Iglesia de San Juan de Duero (Soria)

El altar cristiano

El altar es el centro de la liturgia cristiana, siendo el lugar donde se encuentran Dios y el hombre. El altar es una mesa que representa la mesa, con perdón por la redundancia, donde Cristo partió el pan y tomó el vino durante la Última Cena. La liturgia de la misa cristiana gira en torno al altar porque a partir del altar Cristo comenzó a ejercer su sacerdocio. Por su misma naturaleza es la mesa peculiar del sacrificio y el convite pascual. Es el ara donde el sacrificio de la cruz se perpetúa sacramentalmente, siendo un signo del mismo Cristo. El altar es también un honor a los mártires, por eso se mantiene la costumbre de introducir en éste una reliquia sacra del mártir al que es honorado. El altar ha de ser único y fijo, sin estar adosado a la pared, ya que el sacerdote ha de dar vueltas alrededor de éste durante la liturgia.

La mesa del altar mayor ha de extenderse todo lo largo y ancho posible. En el frente o a la espalda ha de tener una ventanilla para ocultar las reliquias sagradas. Esta ventanilla ha de estar cerrada con una puerta o tablilla de mármol o piedra, y en ésta se tiene que esculpir una cruz. Si en vez de una ventanilla el altar tuviera una fosa, se realizaría una inscripción. Esta pequeña fosa contendría las reliquias sagradas y se tendría que cerrar con una tablilla de mármol sin que sobresaliera nada. Si el altar estuviera hecho de ladrillo, habría que cubrirla con una tela encerada y sujetarla con clavos. El suelo del altar no consagrado debe de estar pulido con una tabla y que se cubra todo.


Historia del altar

El altar primitivo es de la era apostólica y postapostólica. En estos momentos se está realizando el rito agápico, es decir, no se separa la mesa como banquete de la mesa como sacrificio. El altar no es concebido como objeto litúrgico, porque se utiliza como objeto de culto pagano. Los primeros altares tienen una forma de “S” griega, para que todos se sentasen alrededor de ésta. Pero, poco tiempo después, tenemos noticias del rito consecratorio, que, a partir del cuál, se realiza en una mesa especial a la que llaman altare. Los diáconos cuidarán esta primera mesa portátil y las colocarán en el lugar designado, disponiendo sobre ellas el pan y el vino. En estos momentos el altar es un trípode, como se representa en la capilla de los Sacramentos del cementerio de Calixto de Roma, en el siglo III. Se representa a una persona con una capa y en la mesa hay panes y peces.

20-SAN CALIXTO-CAPILLA SACRAM

La mesa eucarística como objeto litúrgico llegará muy pronto ya que es ahí donde se consagrará la sangre de Cristo. A partir del siglo III la mesa será de madera, circular o cuadrada. Sobre ésta se colocarán las ofrendas que se quieran bendecir. Las lápidas de los cristianos, además, se utilizaban como altar, siendo el germen de la utilización del altar asociado a los mártires.

A partir de la paz de Constantino, se abandona la madera por materiales sólidos como la piedra, el mármol o los metales preciosos. El altar se fija de manera estable al suelo y se asocia a las reliquias de los mártires. A este altar fijo se llega porque los portátiles tenían sentido en la época de persecuciones, de esta manera se evitaría así la profanación de objetos litúrgicos. Además, hay un desarrollo de arquitectura basilical, apoyándose en nuevas exigencias decorativas. Según la palabra de Cristo, el altar será la piedra angular de su templo, con lo cual se ha tomado como el símbolo de Cristo vivo. El altar estaba tan consagrado a Cristo que sólo los sacerdotes podían tocar la mesa santa.

El altar se asocia a las tumbas de los mártires a partir del siglo III, cuando en Roma comienza a rendirse culto a los mártires. De esta manera se une al altar no sólo la representación de Cristo, sino que se le adjunta la consagración del mártir, es decir, el altar une a Cristo con los mártires. Cristo y los mártires tienen en común el sacrifico, por lo que se cumple el deseo de compartir la comunión entre Cristo y los mártires, uniéndose los difuntos. Aunque esta relación entre los mártires y Cristo tuvo sus protestas ya que, según algunos teólogos, no se podía equiparar cualquier mártir a Cristo. La respuesta a este tipo de protestas teologales consistió en la erección de iglesias dedicadas a mártires cristianos, donde se les enviaban las reliquias de los mártires que tenían que llevar los altares a los que se dedicaban. Hasta el siglo VII no se permitió trasladar los restos de los mártires, por lo que se entregaba algún objeto de culto relacionado con el mártir.

