Los tres triunfos de Pompeyo

Cneo Pompeyo Magno vencedor sobre Mitrídates

Cuenta el historiador romano Dion Casio que el día que cumplía 58 años, Cneo Pompeyo ‘Magno’ llegó a Egipto con la última esperanza de fortalecer su débil posición en la guerra civil contra Julio César, pero allí, a manos de veteranos soldados romanos instigados por el faraón Ptolomeo XIII, encontró la muerte en un fatídico 29 de septiembre. Esa fecha, principio y fin de Pompeyo, también significó su momento de mayor gloria, pues en ese mismo día del 61 a.C., festejó en las calles de Roma su tercer triunfo, aclamado como conquistador del mundo. Por siempre estaría asociado el triunfo en la memoria colectiva romana a toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte, dibujando a través de sus celebraciones un brillante cuadro que ilustra su trayectoria como militar y su popularidad como político.

La celebración del triunfo se convirtió en un emblema único de la grandeza de Roma, en un motivo de admiración a lo largo de toda la historia hacia una ciudad que ensalzó a sus más brillantes generales en una liturgia incomparable, repleta de símbolos. La llegada a la ciudad del vencedor sobre el carro, el paseo de la vergüenza de los derrotados, los despojos de la batalla, la efímera gloria de los soldados, el encuentro con Júpiter en el monte Capitolino.

En el año 81 a.C. (aunque pudo haber sido en el 80 o el 79) Pompeyo entró triunfante en Roma por primera vez en reconocimiento a sus victorias en África frente al rey Hiarpas de Numidia. Era habitual que el Senado fuese el encargado de conceder el honor del triunfo al general victorioso, tras la petición (supplicatio) de éste, pero por aquel entonces la autoridad máxima correspondía al dictador Lucio Cornelio Sila. Éste no solamente le saludó con el apelativo de ‘Magno’ (el Grande), que acompañaría a Pompeyo durante el resto de su vida, sino que, aunque reticente, le permitió festejar el triunfo pese a no haber ocupado magistratura alguna, algo que hasta el momento parecía ser requisito indispensable.

Tras sortear esa barrera legal, Pompeyo descansó fuera de las murallas de Roma, pues ningún ejército podía penetrar en la ciudad salvo en los días de triunfo, decidido a realizar una entrada que ningún romano olvidaría. Tan grande fue su osadía que incluso sustituyó los caballos que tirarían del carro triunfal por cuatro elefantes africanos. Todo por el espectáculo. Pero el efecto fue el contrario al deseado y los paquidermos apenas lograron iniciar la marcha al no caber por una de las puertas triunfales del recorrido. Tras un embarazoso momento que a buen seguro alegró a los más críticos, los caballos volvieron a ser atados al carro que llevó a Pompeyo hasta el monte Capitolino.

Antes, Pompeyo tuvo que vivir otro momento complicado, teniendo que solventar con firmeza y sin concesiones la amenaza de amotinamiento de sus tropas, que reclamaban una mayor paga. Según Plutarco, Servilio, un importante hombre de Roma que antes se había puesto a la celebración de Pompeyo, corrigió: “Ahora veo que es verdaderamente grande y digno del triunfo”.

Sin duda fue un día especial para una de las figuras emergentes del panorama político romano. Con 24 años  (o 25, o 26), una edad ni siquiera aceptable para ocupar la más baja magistratura del ‘cursus honorum’, Pompeyo ya era ‘Magno’ y su nombre había sido inscrito en los ‘Fasti Capitolini’, un registro cronológico situado en el Foro, junto al del resto de los generales triunfantes de la historia de Roma.

Bastante menos se sabe de su segundo triunfo, celebrado una década después, en el 71 a.C., después de acabar con la rebelión de Cayo Quinto Sertorio y sus aliados en Hispania. La legalidad y la tradición imponían que no se podían festejar triunfos sobre ciudadanos romanos, lo que Lucano definiría en ‘Farsalia’ como “una guerra sin triunfo”, por lo que a Pompeyo le fue otorgado sobre Hispania, obviando las alusiones a Sertorio tanto en el desfile como en una serie de trofeos que erigió en ambas vertientes de los Pirineos.

Conquistador del mundo

La primera victoria de Pompeyo se había producido en África, la segunda, en Europa y la tercera sería en Asia. Obtuvo su último triunfo por la resolución del problema de los piratas cilicios, que estaban poniendo en jaque el comercio mediterráneo, y por la campaña contra Mitridates VI ‘el Grande’, rey del Ponto, el peor enemigo de la República por aquellos tiempos. Pompeyo no solamente zanjó en apenas seis meses un conflicto que terminó con la huida de Mitridates y su posterior suicidio, según algunos para evitar la vergüenza de ser paseado en el triunfo, sino que además, conquistó el Imperio Armenio del rey Tigranes y Siria.

