El Circo Máximo visto desde el Palatino

Un día en las carreras, I

…iam pridem, ex quo suffragia nulli
uendimus, effudit curas; nam qui dabat olim
imperium, fasces, legiones, omnia, nunc se
continet atque duas tantum res anxius optat,
panem et circenses.
Juvenal, Sátira X, 77-81

(…hace mucho tiempo ya de cuando no vendíamos nuestro voto a nadie, hemos abandonado nuestros deberes; los que hace tiempo ejercían alto cargo militar, importante cargo civil, legiones, todo, ahora se contienen y esperan con ansia sólo dos cosas: pan y circo.)

La primera imagen que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de la industria del entretenimiento en Roma son, inevitablemente, los juegos de gladiadores. Sin embargo, hoy os traemos un espectáculo tan popular que hunde sus raíces en los mismos mitos fundacionales de la ciudad: las carreras de carros.


Nos dimos de alta en la peña con Rómulo

En el libro primero de Ab urbe condita, Tito Livio nos explica que, en tiempos de Rómulo, los romanos eran especialmente belicosos y su principal ocupación era la guerra. No en vano, Plutarco recuerda que Rómulo había recibido oráculos en los que se decía que la ciudad alcanzaría la gloria mediante la misma, así que la emprendieron alegremente con los sabinos que, para su desgracia, eran los que más a mano estaban.

Pero había un pequeño problema logístico que ponía en peligro los sueños de gloria de Roma: la población de la ciudad era íntegramente masculina (1). Había que conseguirles novias a los romanos. El primer intento, la verdad, no fue nada afortunado: les pidieron muy educadamente unas cuantas mozas casaderas a sus vecinos. Os podéis imaginar la respuesta: a los sabinos no es que les volviera locos la idea.

Silencio, se rapta.
Hola, vecinos, venimos a pediros una pizquita de sal y unas mozas casaderas.

Así que Rómulo ideó un plan para zanjar el tema de un plumazo. Por la fuerza. Plutarco nos da más detalles: en el cuarto mes tras la fundación de la ciudad (os recuerdo que el cumpleaños de Roma es el 21 de abril, por si le queréis comprar algo, aunque ya tiene de todo), Rómulo hizo correr el rumor de que había encontrado enterrado un altar dedicado al dios Consus —o a Neptuno ecuestre.

Ya que Plutarco es griego, no es extraña la relación que establece entre Consus y Neptuno. En el panteón heleno, Poseidón es dios del mar y también de los caballos, aunque esta relación es un tanto más difusa en el caso de la religión romana. En fin, decíamos, Rómulo extiende el rumor del hallazgo y organiza unos juegos, a los que Tito Livio nos dice que acuden, además de los sabinos, otras tribus vecinas, como los antemnates, los caeninenses y los crustumerios (os juro que no me estoy inventando los nombres). Durante la celebración, a una señal de Rómulo, los romanos raptan a las mujeres sabinas y las convencen de que era lo mejor que podría haberles pasado (2), asegurando así la continuidad de Roma.

Romano con barba de moderno preguntándole a una sabina si estudia o trabaja, según la versión de Giambologna. Foto original de minifig.
Romano con barba de moderno preguntándole a una sabina si estudia o trabaja, según la versión de Giambologna. Foto original de minifig.

Tradicionalmente, los romanos consideraron que este festival había sido los juegos consuales (Ludi Consuales) (3). El dios Consus está relacionado con el almacenamiento de grano y es el protector de los silos; su altar se conservaba cubierto con tierra y se descubría exclusivamente dos veces al año, durante los ritos solemnes de las Consualia: el 21 de agosto y el 15 de diciembre. Durante los Ludi Consuales se les daba el día libre a caballos y animales de carga y trabajo, que eran adornados con coronas, guirnaldas y flores para pasearlos engalanados por las calles. Tenían lugar carreras de caballos e, incluso, carreras de mulas.