El altar de piedra puede llegar a tener tres formas. La tradicional es de piedra cuadrada, excavada y modelada que es sostenida por una columna central o cuatro columnitas. Las reliquias se colocan en el espesor de la mesa o a los pies de las columnas. El altar también puede tener forma de cubo vacío. Dentro se colocan las reliquias, el altar de la basílica de San Alejandro de Roma del siglo V es un ejemplo de altar de cubo vacío. Por último, el altar puede tener forma de cubo macizo, se puede colocar sobre el sepulcro del mártir.

Durante esta época, podemos ver que, aunque faltasen las reliquias, el altar seguía teniendo su uso litúrgico. Se utilizaban tres granos de incienso (hoy día importante para la consagración del altar), que se relacionaba con las tres hostias consagradas sepultadas en el propio altar. Este rito, nacido en Oriente, se traslada a Roma y, de ahí hacia el resto de Occidente.

Desde el siglo IV al IX, las dimensiones del altar aún son modestas, no pasando casi nunca del metro, tanto en anchura como en altura. El altar se coloca en el ábside, delante de la cátedra o al comienzo de la nave central, como sucedió en las antiguas basílicas de San Pedro y San Pablo. Además, durante esta época es sostenida por cuatro pies. La mesa se orientaba de tal modo que el obispo miraba hacia Occidente y el pueblo hacia Oriente. Desde Bizancio hacia Roma, se exportó que el rito de la oración la realizase el obispo de espaldas al público y mirando hacia Oriente, porque se cuidaba la orientación del altar de tal manera que se adaptó hacia esta nueva forma ritual.

A la derecha del altar, en la práctica primitiva, se colocaban para el canto del evangelio. En la zona izquierda, que daba hacia el norte, se colocaban los hombres para leer la epístola. Hoy día se sigue llamando a cada lado de una iglesia como lado del evangelio, para referirse al lado derecho del altar y, el lado de la epístola para el izquierdo.

La normativa de altar único aún sigue vigente en la iglesia griega oriental. En Occidente comenzó a ser infringida a partir del año 514, cuando el papa Símaco permitió, de manera oficial, que una iglesia pudiera tener más de un altar. El motivo fue la ruralización del cristianismo, donde un cura tenía que dar más de una misa diaria. Además, comenzaron a popularizarse, entre las clases pudientes, las capillas privadas, donde se realizaban misas de difuntos en altares privados. Incluso hay iglesias donde no se pueden consagrar tantos altares por faltas de reliquias. En el año 805 se prescribe que no haya más altares de los necesarios, lo cual nos indica que pudiera haber un abuso en este aspecto.

Durante la época misionera, a partir del siglo VI, se pone en marcha la idea de pequeñas mesas de altar portátiles. Constituían un altar de pórfido, ónix, de cristal de roca o de pizarra, para que las reliquias se introdujeran en la piedra y en el armazón. Eran de dimensiones reducidas, suficientes para contener las reliquias y ser de fácil transporte. A partir del siglo XIV quedaron en desuso y fueron sustituidos por las aras, que se adaptaban a los altares no consagrados y gracias a las cuales incluso se podían celebrar misas. El ara se trata de una piedra consagrada donde, a partir de la cual, el sacerdote puede celebrar la misa.


Decoración del altar

Dada la significación que se le otorga al altar, desde los inicios de la Iglesia se pretende rodearlos de elegancia y riqueza. El Líber Pontificalis habla incluso de altares de oro y plata levantados por Constantino. Si las iglesias no eran tan pudientes como para poder recubrir el altar de pan de oro, se utilizaban telas preciosas para envolverlos. A partir del siglo VI se adornan de paños purpúreos o de galones de oro; además, muchos de los altares son rodeados de esculturas marmóreas o lienzos. Esta práctica deja de ser eficiente a partir del siglo XI, cuando se popularizan los retablos y se acercan al altar, dejando la posibilidad de cubrir sólo la parte frontal de éste.