Recreación del teatro de Pompeyo con el Templo de la Victoria, levantado tras su tercer triunfo

Como el salvador de Roma fue recibido cuando entró en sus calles el 28 de septiembre del 61 a.C. para una celebración triunfal que duraría dos días y en la que exhibió su grandeza con exóticos cautivos, lujosos objetos y una extensa simbología de quien había sido declarado conquistador del mundo. Los detalles sobre el tercer triunfo son abundantes, es posiblemente el más documentado de la historia, aunque con muchos de ellos debamos mostrar una actitud escéptica o al menos precavida, como con aquel que nos cuenta que Pompeyo vistió durante el desfile un manto que perteneció al mismísimo Alejandro Magno, en un claro intento por compararse con el monarca macedonio, algo recurrente a lo largo de toda su vida. Otro apunta a que se exhibió una estatua de Mitrídates de oro macizo y más de tres metros de altura. Las fuentes a las que hemos de recurrir no son contemporáneas, por lo que el paso del tiempo puede haber dado lugar a distorsiones exageradas de la celebración.

Sin embargo, esto acaba siendo una muestra más de la impresión que debió causar el tercer triunfo de Pompeyo en la conciencia social romana y la mitología creada a su alrededor. Y uno de los factores que a buen seguro más impacto logró fue la procesión de vencidos que recorrió la ciudad delante del carro triunfal, entre los que se encontraban desde simples pero exóticos prisioneros como piratas o habitantes de los lejanos reinos asiáticos, vestidos todos ellos con sus llamativos ropajes tradicionales, hasta figuras importantes como el hijo de Tigranes o los siete de Mitrídates. Como los dos reyes no pudieron ser capturados se exhibieron unos retratos suyos durante el desfile, además de otros elementos de representación como pinturas con diversas escenas de la guerra, carteles con los nombres de las naciones conquistadas y de las ciudades fundadas o un trofeo que representaba al mundo entero, aquel que había sido sometido a Roma.

Oro, arte y recuerdo

Pero no menos atractivo fue el botín que acompañaba al desfile, que incluía valiosos objetos como vasijas repletas de oro, piedras preciosas, estatuas y cerámicas, pero también significativos trofeos del estilo de árboles de ébano como muestra de la naturaleza oriental o despojos de los barcos piratas capturados.  Un ostentoso despliegue que Plino El Viejo calificaría como “una derrota de la austeridad”. Además, al contrario que en su primer triunfo, Pompeyo fue ampliamente generoso con el sueldo entregado a sus tropas; seis mil sestercios por cabeza que servían para asegurar más que una buena lealtad.

Sin duda alguna, el desfile fue majestuoso, y en su segundo día, en el que cumplía cuarenta y cinco años, Pompeyo ascendió al monte Capitolino, donde no ejecutó a ninguno de los cautivos, como solía ser habitual. Una muestra de clemencia que serviría para engrandecer aún más su leyenda. Además, realizaría el tradicional sacrificio animal en el templo de Júpiter y concluiría el día con un festín ofrecido a los senadores en el Capitolio.

Fue su último triunfo, pero Pompeyo se aseguró de que sus mayores jornadas de gloria fuesen inmortalizadas. Uno de estos recuerdos fue la emisión de una moneda de oro que dibuja en su reverso una cuadriga triunfal que el propio Pompeyo comparte con la diosa Victoria y en su anverso una corona de laurel y la inscripción ‘Magnus’ junto a una representación de África con un tocado de piel de elefante, en otra posible alusión a la imagen de Alejandro Magno. Pero lo que grabaría por siempre su nombre en la ciudad fue un enorme edificio multifuncional en el campo de Marte que incluía un museo, un Templo de la Victoria y un teatro, el primero levantado sobre piedra en Roma. Todo financiado con el botín de su última campaña y decorado con numerosas esculturas y pinturas paseadas en su tercer triunfo o que aludían directamente a ese día.

Pompeyo ‘Magno’, también tres veces cónsul, describió una intensa trayectoria política apoyado por la enorme popularidad que ilustran sus paseos triunfales, una muestra de su evolución como idolatrada figura pública. Del primero, en el que ya comenzaba a ser algo más un joven prometedor y con buenos contactos, al último, en el que exhibió toda la grandeza del Alejandro romano, el hombre más poderoso de la República.

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