Imagen de un barco dañado durante la participación en la Guerra de Cuba, 1898

Idealismo y pragmatismo. America en el SXIX

“Su cultura, que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una eficacia admirable siempre que se dirige prácticamente a realizar una finalidad inmediata […] Tienen el culto pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza […] del acorde movimiento de su cultura, surge una dominante nota de optimismo, de confianza, de fe, que dilata los corazones, impulsándolos al porvenir bajo la sugestión de una esperanza terca y arrogante”

Con esta combinación de admiración y desdén definió el uruguayo José Enrique Rodó la sociedad norteamericana en 1900. Se aprecia en ella tanto la denuncia de la prepotencia estadounidense, como la exaltación de los valores austeros propios de los orígenes puritanos en los primeros colonos británicos de las trece colonias. Ariel será un canto de alabanza al idealismo latinoamericano, frente al pretendido utilitarismo propio de los americanos del norte. Para Rodó, como para muchos literatos modernistas, la guerra Hispano-Norteamericana de 1898 cambiará el panorama cultural americano en un sentido que hasta entonces apenas se había explorado. La desgracia de la antigua y frecuentemente odiada metrópoli se trastocó en un sentimiento de solidaridad y afinidad cultural, al menos entre las minorías educadas; la negación de lo hispánico, cultivada a lo largo de todo el siglo XIX, y origen precisamente del vocablo “Latinoamérica” desaparece en gran medida, como parte de un movimiento cultural esencialmente ecléctico y con múltiples influencias.

Jose Erique Rodó (1871 - 1917). Escritor uruguayo englobado cetro del modernismo latinoamericano.
Jose Erique Rodó (1871 – 1917). Escritor uruguayo englobado cetro del modernismo latinoamericano.

Aunque no deja de ser irónica (Rodó, para contraponer el idealismo latino frente al pragmatismo sajón se vale de la contraposición entre Ariel y Calibán, precisamente dos personajes de La tempestad de Shakespeare) está reflexión está perfectamente fundamentada. Las décadas finales del siglo XIX habían alumbrado la hegemonía continental de los Estados Unidos, caracterizada en un modelo de asociación internacional al servicio del gran país del norte, las Conferencias Panamericanas. Todos los países del continente participaban de ellas, plegándose a la política exterior estadounidense (bajo diferentes nombres durante el primer tercio del siglo XX, como “diplomacia del gran garrote”, “diplomacia del dólar” o “política de buen vecino”) que por sí dicen bastante de la actitud de los poderosos Estados Unidos hacia sus vecinos. Este modelo, si bien apelaba a la unidad de todos los países del continente frente a las injerencias extra americanas, colocaba a las naciones centro y suramericanas en una posición de comparsas, y siempre a merced de una intervención estadounidense, cada vez más dispuesta y capaz de hacer valer los principios de la Doctrina Monroe frente a las potencias europeas.

Retrato de Simón Bolivar.
Retrato de Simón Bolivar.

Pero no siempre había sido así. El 22 de junio de 1826 fue inaugurado el Congreso Anfictiónico de Panamá. A la convocatoria de Simón Bolívar acudieron representantes de la Gran Colombia (que por aquel entonces agrupaba los actuales Ecuador, Colombia, Panamá y Venezuela), la Federación Andina (Perú y Bolivia), México y la República Federal de Centro América (hoy Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica) Los Estados Unidos, invitados a última hora y en contra del criterio de Bolívar, acudieron tan sólo a la sesión de clausura; las oligarquías dominantes de los estados sureños se oponían a que los EEUU asumieran compromisos multilaterales, y recelaban de la opinión abolicionista de Bolívar. Brasil también se ausentó por esta última cuestión. Los países reunidos alcanzaron el 15 de julio un ambicioso Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, según el cual los países signatarios se comprometían a desarrollar una política exterior común, tender lazos de cooperación económica y comercial, y no acordar tratados de paz por separado en caso de guerra con un agresor externo. Estas reuniones se celebrarían cada dos años, en caso de paz, y cada año, en caso de guerra, para evaluar periódicamente el estado de las relaciones entre los países participantes.

Sin embargo, este proyecto de Iberoamérica multilateral se derrumbó pronto. En primer lugar, por el autoritarismo del propio Bolívar. Su pensamiento político, expuesto claramente en su Discurso de Angostura (1819) tenía como centro un poder ejecutivo fuerte. A ello se le sumó una consecuencia directa de las guerras de independencia: la ausencia de instituciones. Los modelos de organización importados directamente de Francia o Estados Unidos no arraigaron en suelo suramericano, donde la única tradición de gobierno existente era el centralismo impuesto por la corona española. La trasposición de instituciones completamente ajenas a la idiosincrasia de los territorios recién emancipados dará lugar la que para Arturo Uslar Pietri es la única creación política genuinamente americana: el caudillo rural. Poco después del congreso Bolívar cae en el ostracismo, y la piedra angular de su proyecto americano, la República de Colombia (conocida generalmente como Gran Colombia para distinguirla del país actual) se disgrega en 1830. Sin desdeñar por otro lado el atraso económico derivado de las guerras de independencia, las frecuentes guerras civiles o internacionales, y la dependencia comercial de terceros países, sobre todo Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XIX.

