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Adolfo Suárez: luces y sombras de un tahúr de Ávila

 Siempre he pensado que el oficio de historiador, como el de cualquier científico social, debe prescindir de opiniones y estar centrado en el análisis no sesgado, pero en ocasiones ello se torna harto difícil, como sucede en el caso del reciente fallecimiento del ex-presidente Adolfo Suárez. Pero, ¿quién fue Adolfo Suárez?

Adolfo Suárez González nació el 25 de septiembre de 1932 en la pequeña localidad abulense de Cebreros, en el seno de una familia acomodada y católica practicante, algo que el propio Adolfo asumió como suyo desde bien temprano. No fue un estudiante excelso y él mismo se reconoció más de una vez como “un hombre normal” que tenía “muchas lagunas”. Su principal valedor político dentro de la administración pública fue Herrero Tejedor, de quien fue mano derecha durante muchos años, gracias a lo cual logró alcanzar altas cotas de poder dentro de la estructura del franquismo.

Hay sucesos trágicos que determinan el rumbo de un país: la muerte de Herrero Tejedor en un accidente de tráfico el 12 de junio de 1975 fue uno de ellos. En ese momento, Suárez era Vicesecretario General del Movimiento por detrás de su mentor, pero la muerte de éste le dejó aparentemente huérfano y sin aval en Madrid para seguir ascendiendo en la corporativista jerarquía política del sistema franquista. Con poco más de 43 años, parecía que a Suárez se le acababa el “gas político”, pero en ese momento aparecerá en escena el hombre que determinará su futuro político y que le llevará a la presidencia del gobierno: Torcuato Fernández-Miranda.

A menudo se suele decir en medios de comunicación -e incluso es un discurso que ha sido interiorizado dentro del acervo popular- que Adolfo Suárez fue el arquitecto de la Transición, pero ello no es cierto o, como mínimo, es una verdad a medias. Suárez no fue el arquitecto del proceso porque, entre otros motivos, no disponía del conocimiento técnico necesario ni de la inventiva (por lo menos aún en 1976) para llevarlo a cabo. Suárez fue el hombre que capitaneó la nave, pero quien trazaba el rumbo era el ex-presidente Fernández-Miranda.

Suárez saluda a Fernández Miranda bajo la atenta mirada de El Rey tras jurar el cargo de Presidente del Gobierno
Suárez saluda a Fernández-Miranda bajo la atenta mirada del Rey tras jurar el cargo de Presidente del Gobierno

Suárez nunca fue ministro con Franco vivo. Su primer cargo a la cabeza de un ministerio llegó el 11 de diciembre de 1975, dentro del primer gobierno de la monarquía encabezado por Arias Navarro. El abulense entró en el gabinete por una recomendación de Fernández-Miranda, que en ese momento ocupaba la presidencia de las Cortes; su inclusión era también una prueba de fuego: Fernández-Miranda y el Rey querían saber hasta qué punto llegaba el espíritu renovador de Suárez dentro de un gobierno que se caracterizó por una praxis inmovilista, liderado por un Arias Navarro que no tenía el suficiente piso político, ni tampoco demasiadas ganas de reformar el régimen desde dentro. Ese día llegó en junio del 76, cuando en un discurso sobre la Ley de Asociaciones Políticas que discutían los procuradores, mostró su total adhesión al cambio. Como recuerdo de ese discurso ha quedado marcada aquella cita al poeta republicano Antonio Machado, muerto en el exilio:

Está el ayer alerto
al mañana, mañana al infinito;
¡hombres de España: ni el pasado ha muerto,
ni está el mañana -ni el ayer- escrito!

Fernández-Miranda y el Rey sabían que podían contar con Suárez. Aún así, el esquema era complicado: Arias Navarro tenía que cumplir su mandato y las fuerzas reaccionarias del llamado “búnker de La Moncloa” no estaban por el cambio. Aquí entró el Rey a jugar su papel para forzar la dimisión de un hombre que no había capitaneado casi ninguna reforma en medio año. Ahora quedaba lo más difícil, la elección de un sucesor.

El Rey no podía elegir libremente presidente del gobierno, sino que éste tenía que salir de una terna que el Consejo del Reino entregaba al monarca. Fraga o Areilza eran los reformistas “favoritos” para encabezar el nuevo ejecutivo, pero Fernández-Miranda se movió hábilmente en los despachos para incluir en la terna que sería entregada al rey a su hombre, un outsider que, en teoría, sólo estaba para rellenar: Adolfo Suárez González. Junto a él iban los favoritos Federico Silva y Gregorio López Bravo.

El Rey encomendó a mediados de 1976 a un atractivo pero semi-desconocido hombre de Ávila formar gobierno y comenzar con las reformas que llevarían a España a la democracia. Suárez formó un gobierno que levantó tanto revuelo como su nombramiento: liberales, reformistas, democristianos y hasta algún socialdemócrata cayeron en un gobierno que fue denominado peyorativamente como “Gobierno de PNNs (Profesores No Numerarios)” debido a la juventud de los mismos.

La velocidad de los acontecimientos se multiplicó. Fernández-Miranda logró la autodisolución de las Cortes franquistas y le entregó un borrador a Suárez que fue la base de la Ley para la Reforma Política. Miranda se apoyó en Suárez y en Landelino Lavilla, por entonces Ministro de Justicia, buscando el respaldo popular para conseguir la democracia “de la ley a la ley”. El sí abrumador en el referéndum para la nueva ley abrió el camino que llevaría a la consecución de libertades.

