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El desastre de Sicilia (II): Euforia, dudas y traición

Los preparativos de la expedición ofrecieron un espectáculo único. Todo un alarde de poder. Atenas ultimaba detalles, reclutaba más barcos y hombres en un ambiente de euforia ante la aventura que aspiraba a someter Sicilia entera.

Pero un importante contratiempo surgió en aquellos días. En la mañana del 7 de junio del 415 a. C. aparecieron destrozadas varias ‘hermai’, unas estatuas con el busto del dios Hermes y un falo erecto en representación de la masculinidad que se encontraban en caminos y delimitando algunas propiedades. Tucídides, comedido, apunta que las mutilaciones tuvieron como objetivo el rostro divino, pero aquellos falos debieron ser un objetivo irresistible para los vándalos y suele admitirse que también sufrieron su ira. La zona afectada fue tan amplia que desde el comienzo se sospechó de algo organizado que no sólo suponía un mal presagio para la campaña en Sicilia sino que amenazaba la democracia.

Herma con el rostro de Hermes y su correspondiente falo
Herma con el rostro de Hermes y su correspondiente falo

Tuvo la mala fortuna Alcibíades de ser visto esa misma noche en una fiesta mofándose de los misterios de Eleusis, unos ritos religiosos. Y de eso a romper falos de Hermes sólo había un paso, al menos, así lo consideraron sus enemigos, que le acusaron de ser el responsable de todo aquello. Una vez más, Alcibíades dio la cara, ofreciéndose a ser juzgado antes de partir a Sicilia y evitar así que se aprovechase su ausencia para condenarle. No le hicieron caso. El juicio se pospuso, poniendo la expedición marcha con 134 trirremes, la mitad de ellas de los aliados, más de cinco mil hoplitas y el propio Alcibíades al mando, con Nicias y Lámaco completando el trío de ‘estrategos’.

Mientras tanto, en Siracusa recibían con bastante escepticismo las noticias sobre los planes atenienses. Al igual que lo hicieran Nicias y Alcibíades, mantuvieron una intensa discusión en la asamblea siracusana dos personajes: Hemócrates y Atenágoras. El primero advirtió de que los atenienses se habían puesto en marcha hacia su tierra movidos por “el deseo de conquistar Sicilia”. Pero pocos se fiaban de sus informaciones. “No es verosímil que, dejando a sus espaldas a los peloponesios y sin haber puesto fin a la guerra de allá, acudan de buen grado aquí para emprender otra guerra no menos importante”, replicaba Atenágoras.

Cuando la flota ateniense alcanzó el sur de la península itálica no encontró de sus ciudades, como Tarento o Reggio, el recibimiento que esperaba. Una cosa era ayudar a una modesta expedición y otra hacerlo con una armada enorme como la que se presentaba allí, amenazante. Además, desde Segesta llegaban noticias funestas. El origen de toda aquella campaña fue la solicitud de ayuda de esta ciudad, en guerra contra Selinunte, ofreciendo riquezas para costearla y recursos de todo tipo. La realidad era otra, y es que apenas podía pagar una mínima parte de la expedición.

Tres estrategos, tres propuestas

¿Qué hacer entonces? Nicias sugirió acabar con el conflicto local y regresar a Grecia. Prudente de nuevo. Pero Atenas no había mandado  a su armada y la de sus aliados a Sicilia para llevar a cabo una acción tan modesta. Alcibíades pretendía ganarse el apoyo de las ciudades griegas de la isla y dirigir sus fuerzas a Selinunte y Siracusa. Lámaco, el tercer estratego, planteó la opción más atrevida: atacar rápidamente Siracusa aprovechando el factor sorpresa. El temerario plan podría haber funcionado, pero sabiendo que Nicias nunca lo aceptaría Lámaco dio su apoyo a Alcibíades.

