asamblea

El desastre de Sicilia (I): Nicias versus Alcibíades

La Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.) fue el gran conflicto de la Grecia clásica. Atenas contra Esparta a la cabeza de sus dos grandes alianzas, la Confederación de Delos y la Liga del Peloponeso. Dos polis disputándose la hegemonía, sus espacios de influencia y defendiendo diferentes modelos de entender la sociedad y la política. La democrática y moderna Atenas frente a la oligárquica y tradicional Esparta. Un periodo de la historia griega que conocemos con tantos detalles gracias a Tucídides, un militar ateniense que vivió en primera persona el conflicto y lo plasmó en su obra ‘Historia de la Guerra del Peloponeso’.

asamblea
‘La era de Pericles’, de Philipp von Foltz

El estallido llegó cuando el imperialismo ateniense traspasó varias lineas rojas, haciendo insostenible el statu quo y dando paso a un conflicto que durante sus diez primeros años, la Guerra Arquidámica, castigó duramente las fuerzas de ambos contendientes. La Paz de Nicias (421 a. C.) ofreció un tiempo muerto, un estado de falsa tregua para recuperarse. Entonces, sin Pericles y Cleón, dos de sus actores principales del primer tramo de la guerra, saltaron definitivamente al primer plano aquellos que marcarían el rumbo de Atenas desde entonces: Nicias y Alcibíades.

En realidad Nicias era un veterano político que ya había jugado un papel fundamental desde el comienzo de la guerra. Prudente y conservador. Devoto y honrado. Cabeza visible de la aristocracia ateniense, con su inmensa fortuna patrocinaba representaciones teatrales, realizaba ofrendas y donaciones y se labraba una merecida fama de ciudadano ejemplar. Cuenta Plutarco que renunció al reconocimiento del triunfo en una batalla al preferir volver a recuperar los cuerpos de dos de sus soldados. Nicias fue el máximo artífice de la Paz a la que posteriormente otorgarían su nombre, buscando durante años un respiro para Atenas con el camino libre tras el fallecimiento de Cleón, su mayor rival político.

Sócrates arranca a Alcibíades del abrazo de la sensualidad, del Baron Jean-Baptiste Regnault
Sócrates arranca a Alcibíades del abrazo de la sensualidad, del Baron Jean-Baptiste Regnault

Alcibíades tenía veinte años menos. Atrevido, popular y ambicioso. De los Alcmeónidas, la misma familia que Pericles. El atractivo físico era una de sus principales virtudes, e incluso el filósofo Sócrates, su tutor y amigo, reconocía sentirse atraído por los encantos del joven. Alcibíades era criador de caballos, y en los Juegos Olímpicos del año 420 a.C. presentó siete carros a la carrera, logrando el primer, el segundo y el cuarto puesto, una hazaña que lo hizo más célebre si cabe. Su fama fue para muchos motivo de envidia.

La llamada de Segesta

Dos personalidades opuestas. El conflicto entre ellos acabó estallando en la Asamblea ateniense; la intervención en los asuntos de Sicilia fue el desencadenante. Atenas no olvidó su carácter imperialista y volvió a poner los ojos en esta isla del mediterráneo occidental, ahora en auxilio de la ciudad Segesta, en guerra contra su vecina Selinunte. Atenas, encandilada por el dinero de Segesta, las promesas y la posibilidad de aumentar su influencia, aprobó en el año 415 a. C. el envío de una escuadra de sesenta trirremes con Nicias, Alcibiades y Lámaco como estrategos. No parecía una simple expedición de apoyo. El enfrentamiento con Siracusa, la gran potencia siciliana y aliada de Selinunte sería irremediable, por lo que, según Tucídides, Atenas no daba la espalda a la oportunidad de someter la isla por completo.

Tucídides, fuente principal de la Guerra del Peloponeso
Tucídides, fuente principal de la Guerra del Peloponeso

Antes de la expedición volvió a reunirse la Asamblea para discutir los preparativos, dando paso a uno de los momentos más decisivos de la guerra. Nicias tomó primero la palabra. Pese a haber recibido el mando de la misión, se había opuesto a ella sin titubeos, así que no perdió una nueva oportunidad para intentar hacer recapacitar a sus vecinos.