Poco a poco, Suárez se fue haciendo  políticamente “mayor de edad” al tiempo que iba prescindiendo de sus mentores, primero Fernández-Miranda y, mucho más tarde, el Rey. Suárez se mostró más proclive a una reforma profunda del sistema político que ambos; probablemente ello podría llevarle a la defenestración electoral, si bien la coalición que lideraba, la Unión de Centro Democrático, consiguió ganar los comicios constituyentes para consagrar a Suárez como el primer presidente de la nueva etapa democrática.

Antes de esos comicios, el presidente jugó su carta más peligrosa  en una decisión tan arriesgada como personal: la legalización del Partido Comunista de España. Fue arriesgada porque le había prometido a la cúpula militar no hacerlo, pero también porque el PCE había sido la principal fuerza de oposición al franquismo en el exterior y porque había mantenido su beligerancia política desde el fin de la Guerra Civil. En una jugada maestra, Suárez y el ex-Secretario General del PCE, Santiago Carrillo, consiguieron que el sistema político español se convirtiera un sistema de partidos pleno. Suárez fue valiente: supo que esa decisión le granjeaba muchos enemigos dentro de los grupos de poder de la España del momento (incluso el Rey se mostraba cauto y prefería contemporizar esa legalización), pero el presidente entendió que una democracia total quedaría coja si una parte importante, por fuerza, pero sobre todo por simbolismo, quedaba fuera del juego democrático.

Suárez con los dos principales líderes de la izquierda: Santiago Carrillo (PCE) y Felipe González (PSOE)
Suárez con los dos principales líderes de la izquierda: Santiago Carrillo (PCE) y Felipe González (PSOE)

El proceso constituyente fue arduo, duro y tuvo varias lagunas, pero el consenso central de la UCD y el PSOE y los apoyos del conservador Alianza Popular, de los comunistas y de los nacionalistas catalanes, permitieron una Carta Magna que, aún con deficiencias, se mantiene en vigor sin casi reformas (aunque éstas sean cada vez más necesarias).

El carisma de Suárez y la idea asimilada por parte del electorado de que él había sido uno de los principales artífices de la recuperación de la democracia posibilitaron otra victoria en 1979 en las primeras elecciones marcadas por el nuevo orden constitucional, aprobado en referéndum el 6 de diciembre del año anterior y sancionado unas semanas más tarde.

A partir de ese momento, la vida política de Suárez dio un giro. El PSOE cambió su política de pactos de estado por otra más confrontativa y, aunque el presidente Suárez tenía más carisma y oratoria que cualquier político español actual, Felipe González era un titán en el cuerpo a cuerpo. Por otro lado, cuestiones como la vertebración del estado con los estatutos autonómicos, la crisis económica que azotaba España, la creciente violencia política y la falta de liderazgo en una coalición que tenía demasiados hombres fuertes y que de sus siglas sólo seguía manteniendo lo de Democrático, ya que de Centro tenía poco (era una conjunción extraordinariamente heterogénea en la que había desde democristianos hasta algún socialdemócrata) y de Unión tenía aún menos debido a los egos y aspiraciones de algunos hombres fuertes del partido, desgastaron a un presidente que ya no contaba con el apoyo incondicional de uno de sus mayores valedores: el monarca.

Cartel electoral de la UCD
Cartel electoral de la UCD

Finalmente, el 29 de enero de 1981, en un acto de humildad política, Suárez dimitió como presidente del gobierno y líder de la UCD. Sin embargo, aún le quedaba un servicio a su país: el día de la investidura de su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, se produjo el intento fallido de golpe de Estado con la toma del Congreso del teniente-coronel Antonio Tejero. Su actitud como líder democrático del país fue digna de su cargo al no ceder a las presiones de los sublevados. Su último cartucho político fue la fundación del CDS (Centro Democrático y Social), un partido con una carga personalista importante que le permitió revalidar su acta de diputado algunas legislaturas más, pero que lo dejaba fuera de las posiciones de poder que antaño había ocupado.

Suárez fue un estadista más que otra cosa. Su período de gobierno tiene luces y sombras, pero sobre todo fue mejor líder que contrincante político. Entre sus grandes logros está el capitanear un país que venía de una dictadura militar de cuarenta años (y con unos sectores muy reaccionarios dentro del mismo) hacia un sistema político democrático y pleno de libertades que, con el tiempo, se convertiría en un paréntesis en su larga y conflictiva historia. En su haber se encuentra un notable manejo de los entresijos del Estado, el acercamiento a Europa y a Occidente o las diferentes amnistías declaradas para presos políticos y susceptibles de generar inestabilidad. En su debe se encuentran la falta de respuesta a la salvaje crisis económica que azotaba el país, el aplazamiento de la modernización económica (reconversión incluida) y del aparato del Estado, el acuse del desgaste político o la inclusión en sus gobiernos de ministros con un carácter claramente dictatorial como Rodolfo Martín-Villa, quien como ministro del Interior no dudó en seguir utilizando métodos de represión exagerados.

Adolfo Suárez será recordado como un estadista que nació por y para la reforma, que se adaptó a los nuevos tiempos y al nacimiento de la política de la imagen, pero que, sobre todo, se mostró como un hombre con voluntad de consenso, de diálogo y libertades, todo ello aderezado con un toque de educación y clase del que no todo el mundo dispone.

D.E.P., presidente.

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