Isabel

En Aquí fue Troya somos así, señora. No nos mire mal. Sabemos de sobra que Isabel se estrenó hace bastante y que en su momento prometimos escudriñarla al límite, como hicimos con Toledo. De verdad que sí. Lo cumplimos a medias: quien esto escribe vio el primer capítulo y tomó notas al vuelo, pero hasta hoy no las ha publicado. Cosas del directo, señora, deje de mirarnos mal o la tendremos.

Pero seamos sinceros. La demora es achacable a una única causa de doble filo: Isabel no es tan mala y, por lo tanto, no había tantas ganas de despellejarla como sí sucedió con Toledo. Dios santo, es que Toledo era tan atroz que aún en artículos ajenos (como éste) me entran ganas de denunciar a sus creadores al Tribunal de La Haya.

Admitamos que Isabel, en general, es una serie que se deja ver. Al contrario que Toledo –sí, otra vez la infumable Toledo–, basada en personajes ficticios con presunto trasfondo real, Isabel bebe de asuntos más o menos históricos para desarrollar su trama, lo cual es muy de agradecer. Divulgar no divulga demasiado, vale, pero al menos se nutre de una época convulsa (y, por tanto, interesante) y unos protagonistas que conocen hasta los monetes de Gibraltar. Qué graciosos, los monetes, los jodíos.

El problema, cómo no, es que uno no es de piedra, sino de carne, huesos, vísceras y unos cuantos fluidos que no vienen al caso. Y siendo historiador es difícil no removerse en el sofá cuando observa algunos fallos de bulto que, lo avanzo ya, son responsabilidad última de la asesora histórica de la serie, una tal Teresa Cunillera con un único registro en Dialnet. Ni ella ni los guionistas (ojo, licenciados en Historia) pueden evitar lo peor.


¿Era necesario?:

Isabel contiene fallos históricos, como cualquier otra serie. La cuestión es si eran necesarios. Porque puede haber gazapos sin importancia (ejemplo, ese violonchelo que aparece y que, como ya se apuntó en Twitter, no se inventó hasta un siglo más tarde), pero otros errores no aportan nada a la trama y, para colmo, se enfrentan tozudamente a la realidad. Porque es de traca, óiganme bien, de traca, que en la serie –sobre todo en su promoción– se insista machaconamente en que Isabel fue la primera reina de Castilla, como si a inicios del siglo XII no hubiese existido una tal Urraca I (sobrina, a su vez, de otra Urraca, reina en Zamora). Poco se farda en España de una reina con nombre de pájaro. Una lástima.

Tampoco era estrictamente necesario hacer de Isabel de Portugal, madre de los infantes Isabel y Alfonso, una señora fatal de lo suyo y loca de atar allá por 1461, cuando arranca la serie. Cierto es que fue recluida en Arévalo con sus hijos acusada de enajenación mental (algo que la serie no termina de explicar), pero encamarla para que parezca en las últimas carece de sentido si tenemos en cuenta que falleció en 1496. Treinta y cinco años agonizando, que se dice pronto.

Es comprensible que detalles como el anterior puedan pasarse por alto, dada la brutal cantidad de datos (personajes, fechas, lugares) que proporciona el primer capítulo. Despista a cualquiera, incluso a medievalistas irredentos. Aplaudiría esa profusión de datos si fueran ciertos, pero fastidia oír a Enrique IV ampararse en que Beltrán de la Cueva le salvó la vida en una batalla contra los musulmanes, de lo cual no hay constancia en las crónicas, como tampoco hay constancia de que Isabel fuese la madrina de Juana la Beltraneja o de que los nobles del reino cometieran la imprudencia de jurar ante notario que la recién nacida no era hija del monarca. Puede que Beltrán de la Cueva cayera mal –no era precisamente el tipo con más amigos en Facebook–, pero convertirle en el pim pam pum de la serie es una cabronada.

La serie también derrapa en aspectos protocolarios. En una escena vemos a la reina Juana ordenando limpiar el suelo a todo un arzobispo toledano, cabeza de la Iglesia castellana y pornochacho en sus ratos libres. No esperábamos menos de una corte tan cachonda en la que apenas hay que esforzarse para asistir en vivo a actos carnales con erótico resultado, siendo testigos de ello tanto Isabel como la propia reina, que en un encomiable arranque también se despelota ante Beltrán de la Cueva. Gracias, guionistas. Y aún más gracias, Bárbara Lennie.