Así lo largo de la centuria la tónica entre los países iberoamericanos será el conflicto, frecuentemente azuzado por los intereses británicos o norteamericanos. Tan sólo la posibilidad de una intervención española y el temor a la restauración de gobiernos monárquicos llevará a la celebración de dos congresos, ambos en Lima: en 1847 y en 1865, que, sin embargo, no agruparán ni mucho menos a todos los países del continente

James Monroe, a quien se atribuye la Doctrina Monroe:" América para los americanos", que rechazaba la intervención europea en el continente americano.
James Monroe, a quien se atribuye la Doctrina Monroe:” América para los americanos”, que rechazaba la intervención europea en el continente americano.

Entretanto, los Estados Unidos han progresado de manera exponencial. Amparándose en la Doctrina Monroe, de carácter unilateral y hegemónica, y en la noción de superioridad sobre los demás pueblos americanos derivada del Destino Manifiesto, llevarán a cabo una política abiertamente expansionista e intervencionista sobre sus vecinos. El auge del poder estadounidense le permitirá, asimismo, mantener a raya la influencia británica en el continente: en 1850 ambos países alcanzan un acuerdo para compartir los derechos acerca de un futuro canal interoceánico en Centroamérica. Tras la victoria del norte en la Guerra de Secesión, y apoyándose en un incontenible flujo migratorio procedente de Europa, los Estados Unidos son en 1880 una gran potencia industrial.

A partir de este momento las grandes fortunas del país reorientan sus inversiones, proyectándose hacia Centro y Suramérica, carentes de capital, y donde las perspectivas de beneficio son aún mayores. Para estos grupos inversionistas la estabilidad en todos los aspectos de los países en los que se depositan sus capitales es crucial. Y por ello desarrollarán una fuerte labor de presión sobre el gobierno federal para que a su vez controle cualquier estallido de descontento en los países receptores que pueda poner en riesgo los capitales depositados.

Como parte de esta política, entre octubre de 1889 y abril de 1890 se celebra en Washington la primera Conferencia Panamericana. En estos momentos la creación de una organización internacional americana fue tomada por las élites políticas y económicas estadounidenses como un instrumento de hegemonía. Frente al multilateralismo bolivariano, en el esquema propugnado por los Estados Unidos los demás países del continente son simples protegidos. La conferencia, proyectada ya desde 1880, tenía dos objetivos claros. En lo económico, alcanzar una unión aduanera continental que excluyera las mercancías y capitales británicos, dejando los norteamericanos como los únicos abastecedores de todo el continente. Y en lo político, diseñar un sistema de arbitraje obligatorio de conflictos, que asimismo redujese la capacidad mediadora de las potencias europeas en las guerras americanas.

Imagen de un barco dañado durante la participación en la Guerra de Cuba, 1898
Imagen de un barco dañado durante la participación en la Guerra de Cuba, 1898

Ninguno de estos fines pudo ser alcanzado en primera instancia. Los líderes iberoamericanos percibieron claramente que su independencia económica y política (en la medida en que pueda hablarse de independencia en el caso de países poco desarrollados en la época de auge del capitalismo financiero) dependía de la existencia de fuerzas extra continentales que limitasen el poderío norteamericano. Sí va a cristalizar, sin embargo, la formación de una Unión Internacional de Repúblicas Americanas, con sede en los Estados Unidos. Frente a la discontinuidad de los Congresos Americanos planteados por Bolívar, las Conferencias Panamericanas sí tendrán un largo desarrollo temporal: la décima y última se celebraría en Caracas en 1954. De estas conferencias nacerán instituciones como la actual Organización de Estados Americanos, y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, ambas como parte de la “Doctrina Truman” y su política de “contención del comunismo”, ya en los años 1940.

Desde las primeras décadas del diecinueve se han esbozado dos modelos de organización supranacional americana: uno, basado en la igualdad y la cooperación, propuesto por Bolívar, y otro hegemónico y unilateral, esbozado en la Doctrina Monroe. Ciertamente, ésta es planteada como una herramienta de defensa y aislamiento. No será hasta la formulación del Corolario Roosevelt (1904) cuando los Estados Unidos, erigidos en garante de las inversiones europeas en todo el continente, hacen de la Doctrina Monroe un instrumento abiertamente intervencionista. En todo caso, se han planteado dos esquemas de convivencia, y el transcurrir de las décadas mostrará la imposibilidad del primero y el éxito del segundo. O lo que es lo mismo, el fracaso de proyectos utópicos por parte de los próceres iberoamericanos, tanto a nivel nacional como internacional, en paralelo al afianzamiento de la posición estadounidense y la dependencia política y económica cada vez mayor que le deberán los restantes países continentales.

Tras una etapa de afianzamiento en los años 1930 y 1940 (durante la “política del buen vecino” del presidente Franklin D. Roosevelt) el edificio panamericano comenzará a tambalearse tras el “Bogotazo”, ocurrido precisamente durante la IX Conferencia, en 1948. El surgimiento de alternativas políticas de izquierda, y el apoyo de los EEUU a gobiernos dictatoriales (los conocidos comúnmente como “Gorilatos”) desembocarán en el descrédito de estas instituciones, cuyo punto culminante será la expulsión de Cuba del sistema interamericano en 1964.

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