fotograma infierno 1

El infierno cotidiano

Qué el infierno ni qué la chingada. El infierno es aquí mérito, ¿ya no se acuerda cuando éramos chavalos? ¿El hambre que teníamos, el canijo frío? ¿La miseria en que vivíamos? O como ahora mismo, que cabrones como nosotros anden matando así porque sí nomás porque no tienen una manera decente de vivir. Me cae que esta vida y no chingaderas es el infierno

Todos los dramas que aquejan a México hoy parecen condensados en esta frase, con la que el Cochiloco (Joaquín Cosío) filosofa acerca de lo que significa un día cualquiera en el bisnes del narcotráfico. En un espacio mítico, de colinas áridas, moteles de carretera y capillas de la Santa Muerte, aunque en un marco temporal muy acotado (el año 2010), y en el que la droga es la única actividad que funciona. Porque San Miguel (N)Arcángel es precisamente eso, no por abstracto y sugerido menos real: una metáfora del violento México cotidiano.

Recibida con un entusiasmo no exento de polémica, el 3 de septiembre de 2010 se estrenó en México la que hasta la fecha es la última película del realizador Luis Estrada, El infierno. Apoyada por Videocine, filial cinematográfica de Televisa; y acogida a los fondos públicos para las conmemoraciones del doble centenario de 2010, supuso una de las honrosas excepciones en la programación cinematográfica de ese año. El infierno fue una de las pocas cintas que se alejó de la narración tradicional de la historia mexicana, que inundó las carteleras de héroes patrióticos. Excepción doblemente celebrada, si se tiene en cuenta la trayectoria de compromiso político de Estrada. En 1999 la crítica política contenida en La ley de Herodes la hizo merecedora de la inquina oficial; y en 2006 lanza un duro alegato a la relación de los medios de comunicación con las esferas de poder en Una vida maravillosa. El hecho de que una película que tiene en su cartel promocional el logo del doble centenario, tiroteado y grafiteado (“nada que celebrar”) se estrene con apoyo estatal, dice mucho del avance experimentado por la cultura política mexicana desde el año 2000.

Ficha técnica:poster infierno

Título completo: El infierno

Dirección: Luis Estrada

Guión: Luis Estrada y Jaime Sampietro

Música: Michael Brook

Reparto: Damián Alcázar, Joaquín Cosío, Ernesto Gómez Cruz, María Rojo, Elizabeth Cervantes, Daniel Giménez Cacho, Jorge Zárate.

Género: Comedia negra/drama

Duración: 145 minutos

Año: 2010

Nacionalidad: México.

Productores: Bandidos Films, Luis Estrada

Avances que no pueden señalarse en otros campos. Tras 20 años como espalda mojada, deportación mediante, Benjamín Benny García (Damián Alcázar) vuelve en 2010 a su pueblo, San Miguel Arcángel. El sueño americano ha sido para él una pesadilla, aunque no será nada comparable a lo que le espera a su vuelta. Sus antiguos conocidos se han enrolado en la única actividad económica boyante: el narcotráfico; o peor aún, han muerto en ella, como su propio hermano. Aterrorizado por la quiebra moral que observa, hace todo lo posible por resistirse a una corriente que finalmente lo arrastrará. Para ayudar a su cuñada y su sobrino entra a trabajar para el capo local, don José Reyes (Ernesto Gómez Cruz). Con él inicia una vida fulgurante de éxito y dinero fácil, en la que se instala cómodamente hasta que la verdadera cara del bisnes, y las causas de la muerte de su hermano, le saquen de su letargo.

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Esta película ha sido entendida, de forma casi unánime, como un relato de las consecuencias de “la espiral de violencia desatada por la guerra contra el narcotráfico”. Y, efectivamente, Estrada nos pasea con total naturalidad por la vida de pequeños y no tan pequeños capos, para muchos de los cuáles esta actividad no es sólo una vía de enriquecimiento. A pesar de alicatar su despacho con fotos que lo presentan acompañado de los últimos presidentes, José Reyes achaca la pobreza de México al entreguismo de éstos a Estados Unidos. No deja de resultar paradójico que sea él quien explique a Benny que la “guerra contra el narco” no es más que una estrategia mediática para distraer a la sociedad de sus verdaderas preocupaciones, entre ellas la relación de dependencia hacia el poderoso vecino del norte. Para don José el narcotráfico es una actividad honrosa, un medio de autoafirmación nacional ante el “expolio” al que México habría sido sometido por los Estados Unidos. No es éste un discurso novedoso, ni marginal, sino plenamente asentado en la sociedad mexicana, especialmente en los sectores más próximos a la izquierda. Sí lo es verlo en boca de un narco. Cuando en medio de su perorata pseudo patriótica su hijo Jesús lo corrija, afirmando que al fin y al cabo los norteamericanos son sus mejores clientes, vemos claramente la evolución ideológica de la mayoría de la clase política mexicana desde los años 1970 hasta la actualidad: de la “religión” nacionalista a la neoliberal.

