Carrillo y el 23-F

Mucho se ha hablado del 23-F, el icónico 23 de febrero de 1981. Sobre él se han escrito cientos y cientos de ensayos y artículos repletos de lugares comunes: el mayor desafío al que se sometió nuestra (por entonces joven) democracia, la prueba de fuego para una sociedad española recién salida de una dictadura, el papel de sus diversos protagonistas u otras reacciones más mundanas, como el típico caso del sobrino de la vecina de un cuñado que planeó su fuga al extranjero mientras se zampaba con patatitas las octavillas marxistas impresas de manera clandestina porque total, aquí cada uno sacia el hambre lo mejor que puede y quiénes somos nosotros para juzgarlo.

Aceptemos, por tanto, que este marasmo de publicaciones sobre el 23-F no ayuda mucho a quienes deseen profundizar en la materia. Quizás el último éxito editorial al respecto ha sido Anatomía de un instante, de Javier Cercas, donde se escruta minuciosamente (¿de qué otra forma puede acaso escrutarse?) la actitud de todos y cada uno de los involucrados en el hemiciclo aquellas tensas horas. No obstante, y pese a recomendar encarecidamente -¿pero es posible recomendar de otra manera?- el libro de Cercas, en este artículo analizaremos otra monografía que ha pasado bastante desapercibida en el treinta aniversario del funesto acontecimiento. Nos referimos a Un rojo sin miedo: Carrillo y el 23-F (Vital Manzano, César. Madrid: Francisco Franco, 2013).

Nos quedaríamos cortos si usáramos “polémico” para calificar este libro, pero no conocemos un adjetivo mejor. Sin embargo, y como agradecimiento a la editorial por enviarnos un ejemplar de la obra, lo más justo es redactar una reseña lo más aséptica posible. O, si no aséptica, que no se vea empapada por la bilis que le produce a uno encontrarse frases como “el siniestro líder chequista del no menos siniestro PCE no llegó a temer por su vida al ser parte de la conspiración” (p. 24). Como lo leen.

Desengañémonos. Poco cabía esperar ya del señor Vital o de su taller literario, cuya actividad cerebral se equipara a una manada de orangutanes puestos hasta arriba de speed. Con todo, una precisa revisión del libro que nos ocupa plantea diversas preguntas: ¿qué fuentes utiliza el autor?, ¿resultan veraces o, al menos, verosímiles?, ¿cuál es el tratamiento de las mismas?, ¿por qué ahora, justo ahora, es cuando tales fuentes salen a la luz?, ¿y por qué es Vital quien las desvela, en vez de un historiador cuya reputación no sea puesta en duda a diario?

La trama de este ensayo se basa en unas presuntas revelaciones ofrecidas al autor por un antiguo compañero de Carrillo en el PCE. El confesor, bautizado en el texto -no sin rechifla- como Trotsko, afirma ser un estrecho colaborador de Carrillo que rechazó optar a un escaño parlamentario. En sus propias palabras, “Santiago y yo nos fuimos distanciando poco a poco durante los 80, pero nuestra relación quedó herida de muerte desde que él se vendió al capital abrazando la monarquía. Seguir llamándose comunista tras eso era un insulto a todos los que arriesgaron su vida por el partido” (p. 78).

Aunque la comunidad historiográfica se halle dividida en torno al nivel de validez de la historia oral, sí hay consenso en asegurar que el rencor no es una razón objetiva. No obstante, los testimonios de Trotsko rezuman rencor hacia Carrillo y no aportan ningún documento escrito que ratifique sus opiniones. Sólo cabe fiarse (¿fiarnos?) de su octogenaria memoria, de ahí que haya que extremar aún más la cautela. En un pasaje de la página 103 se indica que el PCE fue legalizado el Sábado Santo de 1978 (sic), un error que se puede achacar a un desliz de Trotsko pero que Vital no corrige; se produce así el absurdo de que el PCE se presentara a unas elecciones constituyentes (las de junio de 1977) siendo aún ilegal.