Baldaquinos en la iglesia de San Juan de Duero (Soria)
Baldaquinos en la iglesia de San Juan de Duero (Soria)

Desde la época de Constantino se proyectan baldaquines sobre los altares por influencia de ritos paganos celebrados bajo un dosel. El baldaquín es un pabellón de planta cuadrangular alzado sobre el altar. La idea de los baldaquines pudo venir del propio elemento de riqueza que complementaría al altar. Puede provenir de los altares que se cubrían del sol, por lo que estos baldaquines se decorarían artísticamente. Otros autores proponen la posibilidad de utilizar el baldaquín para cerrar el altar con cortinas y ocultar la misa que se celebra. A pesar de que puede provenir de ritos paganos, el baldaquín es una creación cristiana, donde se le da mayor importancia a la liturgia que gira sobre el altar.

El altar tiene diferentes accesorios que lo hacen especial dentro del resto de elementos litúrgicos. Está cubierto de un mantel, que en la Iglesia primitiva era de color blanco y se quitaba tras la celebración de la misa. A partir del siglo VIII, el mantel se extendió para que no se derramase el vino fuera del altar, si se produjese. Al mantel que cumplía esta función comenzó a llamarse corporal, relacionándose directamente con el cuerpo de Cristo. El corporal era cuadrado o rectangular y fue muy apreciado durante la Edad Media. Los Cartujos lo siguen utilizando hoy día.

Desde el siglo VI se habla de una cruz sobre el altar durante el santo sacrificio. En Occidente aparece como insignia litúrgica, por primera vez, con el ceremonial de procesiones estacionales o letanías. Hay que tener en cuenta que, en los primeros años de Cristianismo, la figura de la cruz no aparece (o lo hace brevemente), ya que no es el primer símbolo cristiano. El crucifijo, que representa a Cristo muerto en la cruz, se pudo exportar desde Oriente ya que afirmaban la dualidad de naturalezas unidas en la persona de Cristo. Desde finales del siglo VI aparecen críticas muy feroces contra esta forma de representación de Cristo. Se le veía como poco respetuoso y deshonraba a la resurrección. Hasta entonces Cristo era representado con un cordero a su espalda. Estas controversias no llegaron a cuajar y la Iglesia permitió la representación de Cristo y la cruz como símbolo que debía tener el centro del altar. Es más, la Iglesia aconsejaba que las cruces fuesen de oro o plata, sin permitir siquiera el bronce dorado, ya que la cruz era el accesorio más importante del altar.

Un mosaico del siglo IV o V hallado en Túnez representa el interior de una basílica. En esta basílica aparece un altar con tres velas gruesas ardiendo. Éste es el primer documento que tenemos testificando las velas en lo alto de un altar, pero no hay testimonios escritos que constaten la relación entre ambos. Aunque sólo nos podemos basar en hipótesis sobre esta práctica, hay que decir que se mantuvo durante la Edad Media, utilizándolo como iluminación.

Aparte de éstos, hay otros elementos decorativos menores. Las flores se utilizaban como ofrendas que se apoyaban en los altares. A partir del siglo IV se utilizaban en los sepulcros de los mártires a modo de perfume. Más adelante se escogieron las flores como dones del Espíritu Santo para la festividad de la Pascua de Pentecostés. Otro de los elementos importantes que rodean al altar es el atril para sostener los libros sagrados, siendo el más antiguo uno de finales del siglo VI que se conserva en Poitiers . El atril sustituyó al almohadón, que era un cojín de gran tamaño y se utilizaba como apoyo de los libros.


La consagración de los altares

La consagración del altar es uno de los actos más importantes de la liturgia cristiana, siendo el primer objeto en sacralizarse. Sólo lo pueden consagrar los obispos o el Papa, transmitiéndose así la importancia de culto que posee tal objeto. 

El rito de la consagración consiste en cubrir las reliquias funerarias en el centro de la mesa y orar. El obispo (o el Papa) unge la cobertura del sepulcro con el santo crisma, cerrándose con cemento bendito. Más adelante, el sacerdote inciensa el altar para honrarlo de carácter divino. Unge cinco cruces grabadas en la piedra, representando las cinco llagas. Durante la ceremonia se encienden, entre esas cinco cruces, veinticuatro gramos de incienso dedicados a las Santas Mujeres y se canta el Aleluya. A partir de aquí, la piedra del altar se puede considerar como el alma de Cristo. El altar es cubierto por tres manteles limpios y bendecidos, en el centro se coloca la cruz y dos candelabros de cirios. En el lado de la epístola se coloca un cojín para apoyar los libros sagrados. Tras este rito de consagración, el sacerdote puede ofrecer la misa alrededor del altar, al igual que Cristo hizo en la Última Cena.

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