Tras varios nuevos rechazos, encontró el apoyo voluntario de Naxos y el forzoso de Catania, al intimidar con sus tropas a la asamblea. Pero la aventura siciliana de Alcibiades acabaría allí. La trirreme estatal ‘Salamina’ le esperaba para arrastrarle de vuelta a Atenas junto a otros acusados de la destrucción de las estatuas de Hermes, aquel escándalo que salpicó los días previos a la expedición. Alcibiades parecía resignarse, solicitando seguirlos en su propia embarcación, pero en cuanto se acercó a las costas helenas se desvió para escapar.

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Reconstrucción de trirremes griegas

Nicias se quedó entonces en Catania al mando del ejército ateniense. Nunca había estado convencido de la empresa y ahora era el máximo responsable. Panorama poco prometedor. Tras un tiempo de inactividad puso de nuevo el punto de mira en Siracusa, jugando Nicias una inteligente baza. Un hombre de Catania informó a los siracusanos de que el ejército ateniense se encontraba durmiendo fuera del campamento y prometió que les ayudarían a aniquilarlo. Pero todo era una treta. Mientras las tropas de Siracusa avanzaban hacia Catania, los atenienses les rodeaban por mar para situar su campamento junto a su ciudad a la espera.

Al regresar, los engañados siracusanos se toparon con el ejército de Atenas junto al río Anapo. Pese a su inferioridad numérica, los hoplitas atenienses eran más experimentados y Nicias dispuso su linea con inteligencia para vencer en esa primera batalla. Pero no fue un triunfo de rápidas consecuencias. Se acercaba el invierno. Nicias decidió retirarse de nuevo a Catania en vez de poner inmediatamente sitio a Siracusa y es que había, además, una importante cuestión con la que los atenienses no habían contado: la caballería.

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Hoplitas en formación, ilustración de Karl Kopinski
El problema equino

La flota había viajado a Sicilia sin caballería, o al menos con una presencia testimonial, quedando en una precaria situación a la hora de poner en marcha el asedio. Siracusa contaba con numerosos jinetes que podrían hostigarles sin oposición si comenzaban la construcción de un muro o cualquier fortificación junto a la ciudad. Sería una labor inútil. Por ello Nicias decidió aguantar el invierno en sus cuarteles y enviar una solicitud a Atenas de jinetes, caballos y más fondos para emprender con garantías el definitivo asedio.

Resulta llamativa esta tara en la expedición, más teniendo en cuenta que tanto Alcibíades como Nicias habían advertido en su debate que Siracusa contaba con una importante fuerza de caballería difícil de enfrentar. Fue un tremendo error que posiblemente trazó la línea entre la victoria y la derrota en esa guerra. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que Nicias no se planteó en un primer momento una campaña ambiciosa en Sicilia y por ello quizá no estimó necesaria la caballería. Pero la realidad sobre el terreno fue otra.

Mientras tanto, Alcibíades escapaba de la justicia de Atenas dirigiéndose nada menos que a Esparta, su rival en la guerra del Peloponeso. El cambio de bando debió sorprender incluso a los propios espartanos, en un principio reacios a dar asilo a un célebre enemigo, ahora traidor a su patria. Pero éste volvió a hacer uso de su retórica para convencer a la asamblea espartana de que ahora estaba de su parte y que si querían ganar la guerra debían plantar cara a Atenas en Sicilia. Aprovechó, además, para renegar de su ciudad y del sistema que le había condenado a muerte: “En cuanto a la democracia (…) nada nuevo podría decir sobre lo que todo el mundo reconoce que es una insensatez”.

Aceptaron con ciertos reparos el consejo de Alcibíades, enviando en apoyo de Siracusa solamente cuatro navíos comandados por Gilipo, el hijo de un desterrado, un hombre de segunda fila que ni siquiera era considerado ciudadano de Esparta, pero que fue capaz de dar un nuevo giro a la guerra.

El desastre de Sicilia (I): Nicias versus Alcibíades

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