Era, al fin y al cabo, una excusa más para ponerse del revés comiendo y bebiendo, que era una cosa que a los romanos, francamente, se les daba muy bien. E ir a las carreras de caballos, que era algo por lo que sentían verdadera pasión.


Había una vez un circo

El Circo Máximo, visto desde el Palatino
Circo Máximo. La foto la hice en 2005. Si me hacéis un crowdfunding para que vuelva a Roma, os prometo una mejor.

El Circo Máximo se consideraba el edificio público más antiguo y más extenso de la ciudad de Roma y su fundación se atribuía al quinto rey de la monarquía romana: Tarquinio Prisco. Ocupaba el valle que separa el Palatino y el Aventino y, en origen, aunque se trataba propiamente de una pista que se utilizaba para las carreras de carros, acogía todo tipo de espectáculos —incluidas las ejecuciones públicas. Hacia finales del siglo I d.C. tenía una pista de 540 metros de longitud por 80 metros de ancho y un aforo estimado de 150.000 (250.000 (4)) personas. Las gradas, de hormigón y piedra en su parte baja y madera el resto, alcanzaban una altura de 28 metros por 30 de ancho. En el centro de la pista había un muro de separación (spina), en torno al cual se desarrollaban las vueltas (spatia) de cada carrera (missus), hasta un total de siete, en sentido contrario a las agujas del reloj.

Seguro que recordaréis los delfines que servían para marcar las vueltas de la mítica escena de Ben Hur (aunque si los contáis, veréis que en la película hay dos de más). Estos delfines, que eran de bronce, no los hizo instalar Agripa hasta el 33 a.C. y, después del incendio que destruyó en parte el circo en el 31 a.C., Augusto introdujo algunas reformas, hasta que en el 10 a.C. se colocó el primero (5) de varios (6) obeliscos en la spina.

Sobre la estructura del circo y sus partes podríamos hablar largo y tendido, pero tampoco os vamos a aburrir con muchos más datos técnicos. El Circo Máximo tenía doce boxes (carceres) alojados bajo arcos y la pista (arena) se encontraba separada de la spina y de las gradas por sendos fosos. Recordemos que en el circo se celebraban espectáculos diversos, entre los que se contaban las venationes: cazas simuladas o combates con y entre animales salvajes, así que era buena idea separar bien la arena del público.

El Circo Máximo no era el único circo de Roma. En la Vía Apia, entre las catacumbas de San Sebastián y el imponente mausoleo de Cecilia Metela, aún pueden visitarse los restos del Circo de Majencio, dentro del complejo de la villa de este emperador. El obelisco que adorna la Fuente de los Cuatro Ríos de Bernini, en la Piazza Navona, procede de la spina del Circo de Majencio, de hecho (7).

Panorámica del Circo de Majencio. Podéis ver los restos de los boxes (carceres) en el extremo izquierdo. Foto de Colin Bewes, en Flickr.
Panorámica del Circo de Majencio. Podéis ver los restos de los boxes (carceres) en el extremo izquierdo. Foto de Colin Bewes, en Flickr.

Y hablando de la Piazza Navona, pese a que su forma pueda recordar a la de un circo, se trata del lugar en el que se encontraba el antiguo Estadio de Domiciano.


¿Y aquí qué?

Quizá el circo más espectacular que conservamos en España es el de Mérida —y digo “quizá” sólo para no herir susceptibilidades.

Maqueta del circo de la Colonia Iulia Augusta Emerita. Foto de Trevor Huxham (en FLickr aquí.
Maqueta del circo de la Colonia Iulia Augusta Emerita. Foto de Trevor Huxham (en Flickr, aquí).

En Tarragona podéis visitar también el circo si pasáis por allí, recorrer las galerías interiores bajo el graderío (cavea) e incluso tomar una copa en ellas. También podéis imaginar las carceres, que se encontraban donde actualmente se alza el ayuntamiento (8), mientras os tomáis un vermut en la Plaça de la Font.