Sea como fuere, tomemos por ciertas las declaraciones de Trotsko. El grueso de las mismas apunta hacia una dirección única: la participación de Santiago Carrillo en el golpe de Estado. No hace mucho quien las transcribe por matizarlas, sino que las refuerza al señalar “ya dejé patente en 2005 mi extrañeza ante la tranquilidad de Carrillo, sentado en su escaño, fumando impasible, cuando los golpistas irrumpieron en el Congreso” (p. 147). Que Carrillo fuese, con Adolfo Suárez y Manuel Gutiérrez Mellado, el único diputado que no se escondió de los hombres de Tejero siempre se interpretó como un gesto de valentía ante una más que segura muerte (“que me mataran antes o después era ya secundario”, comentó en una entrevista), pero Trotsko lo desmiente de manera tajante al asegurar que “los propios Suárez y Carrillo estaban al tanto de lo que sucedía gracias a varias reuniones habidas con el tercer y desconocido miembro de la Operación Galaxia” (p. 64); huelga aclarar que Trotsko no desvela quién es ese tercer miembro, del que se limita a decir que “es una persona importante, no vinculada a la Casa Real pero sí protagonista de la Transición y ya fallecida” (p. 65).

La defunción de este tercer miembro -supuesta correa de transmisión entre Suárez, Carrillo y los golpistas- y la de otros personajes de la época han provocado que Trotsko rompa su silencio. Podríamos tolerar esta excusa como algo plausible, pero resulta chocante que un comunista realice tales confesiones a un autor tan alejado de sus convicciones sociopolíticas. La versión de Trotsko encaja con las críticas que la extrema izquierda le propinó a Carrillo tras la legalización del PCE a cambio de aceptar la restauración borbónica (“¡si a Carrillo no le gusta la bandera tricolor, le pondremos una roja con el martillo y la hoz!”, llegó a corearse). Planea, por tanto, la sospecha del ajuste de cuentas por parte de Trotsko e incluso el móvil económico, por lo que el lector no sabe con qué ignominia quedarse, si cubrir de excremento a un cadáver o si venderlo por treinta monedas de oro.

En todo caso, Trotsko puede estar tranquilo si su intención era “desenmascarar la farsa de Carrillo, un tipejo que lo más auténtico que tuvo fue su peluquín” (p. 201). No hay capítulo donde no atice al antiguo secretario general del PCE ni a su partido: “hombre, otro Paracuellos no, pero el tirano bien podía mandarte a morirte del asco a hacer campaña en Soria si disentías con él” (p. 112); “era [el PCE] una merienda de negros donde sólo valía el sí con el bwana de rigor” (p. 82); “Carrillo traicionó al partido, a nuestras ideas y a nuestros muertos en cuanto se le ofreció el poder y la gloria” (p. 234); o -la favorita de quien esto escribe- “ni puedo ni quiero reprimir una carcajada cuando Trotsko se yergue, rampante, y me cuenta que Carrillo olía mal, un hedor a tabaco barato, a viejo rancio y a la podredumbre moral tan típica de la izquierda” (p. 98).

No se escatima, como se puede comprobar, en términos malsonantes contra el histórico dirigente comunista. El ensayo, aún así, adolece de suficientes razones que confirmen su más que subjetivo enfoque. Más allá de las palabras de Trotsko (que no aporta documentos, ni siquiera fotografías inéditas) se extiende la nada. Como a un mesías habríamos de adorarlo para tomar sus argumentos como un credo: vale que la figura de Carrillo pueda arrojar luces y sombras, pero si uno va a demonizarlo debería, cuando menos, ofrecer pruebas. Vital parece obviarlo en la página 10 al exponer que “la confesión de Trotsko es tan válida como la del propio Carrillo, que durante décadas impuso su visión de los hechos como si de un Stalin de provincias se tratara”.

¿Cabe concluir con que, de presentarse otras fuentes ajenas a la historia oral podría reescribirse el papel de Carrillo en el 23-F? Lo dudamos, ciertamente.  Sabido es que, tras el asalto de Tejero, Suárez fue encerrado en el Cuarto de Ujieres, mientras que Carrillo fue aislado con Gutiérrez Mellado en el Salón de los Relojes, por lo que la hipótesis de una connivencia de Suárez y Carrillo con los golpistas cae por su propio peso. Asimismo, la voluntad de Carrillo, según Trotsko, era “salir indemne del golpe, reforzada su imagen pública, para remontar el varapalo sufrido por el PCE en las últimas elecciones” (p. 37, sobre Suárez añade que “buscaba recordarle a España quién era plantando cara, no como el grisáceo Calvo-Sotelo”).

Por tanto, descartamos toda recomendación de este libro no sin antes agradecerle su envío a la editorial: jamás antes nos habían regalado un papel de baño tan caro (14 €, tapa blanda).

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2 pensamientos en “Carrillo y el 23-F”

  1. Desde luego señor Díaz, ¡qué descaro! ¿me meto yo en sus “cosas medievales”? ¡Y encima me acaba de fastidiar el regalo de Reyes! (irony mode on).

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