Magdalena de la Cruz. El imaginario del Diablo.

 

Hola, queridísimos lectores de Aquí Fue Troya. Les presento a Magdalena de la Cruz. Magdalena era monja franciscana, y vivió entre los años 1487 y 1560, entre Córdoba y Andújar.

Y dirán ustedes, ¿y este imbécil porqué viene hoy a hablarnos de una monja que está ya mayor? Pues bien, no era oro todo lo que relucía en la vida de Magdalena. Era ésta una señora muy santa y muy beata. Llevaba a sus espaldas más de cuarenta años de poco discreta santidad y su prestigio recorría todos los rincones de la incipiente España Moderna. Era tal su fama que cuando nació el heredero a la corona, que no era un cualquiera, sino el futuro Felipe II, le mandaron unos hábitos de Sor Magdalena para que lo envolvieran en ellos y ahuyentar así a los demonios venideros.

Casi nada era Magdalena. Magdalena había sido abadesa del convento y luchaba por recuperar su posición. Para ello se valía de un arma bastante importante y es que, debido a su fama, Magdalena controlaba las limosnas que la gente piadosa y de bien (es decir, las limosnas de verdad, nada de moneda de vellón) otorgaba al convento y las repartía como le salía del mismísimo hábito. Las monjas no la querían de jefa y ella, ere que erre. Imaginamos que por esta razón, Magdalena sufrió en 1546 el destierro de su convento cordobés y la mandaron a Andújar a otro convento, y lo decidió así nada menos que la Inquisición.

¿Por qué os cuento esto? La Inquisición en Castilla, la llamada “Inquisición Española”, se crea en el año 1478 (aunque en Aragón existiera desde 1232); es decir, en 1546 aún eran principiantes en esto de perseguir herejías. Además, la “Inquisición Española” estaba más destinada a ir a por falsos conversos que a por brujas, y claro, donde no hay interés, se coge lo primero que tienen a mano. Total, que los chavales abrieron la Wikipedia y encontraron un libro reciente, el Fortalitium Fidei de Alfonso de la Espina, obispo de Orense (aquí tenéis la edición impresa en Lyon en 1487 que conserva la Universidad de Sevilla), y por ahí se guiaban a la hora de investigar los casos que tenían que ver con el Diablo.

[Ahora la Inquisición, ¿pero este chaval de qué va?]. La Fortalitium explica varias cosas de los demonios malos malísimos. Nos cuenta que son seres muy inteligentes, que se dedican a embaucar gente ingenua. Se disfrazan de Hadas (tejedoras del destino) en las que mucha gente tenía creencia. Se visten de duendes que te cambian las cosas de sitio. Se camuflan de ángeles buenos para burlarse de los actos de éstos, que ya le pasó a Jacob, a Moisés y a Josué. Además, se disfrazan de mujer, que dice Espina que esto les ha ido muy bien desde que lo probaron con Eva, aunque a las santas y a las beatas las dejan un poco de lado, que eso no embaucaba a nadie.

¿Y qué más? Pues una de las cosas más llamativas, desde nuestro prisma de revolución sexual y libertinaje de bajos, nos habla de los incubi y los succubi. Lo que vienen siendo, diablos y diablas (por este orden) que seducen a inocentes para dejarles la semilla o quedarse preñadas. He aquí lo más curioso que por aquel entonces se decía que las mujeres tenían menos control sexual que los hombres (que se lo pregunten a los vascos) y que por eso había más incubi que succubi. Incubi, por cierto, que tenían que ser los Brad Pitts de la época, porque decía Espina que enseñando un crucifijo ya se iban.

Otras creencias era que el Diablo se las ingeniaba para hacer que las brujas, que se habían entregado voluntariamente a él, creyeran cosas como que se había teletransportado o que habían estado en dos lugares a la vez.

Ahora que ya tenéis más o menos claro (o no) cómo se decidía la influencia del diablo nos vamos a Magdalena. Esta santa resulta que había recibido la visita de un ángel de luz cuando tenía 5 años, y que gracias a él había realizado todas las obras buenas buenísimas que se le achacaban. Pero hete aquí que no, que el angelito era un demonio disfrazado, y que cuando la mujer se dio cuenta ya había sido seducida y había fornicado con el muchacho, y que le caía bien, que todo hay que decirlo. Este ángel de luz/demonio  no sería otro que “un familiar”, que era el que recibía esos favores sexuales (o mejor dicho, un demonio en el cuerpo de ese familiar). Este señor le presenta a un “negro muy feo” y Magdalena le enseña el crucifijo. El otro se enfada y le dice que por qué no, que es muy buen chaval, un buen partido, etc. Le hace el lío y Magdalena yace con el señor negro. Pero el señor negro era un vaquero de esos que donde ponen el ojo ponen la bala y nuestra querida monja se queda preñada. Claro: una monja, preñada. A la chica no se le ocurre decir que ha sido el Espíritu Santo (total, si le funcionó a María…).  Tuvo al nene en Navidad (total, si le funcionó a María…). Pero el muchacho desapareció de repente y nada más se supo. Todo eso en la denuncia, imaginad.

Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.  Fuente: Cordobapedia
Convento de Santa Isabel de los Angeles, residencia de Magdalena.
Fuente: Cordobapedia

Pero claro, la historia no vale así contada, las monjas del convento veían cabrones negros (de machos cabríos) e incluso Magdalena invitó a una compañero a unírsele a la fiesta con el negro diciendo que era un Serafín. También le ponen nombre a los demonios, que se llamarían Balbán y Pantonio, aunque fueron muchos más los que visitaron a la monja), todos ellos disfrazados de hombres galanes que iban a seducirla. También dijeron que estando ella muy enferma y encarcelada, la vieron de repente en el coro del convento arrodillada rezando, y que, corriendo como balas a la celda las compañeras de fatigas, estaba ella allí (y esto sería un engaño del demonio).

Así que, resumiendo, la acusaban de teletransporte, ubicuidad, conveniencia carnal con el demonio, preñamiento del demonio, etc. Lo que venía siendo un menú King Size Premium Total en el tribunal inquisitorial. Al final, poca condena que es el destierro, porque historial tenía aquí la Magda.

Esto es lo que he podido conocer de la historia de Magdalena de la Cruz. Las razones de la denuncia, aunque parezcan obvias, las desconozco. Pero fíjense bien que las historias que se cuentan no distan de las que cuenta Alonso de Espina. Las denuncias parecen siempre realizadas con los manuales de inquisidores presentes. Y aquí mi duda, que os la paso cual pelota a punta de estallar. ¿Es el imaginario colectivo el que hacía ver siempre los mismos hechos? ¿Es la crueldad humana la que inventa historias según decían los teólogos para denunciar al vecino, o al que molesta?

Como dice Angus MacKay en el artículo sobre esta señora: “cuando se descubren casos de mujeres que han hecho un pacto con el diablo y que tienen familiares con quienes se dedican a fornicar, hay que llamar a los inquisidores. No queda más remedio”.

 

 

| “Mujeres Diabólicas”. Angus MacKay y Richard Wood. En Religiosidad Femenina: Expectativas y realidades (SS VIII – XVIII). Colección Laya. Pub por AC AL-MUDAYNA, Instituto de la Mujer y Ministerio de Asuntos Sociales, 1991 (pp. 187-196). ISBN: 84-87090-05-2.

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