Comunidad pehuenche de Quinquén

Viajando por la tierra del Gran Caupolicán

Seguramente más de un lector de Aquí Fue Troya haya leído alguna vez el poema al Gran Caupolicán. Lo escribió Rubén Darío allá por 1888  para recordar la fuerza de este  jefe militar mapuche del siglo XVI. Hubo otros grandes líderes guerreros (toquis, en lengua mapudungún) como él, pero un nombre como el de Caupolicán no se olvida fácilmente:  refleja bien la fuerza de este pueblo, el mapuche, que resistió a la llegada de los españoles y, poco antes, también a los incas de Túpac Yupanqui.

Este poema me sirve de excusa para hablar de la gente de la tierra (es ésta la traducción de “mapuche”), de un pueblo que no ha dejado nunca de reivindicar su especificidad cultural y su derecho sobre sus territorios ancestrales. Hoy los mapuche viven al sur de los actuales Chile y Argentina. Muchos han tenido que emigrar a las ciudades, siendo que, como para el resto de la población indígena, pesan sobre ellos altos índices de pobreza. Pero la pobreza es también una construcción social e histórica. En este post  veremos brevemente cómo empezó ese camino al que los mapuche se siguen resistiendo con fuerza, y cómo un fenómeno que hasta hace poco más de una década era impensable (el turismo) ha entrado en escena.

Familia mapuche en el s.XIX. Fuente: Wikipedia
Familia mapuche en el s.XIX. Fuente: Wikipedia

En el año 1541 Pedro de Valdivia llega a lo que hoy es Chile y funda su capital, Santiago. Sin embargo, no era ésta la primera incursión española: ya algunos años antes, en 1535, Diego de Almagro había llegado a lo que actualmente es territorio chileno, aunque abandonó pronto sus deseos de conquista, movido por la fiebre de oro que había encendido en él en Perú, donde era gobernador: los incas, que planeaban rebelarse contra los conquistadores, corrieron la falsa voz de que al sur del Cusco había tierras riquísimas de este mineral… una buena broma para quitarse de encima a Almagro y a toda la expedición que partió con él.

Pero lo que encontraron los españoles fue un territorio sumamente hostil (atravesaron los Andes primero y, en el camino de vuelta, el desierto de Atacama) y nada de oro. También tuvieron un primer encuentro con los mapuche, quienes nunca antes habían tenido contacto con europeos ni conocían los caballos que éstos llevaban consigo, y quedaron impresionados por aquellos centauros con barba y armadura.  Aquella vez fue fácil derrotar a los mapuche, pero sólo aquella vez.

Cuando años más tarde Pedro de Valdivia y sus hombres llegaron de nuevo a los márgenes del río Biobío comenzó una guerra  -la llamada Guerra de Arauco- que iba a durar siglos y que terminaría de hecho cuando el imperio español era sólo pasado y Chile era ya una nación indipendiente [1]. Fue en 1558, en tiempos de Felipe II, cuando murió Caupolicán, que había sido hecho prisionero tras poner en jaque a los españoles sitiando la ciudad fortificada de Cañete. Del conflicto con los mapuche llegó a decir el emperador que era “el Flandes indiano”, un despilfarro de vidas y dinero que también daría quebraderos de cabeza a Felipe III y Felipe IV.

Dejemos a estos monarcas y a los virreyes del Perú lamentando la belicosidad del pueblo mapuche y demos con ellos un salto de más de 250 años, hasta 1810, fecha en la que Chile inicia la recta final de su independencia de España. Con ella no comenzó una etapa mejor para los mapuche, que en los decenios siguientes fueron perdiendo la posesión de sus tierras a favor del joven Estado chileno y de los colonos que llegaron al sur. Los territorios controlados por el pueblo mapuche se vieron enormemente diezmados, y con ellos, su autonomía política, cultural y económica. En la cosmovisión mapuche, además, la tierra es la madre sagrada, entendida como representación de la naturaleza en su conjunto. Es un emblema fundamental de la identidad mapuche, cuya reivindicación constituye un pilar en la construcción de su propia representación como pueblo.

Actualmente, con nueva fuerza desde la restauración de la democracia, los mapuche siguen presionando para que se reconozcan sus derechos sobre los territorios que durante siglos fueron suyos y, en este contexto, el turismo ha aparecido en los últimos años como una posibilidad para mejorar sus condiciones económicas y como una nueva forma de lograr visibilidad para sus demandas y para dar a conocer su cultura.  Aunque los riesgos no son pocos (recordemos, por ejemplo, que el turismo es una actividad de mercado y que éste es altamente competitivo, lo que puede pasar una factura especialmente alta a quienes -como las comunidades mapuche- no tienen por lo general formación específica ni experiencia en el sector), son muchas ya las iniciativas de turismo comunitario mapuche que existen en Chile.

Comunidad pehuenche de Quinquén
Comunidad pehuenche de Quinquén. Foto Marina Cruz

No es posible prever cuál será la evolución de estos proyectos, ni si se lograrán plenamente los objetivos de índole intercultural que se proponen: ¿serán a largo plazo beneficiosos para las comunidades y quienes las integran?, ¿y qué debemos entender por “beneficioso”?  Lo que sí creo que está asegurado por ahora es el beneficio para el turista, que pasará momentos inolvidables (queda de folleto de agencia de viajes, lo sé, pero os  puedo asegurar que es así por experiencia propia y por la de muchos turistas con los que me ha tocado hablar) visitando la tierra del Gran Caupolicán.


[1] Aunque el fin de la guerra de Arauco no es, se suele considerar que terminó completamente en 1883 (otra fecha propuesta es la de 1818), con el proceso conocido oficialmente como Pacificación de la Araucanía (fórmula ésta no exenta de polémica).

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