Dejando aquí muchos enemigos, vais a buscaros deseosos nuevos yendo en expedición allá”. Parecía un argumento de peso. El conflicto con Esparta se mantenía en tablas en medio de una paz endeble, una especie de guerra fría con conflictos puntuales como el de la batalla de Mantinea. Sin consolidar su retaguardia Atenas se atrevía a mirar a Sicilia, recordando Nicias los costes que había tenido la guerra y la epidemia sufrida por la ciudad en años anteriores, que menguó sus fuerzas y se cobró importantes vidas, como la de Pericles. Atenas necesitaba un respiro.

Posteriormente, Nicias aumentó el tono del discurso, más agresivo, para calificar a los ciudadanos de Segesta de “desterrados” que mostraban escasa gratitud en la victoria y en caso de derrota podían “arrastrar a los amigos a la ruina”. Pero reservó mayor dureza para Alcibiades, acusándole de incitar la expedición “teniendo presente sólo su interés personal”, advirtiendo a la Asamblea de cuidarse frente a aquellos que no perseguían el bien común sino su propia ambición. Nicias concluyó dirigiéndose a los de “más edad”, animándoles a frenar la guerra optando por el valor de la prudencia.

No consiguió un gran efecto. Pese a la sensatez de su discurso, Nicias estaba ofreciendo un mensaje conservador y cauto a los ciudadanos de Atenas, acostumbrados a ser la gran potencia del mundo griego. Por alusiones, Alcibíades se presentó a la tribuna dispuesto a replicar a su oponente. No le fue complicado. Tucídides incide en que era envidiado y reprochado por su vida personal, pero en los asuntos públicos y en la guerra había demostrado hasta el momento ser impecable. “Me corresponde sin duda a mí más que a ningún otro, atenienses, ejercer el mando”, comenzó Alcibíades, respondiendo después a las acusaciones de Nicias y dejando claro que todos sus logros eran en beneficio de la ciudad, como el de los Juegos Olímpicos.

Con respecto a Sicilia, mostró un panorama opuesto al de Nicias, de ciudades heterogéneas, con numerosos conflictos internos y que se cambiarían con facilidad de bando. Su intervención era un deber adquirido por juramento con sus aliados de Segesta y no representaba mayor inconveniente en Atenas, que seguiría contando con una flota suficiente para frenar a Esparta en territorio heleno. Es más, suponía mandar un mensaje claro a sus enemigos: “Al ir a Sicilia despreciamos la paz actual”.

El farol de Nicias

La oratoria y los argumentos de Alcibíades, que aludió también al carácter activo de Atenas frente a la pasividad que proponía Nicias, convencieron a la Asamblea a seguir adelante. Pero Nicias no se resignó. Su primera intervención no había funcionado así que optó por otra estrategia y jugó un peligroso farol. Buscaría ahora hacer ver a la Asamblea que emprender la aventura con garantías requería de enormes recursos económicos y humanos. Fue un tremendo error.

Detalló por ejemplo que los sesenta barcos que habían decidido enviar a Sicilia eran escasos, sugiriendo más de un centenar, además de un número mayor de suministros, hoplitas, remeros, arqueros y otros auxiliares. Su plan era asustar a la Asamblea para hacerla retroceder, pero Nicias infravaloró de nuevo el carácter ateniense y no consiguió ver que lo que estaba haciendo en realidad era incitarles a emprender una expedición mayor a la que se había planteado en un primer momento. 

La Asamblea interpretó la intervención de Nicias como un extraordinario consejo y acabó por aprobar el envío a Sicilia de un contingente mucho más ambicioso. Atenas se dirigía al desastre.

Be Sociable, Share!

Un pensamiento en “El desastre de Sicilia (I): Nicias versus Alcibíades”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>