Maqueta del circo de la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, de mi buen amigo Manel (¡gracias!). Si vais a la página de Flickr de la foto, veréis que además ha tenido el detalle marcar el palco imperial ("pulvinar"). Este Manel está en todo.
Maqueta del circo de la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco. En la página de Flickr, veréis que Manel, además, ha tenido el detalle marcar el palco imperial (“pulvinar”). ¡Muchas gracias por la foto!
Las entrañas del circo de Tarraco. Foto de dabeat en Flickr, https://www.flickr.com/photos/dabeat/4353734099/.
Las entrañas del circo de Tarraco. Foto de dabeat en Flickr, aquí.

Del circo romano de Valentia poco nos queda a la vista, pero (para los que conozcáis el centro) parte de la spina discurría por la actual Plaça de Nàpols i Sicília y lo que ahora es C/ del Trinquet de Cavallers, queda incluso parte de la misma en la cripta de Santa Bárbara, dentro del conjunto histórico de San Juan del Hospital. Las carceres estaban situadas hacia el lado del río.

De la serie "sitios en los que a mí me dejan entrar y a ti no": parte de la spina del circo de Valentia. Agradezco desde aquí la inestimable colaboración de Dña. Carmen por darme la increíble posibilidad de acceder a la cripta y hacer esta foto colgada de una escalera de mano cual monito tití.
Parte de la spina del circo de Valentia.
Agradezco desde aquí la inestimable colaboración de quien me dio la increíble posibilidad de acceder a la cripta y hacer esta foto colgada de una escalera de mano cual monito tití.

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(1) “El Estado romano se había vuelto tan fuerte que era un buen partido para cualquiera de sus vecinos en la guerra, pero su grandeza amenazaba con durar sólo una generación, ya que por la ausencia de mujeres no había ninguna esperanza de descendencia, y no tenían derecho a matrimonios con sus vecinos.” Tito Livio, Ab urbe condita, 1.9.

(2) “[…] [Rómulo] se les dirigió en persona, y les señaló que todo era debido al orgullo de sus padres por negar el matrimonio a sus vecinos. Vivirían en honroso matrimonio y compartirían todos sus bienes y derechos civiles y, lo más querido de todo a la naturaleza humana, serían madres de hombres libres. Él les rogó que dejasen a un lado su resentimiento y dieran su afecto a los que la fortuna había hecho dueños de sus personas. Una ofensa había llevado a menudo a la reconciliación y el amor, encontrarían a sus maridos mucho más afectuosos, porque cada uno haría todo lo posible, por lo que a él tocaba, para compensarlas por la pérdida de padres y país. Estos argumentos fueron reforzados por la ternura de sus maridos, quienes excusaron su conducta invocando la fuerza irresistible de su pasión —una declaración más efectiva que las demás al apelar a la naturaleza femenina.” Tito Livio, Ab urbe condita, 1.9.

(3) “Rómulo, disimulando su resentimiento, hizo preparativos para la celebración de unos juegos en honor de Neptuno Ecuestre, a los que llamó Consualia.” Tito Livio, Ab urbe condita, 1.9.

(4) Se ha considerado que esta estimación, hecha por Plinio el Viejo, incluía a los espectadores que podían disfrutar de las carreras desde las laderas de las colinas circundantes, el Aventino y el Palatino.

(5) El obelisco que Augusto trajo de Heliópolis es el que actualmente podéis ver en la Piazza del Popolo.

(6) El que decoraba el centro de la spina lo podéis visitar en la Piazza S. Giovanni in Laterano.

(7) Aunque sabemos que ése no era su emplazamiento original, puesto que muestra inscripciones con alabanzas a Domiciano.

(8) Y aunque esto no tenga que ver con romanos: no dejéis de entrar al ayuntamiento a visitar el mausoleo de Jaime I, una joya del Modernismo que poca gente conoce.

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6 pensamientos en “Un día en las carreras, I”

  1. ¡Que se me hace cortoooooooooooooooooo! Capitana, Magna Cum Laude, por lo menos. En amenidad cuanto menos. ¡Menudo estrenazo! ¡Que gustazo, de verdad!^_^

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