató todo tipo de supersticiones en el ejército ateniense, que quería dejar aquella maldita isla. Un adivino recomendó a Nicias, que “era tremendamente sensible a la adivinación y otras prácticas semejantes”, cuenta Tucídides, a esperar “tres veces nueve días”. Pero antes recibieron otro golpe. Desde Siracusa, a donde habían llegado noticias de la posible huida, organizaron otro doble ataque por tierra y mar que acabó destruyendo parte de la flota ateniense y provocó más pérdidas. La situación era insostenible.

Los siracusanos estaban dispuestos a aniquilar a aquellos que habían viajado hasta allí hacía dos años para someterlos. Dispusieron una serie de barcos unidos por cadenas que taponaban el golfo y esperaron. Los atenienses no tenían otra salida. En la playa, Nicias intentó levantar los decaídos ánimos de sus hombres: “Demostradles que a pesar de la situación de debilidad y de la mala fortuna vuestro conocimiento es superior a la fuerza de los otros, aunque la fortuna les sonría”. 

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Batalla en el puerto de Siracusa

Gilipo se encontraba en una tesitura bien diferente, poco necesitaba para llevar a los suyos a la batalla: “Los atenienses han venido a este país para esclavizar en primer lugar Sicilia, y luego, incluso el Peloponeso y el resto de Grecia”. Sus motivaciones estaban muy claras. “Vamos a poder vengarnos del enemigo, lo cual es, según dicen, el más dulce de los placeres”.

La armada ateniense avanzó hacia la mordaza. Mientras trataban de abrirse paso entre aquella maraña de barcos y cadenas, los siracusanos lanzaron sus trirremes desde todos los flancos. En un estrecho espacio de mar se concentraron cerca de doscientos barcos. Era una batalla atascada. Los atenienses no podían hacer valer su mayor pericia naval y acabaron siendo aplastados. Los supervivientes volvieron a huir hacia la playa, con la esperanza de salvar sus vidas y poco más. Seguían atrapados.

Los últimos episodios de la campaña describen un fracaso tras otro. Es difícil imaginarse que podía pasar por la cabeza de aquellos atenienses, que transitaron de una desmedida euforia al partir la expedición de El Pireo a un justificado derrotismo, sin posibilidad si quiera de regresar a casa. Eran despojos. Demóstenes propuso volver a intentar salir por mar, pero las tropas se negaron. Querían alejarse de allí por tierra, hacia un lugar seguro.

Siracusa era un fiesta. Celebraron sin escatimar una victoria que consideraron definitiva. Pero los atenienses seguían ahí, a escasos metros de su ciudad, y Hermócrates no se fiaba. Por ello envió a un par de jinetes al campamento enemigo, haciéndose pasar por desertores y avisando de que no huyesen de inmediato, ya que los caminos estaban vigilados. Nicias pospuso la marcha. Fue un tiempo vital que Hermócrates aprovechó para cortar las vías de escape.

Comenzó la marcha de los caídos. Un curioso cortejo que buscaba alejarse de aquel lugar hacia la aliada Catania. Demóstenes y Nicias se dividieron en dos grupos de avance que las fuerzas siracusanas hostigaron día y noche. Demóstenes acabó rindiéndose. Intentó quitarse la vida, pero sus captores lo evitaron. Nicias fue informado de ello, pero se empeñó en no entregarse a Gilipo hasta que su ejército fue masacrado. El viaje terminaba.

Un triste epílogo

¿Y qué hacer con los siete mil supervivientes? La asamblea de Siracusa decidió esclavizarlos, aunque especial destino merecían Nicias y Demóstenes. Gilipo quería llevarlos a Esparta, mientras que Hermócrates se oponía a que fuese ejecutados. Pero éste fue el fatal desenlace que para ellos eligió la asamblea.

Las primeras reacciones en Atenas fueron de incredulidad. Al confirmarse las noticias, muchos acusaron a la clase política y a los oráculos del fiasco, obviando convenientemente que fue la propia asamblea la que votó la expedición. Ésta se había llevado por delante miles de vidas, soldados perdidos para la guerra, unas 160 trirremes, buena parte del tesoro y a los más brillantes estrategos, como Nicias, Lámaco o Demóstenes. Además, Alcibiades trabajaba para el enemigo.

Mientras, la guerra se había reavivado en territorio griego. Dos años después, en el 411 a.C., la democracia fue sustituida por un régimen oligárquico, el Consejo de los Cuatrocientos, pero algunos no lo aceptaron. La flota ateniense estacionada en Samos restituyó a Alcibiades, que anteriormente había tenido que escapar de Esparta y se encontraba en Lidia colaborando con un sátrapa persa. Colaboró en reimplantar la democracia y en recuperar parte de los perdido en la guerra. Sin embargo, en el año 404 a.C. Atenas acabó rindiéndose. Esparta lograba la victoria en la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), pírrica después de tanto desgaste en un conflicto que incluyó episodios memorables como la campaña siciliana. Comenzaba el ocaso de las dos grandes polis.

El desastre de Sicilia (I): Nicias versus Alcibíades
El desastre de Sicilia (II): Euforia, dudas y traición

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