Esas minucias (o no):

Isabel tiene aciertos. Que sí. Creedme. Verbigracia, el cuidado y precioso vestuario, al margen de la manía de vestir casi siempre de blanco a Isabel, como si viniese del futuro a anunciar lejía. O las localizaciones exteriores, incluyendo el quitarle al alcázar de Segovia sus característicos tejados de pizarra, mandados colocar en el siglo XVI por Felipe II.

Aún así, a servidor le chirrían determinadas minucias. Acabo de alabar los planos exteriores del alcázar, pero en esos mismos planos echo de menos la antigua catedral de Segovia, situada frente a él y derruida tras la Guerra de las Comunidades. Si seguimos con Segovia, tampoco comprendo que las escenas de la coronación de Isabel se rodaran en la concatedral de Cáceres, existiendo todavía la iglesia segoviana de San Miguel, donde se produjeron tales hechos. Los interiores, en cambio, sólo me sugieren una palabra: cartonpiedrismo. No pido a los decoradores que hagan un cursillo CCC de cantería medieval, pero al menos podrían haberse esmerado en imitar las estancias del mismísimo alcázar en el que se sitúan gran parte de los acontecimientos. Que no cuesta tanto (4’50 € la entrada), chavales.

Por cierto, tampoco es mucho pedir que Isabel mejore su caligrafía. O, mejor dicho, que la adapte a la realidad, que la haga gótica cortesana y no tan clarita y legible. Ah, y que aprenda a escribir bien su nombre, con i griega (“Ysabel”) en vez de i latina. Más que nada, para no joderse el futuro símbolo del yugo correspondiendo con su inicial.


Nota final:

Me enfrenté a Isabel con una mezcla de miedo y ganas de sangre, pero he de aceptar que el resultado, en general, es aceptable. No pasa del aprobado justo, aunque aprueba, que ya es decir para una serie histórica española que encima no cuenta con tramas para toda la familia ni con supuestas escenas jocosas basadas en equívocos de encefalograma plano, ambas dos cosas muy dignas de elogio.

En cuanto al reparto, reconozco que quizás la edad de los actores no se adecue a la de sus personajes, del mismo modo que reconozco que la elección de Michelle Jenner no me convenció cuando comenzó a rodarse la serie. Sostengo lo primero, pero me callo lo segundo: susurros al margen –¡los del fondo no te oyen!–, Michelle Jenner sale más que airosa de un papel enormemente complicado. Si hubo un personaje que me decepcionó fue Enrique IV (Pablo Derqui), pero su esposa en la ficción me hizo olvidarlo pronto.

Sí, por eso mismo que estáis pensando: #TETAS.

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13 pensamientos en “Isabel

  1. Gran post.

    He visto la serie casi por el morbo de despellejarla como si fuera Toledo, pero al final me he quedado por las #teticas y porque entretiene un rato, sin ser nada del otro jueves. Unas ideas que me han surgido:

    1. ¿Soy el único que vió un rollo medio gayer entre Gonzalo Fdez. de Córdoba (el pobre, al que Franquito y sus adláteres quisieron vestir con camisa azul) y Alfonsito?

    2. Muy fan de como Juan II de Aragón le ríe a Fernando lo puterillo que es…

    3. La serie la financia el Comité por la canonización de Isabel, ¿no? Nunca se vió dama tan virtuosa, buena, santa, cristiana, etc. Vamos, que ni su abuela hubiese sido tan exagerada

    4. Sí, Barbara Lennie nos está dando grandes momentos. Especialmente, cuando la mandan al palacio del obispo ese (Fonseca?) y en la primera cena el santo varón intenta beneficiársela argumentando “la fama de las damas portuguesas” y que si se sabía que era más puta que las gallinas.

    y 5. Hubiese molado mucho algún cameo de Jorge Manrique, clavando una copla así, como quien no quiere la cosa