Porque El infierno es un relato del presente, pero pleno de alusiones a los principales jalones de la historia del narcotráfico. Desde la implicación del estado en su gestión para obtener recursos para la “guerra sucia” contra la guerrilla, hasta su uso por Estados Unidos en su política centroamericana, pasando por las consecuencias de la firma del Tratado de Libre Comercio, la pérdida del poder político por el PRI o el 11-S. Y sobre todo del fracaso del programa antidroga del presidente Felipe Calderón (2006-2012). Ante la corrupción asentada en las policías locales y estatales, el gobierno lanzó a la policía federal y al ejército en una lucha frontal contra los cárteles, que causó en

Felipe Calderón, presidente de México entre 2006 y 2012
Felipe Calderón, presidente de México entre 2006 y 2012

torno a 70.000 muertos en el sexenio (oficialmente en su mayor parte narcotraficantes, aunque entre ellas se cuentan innumerables “civiles”, incluidos abundantes periodistas). Guerra abierta para la que de acuerdo con todos los especialistas, el estado mexicano no se encontraba preparado. El director ironiza con los “éxitos” de esta política: Benjamín, el Cochiloco y otros dos matones son detenidos por la policía local, y encarcelados. En la comisaría, el jefe de policía y el presidente municipal (ambos a sueldo de José Reyes) explican a un oficial de policía (magistral Daniel Giménez Cacho) la detención de cuatro peligrosísimos narcos. Para Estrada, la política antidroga ha consistido precisamente en eso: autoridades corruptas simulando grandes golpes a los cárteles, para preservar realmente su posición. Por no hablar de la alusión directa a Calderón: Giménez Cacho le dirá a Alcázar, en un momento dado, “la política de nuestro señor presidente es convertir a México en un país de soplones”. Con esta escena Estrada llega donde ningún otro cineasta había llegado hasta entonces: al juicio directo a un presidente en ejercicio. Valoración que es posible, entre otras cosas, porque entre el público mexicano el villano ya no debe ser satirizado y exagerado para ser reconocido. El narco es una figura cotidiana en el paisaje social de México, y como tal es entendido. Con plena naturalidad puede interactuar perfectamente con personajes y situaciones extraídos de la vida real.

Esta película también es un relato inmisericorde de la miseria moral del México actual. El Benny tendrá que navegar entre la normalidad con que se asume la violencia (y que ha señalado, entre otros, el escritor franco-norteamericano Jonathan Litell); el desprecio de su madre, que le achaca no haber dado señales de vida en los Estados Unidos, pero que le adorará cuando la colme de regalos pagados con dinero de la droga; con una cuñada que le anima a continuar en el negocio cuando su violencia está a punto de superarle; por un sobrino que desea continuar los pasos de matón de su padre y al que quiere salvar; y sobre todo por unas instituciones absolutamente corrompidas. El poder político, la policía, la judicatura, e incluso la Iglesia están al servicio de la familia Reyes. El propio Benjamín no podrá escapar de esta degradación, y sólo la violencia extrema y el golpe directo contra lo más hondo de sus principios le hará recapacitar. La podredumbre ha alcanzado especialmente a su madre, quien, cuando descubre que su hijo se ha visto envuelto en el narcotráfico, tan sólo le pide que “no siga los pasos” del anterior. Es decir, que delinca si quiere, pero que no se deje matar. Dura, desapegada, y marcada por un padre de sus hijos ausente, no debemos ver en ella ninguna caricatura, sino un jalón más en la definición del arquetipo de la “madre mexicana”, brillantemente perfilado por Buñuel en Los olvidados.

Cartel de la película "Los olvidados" de Luis Buñuel.
Cartel de la película “Los olvidados” de Luis Buñuel.

La representación de la narcoviolencia, no obstante, oculta otro de los aspectos centrales de El infierno: la crítica a la visión dominante de la historia de México, y a la política de las conmemoraciones. Parte de la premisa de que en 2010 México no tiene “nada que celebrar”, y no sólo a la vista de la turbulenta realidad presente. Más bien porque los hitos recordados (el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución) no podrían aportar nada a México hoy, a la vista de su prolongada exposición a la manipulación por el poder. La noción del pasado histórico, trasmitido a lo largo de décadas por la educación, los medios de comunicación (entre ellos el cine) y los discursos políticos, gira en torno a dos ejes: la existencia de una “línea virtuosa” de episodios históricos y el carácter nacional y popular de los mismos. Independencia, Reforma y Revolución (así, con mayúsculas) formarían una sucesión de eventos guiados por un afán semejante de dignidad, justicia y libertad. Conectados entre sí, compartirían una aspiración central, la “justicia social”, que para la teoría política mexicana, de forma casi unánime hasta los años 1970, nace, se desarrolla y se consolida respectivamente a lo largo de estas tres etapas. Sin que los periodos cargados de una connotación negativa (esencialmente dos, la etapa “colonial” y el Porfiriato) hayan logrado descabalgar al país de esta tendencia ascendente hacia el progreso.

Obviamente, este discurso, actualmente muy desprestigiado, fue el que legitimó la permanencia ininterrumpida durante 70 años del PRI en el poder. Su conexión con la revolución, base de la legitimidad del sistema político, y a su vez entroncada en las gestas del siglo XIX, se entendía como irrefutable. Y si no lo era, las consecuencias de la discrepancia se apreciaron claramente en 1968. Estrada no se limita a satirizar esta narración en la figura del presidente municipal. Va más allá, cargando contra la grandilocuencia y mitificación de la historia, muy presente en la clase política actual y de notoria visibilidad durante 2010. En México, viene a afirmar, la sociedad no estigmatiza a los delincuentes, sino que en muchos casos les ha entregado el poder, y les ha ungido con la simbólica interpretación de los rituales patrióticos. Fenómeno señalado, entre otros, por el escritor Gabriel Zaid, quien en Reforma (31 de octubre de 2010) afirmó que “en algunas localidades los narcos dejan de ser empresarios al margen de la ley para convertirse en las autoridades y la ley”.

Esta realidad se hace patente en dos escenas, de gran carga simbólica. En la primera, los niños del pueblo agradecen a José Reyes la financiación de una escuela, dedicada “a los héroes del Bicentenario” En la segunda, don José, investido a sí mismo presidente municipal, es el encargado de dar El Grito, la conmemoración anual del llamado a la independencia pronunciado por Miguel Hidalgo el 16 de septiembre de 1810, y principal festividad en el calendario mexicano. Ceremonias como estas, o incluso el propio himno nacional, han sido apropiadas por el narcotráfico, mostrando que la crisis moral de México no se limita a ciertos individuos sino que alcanza al conjunto de la sociedad, y ha impregnado la esencia misma de lo que se entiende por “mexicanidad”.

Con esta apropiación del estado se relaciona otro aspecto puesto claramente de manifiesto en octubre de 2013: la cara “benefactora” del narcotráfico. Los cárteles orquestaron una ayuda a los damnificados por los huracanes en la costa del Pacífico mucho más rápida y eficaz que la oficial, lastrada por la corrupción y la burocracia. Esta faceta bienhechora, exaltada por los narcocorridos, arroja muchas dudas acerca de la viabilidad del aparato estatal mexicano. Si no logra combatir el narcotráfico de una forma eficaz, corre el riesgo no ya de una infiltración que ya existe, sino de ser suplantado por un “narcoestado”. Este ente estaría capacitado para atender las necesidades de los ciudadanos, exigiendo a cambio no aceptar la legalidad, sino participar de su lógica criminal.

Luis Estrada en el festival de cine de Cuba
Luis Estrada en el festival de cine de Cuba

¿Hay escapatoria a todo esto? ¿Se puede esperar un cambio? El propio director es pesimista a este respecto. Todos los esfuerzos de Benjamín por aislar a su sobrino del clima enrarecido de San Miguel no parecen acabar en buen puerto. El joven, como los niños de la escuela, sufrirá el mundo corrompido construido por sus mayores, especialmente la falta de medios y alicientes para cambiarlo. ¿Todo puede cambiar? Quizá sí, nos respondería Estrada. Pero no ahora. Ni mañana. Ni sin esfuerzo.

Esta película no se contenta, pues, con mostrar el México contemporáneo, sino que se adentra en las causas históricas de su situación, con una sutileza y un sentido del humor (muy negro) apabullantes. Ciertamente, el discurso rabiosamente crítico contenido en El infierno no fue del agrado de todos en 2010, pero, desde luego, cumplió con el cometido para el que fue financiada por las instituciones: reflexionar sobre el México de nuestros días. Desde luego, no alcanza conclusiones agradables, pero, ¿acaso lo es la realidad?

KRAUZE, Enrique: “México: la tormenta perfecta”. En revista Letras Libres (edición México), Nº 167 (noviembre de 2012), págs. 14-21.

LITTELL, Jonathan: “Un infierno de lo más normal”. En revista Letras Libres (edición México), Nº 163 (julio de 2012), págs. 46-59.

SOLÓRZANO, Fernanda: “El infierno, de Luis Estrada”. En revista Letras Libres (Edición México), Nº 141 (septiembre de 2010), págs. 92-93.

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