    Saludos

    1. Las cosas como son: yo no he visto más allá del primer capítulo. Lo vi con el mismo ojo crítico que vi Toledo y, como ya apunté, me llevé una sorpresa al no encontrarme un subproducto, pero tampoco le cogí ganas para aficionarme al resto de la serie.
      Dicho lo cual, respondo:
      1.- Gonzalo Fernández de Córdoba y Alfonsito se medio criaron juntos, pero de ahí al rollo homosexual queda un trecho. O eso o que aquí todos tenemos la mirada sucia.
      2.- Fernando era un putero empedernido y se conocen hijos fuera del matrimonio. La milonga de Reyes Católicos requeteamantes se debe al lavado de cara posterior, pero yo siempre recuerdo que, de haber sobrevivido el hijo que tuvo con Germana de Foix, otro gallo nos hubiera cantado.
      3.- Hablando de campañas publicitarias, lo de Isabel la Católica es de traca. Pluscuamperfecta española ella. A mí es que me cansa y, por muy hábil que fuera en cuestiones políticas, siempre pensé que la auténtica experta era Berenguela de Castilla.
      4.- Lamento haberme perdido esas alegrías carnales de Bárbara Lennie. A ver si voy a retomar la serie y tal…
      5.- Jorge Manrique as himself. Hubiese sido una idea fantástica si hubiesen querido sacar un Santa Justa Klan II: al menos ya tenían a Guille…

  2. “(…)la asesora histórica de la serie, una tal Teresa Cunillera con un único registro en Dialnet.”

    Debo decirte que en esto te equivocas. La dicha Teresa Cunillera, que posee un texto registrado en Dialnet, es una política socialista que llegó a ocupar el cargo de Vicepresidenta Primera del Congreso. La Teresa Cunillera, asesora histórica de la serie, creo, que me rectifique alguien si me equivoco, es guía del Álcazar de Segovia.
    Por otra parte, sin dudar de la capacidad de la señora Teresa Cunillera, y a la luz de los errores históricos, algunos bien expuestos en esta página, los directores o productores de la serie deberían haber tenido en cuenta la labor de historiadores (no debe obviarse el intencionado plural) con mayor oficio en este período y capaces, por lo tanto, de realizar una recreación de mayor rigor.

    1. Gracias por el aporte, AB. Es cierto que cuando me informé para el artículo sólo vi a la Teresa Cunillera política, por lo que pensé que el registro de Dialnet podría pertenecer a esa otra Teresa Cunillera.
      Ahora bien, desconocía que “la otra” Teresa Cunillera fuese guía del Alcázar de Segovia. Al margen de su formación (que no sé cuál es) o profesión -hay guías fantásticos y guías pésimos, huelga decirlo-, estoy contigo en que debería haberse consultado a otros especialistas.

  3. A mí me chirría el tratamiento de Majestad que dan a los reyes y reinas de Castilla (y de Aragón) cuando es un tratamiento que se introdujo únicamente en tiempos de Carlos I. El tratamiento dado hasta los Reyes Católicos era de Alteza.

    1. Gracias por comentar, Juan. Como bien apuntas, el tratamiento dado a los reyes cambió con el tiempo y, al igual que tú, tampoco comprendo por qué decidieron sustituirlo en la serie si cualquier persona entiende la palabra “alteza”.

  4. A pesar de tus comentarios, hay errores garrafales sobre todo en el vestuario.
    La mayoría de él alquilado en casas altamente conocidas en la capital como Peris o Cornejo, que les han colado trajes de otras series e incluso que se han visto en las cabalgatas de los reyes magos de la capi.
    Ni que decir tiene que los tejidos ni por asomo se acercan a los de la época , ni en dibujos ni en calidades, que hay prendas que les quedan como “caídas desde un tejado” a los actores. Con un poquito de arreglo de cualquier “retoucherie de Manuela” hubiera colado. Esos cortes a la cintura femeninos pertenecen a épocas posteriores, y ni que decir tienen los cuellos de lechuguilla de algunos actores, de época de su bis nieto Felipe II, y esa manía de encorsetar los vestidos. Y por supuesto, esos terciopelos mal cortados, esas mangas fuera de su lugar y esas pieles mal colocadas, por no hablar de la total inexistencia de tocados que eran lo más destacado del vestuario de la época, Para mi entender como historiador y como técnico textil, un desacierto en la elección de los figurinistas.

    1. Gracias por el aporte, Miki, sobre todo porque es fantástico poder contar con el testimonio de un experto en la materia.
      Huelga aclarar, eso sí, que no vi más allá del primer capítulo de Isabel y, que yo recuerde, no vi las golillas que comentas. Por otro lado, es más que obvio que hayan tenido que alquilar los trajes, dado el escaso presupuesto con el que contaba la serie (de hecho, hasta hace poco se dudó incluso de su propia emisión o de que fuese a tener segunda temporada).
      Cierto es que faltan tocados y arreglos en el vestuario, pero -como ya indiqué- en ese aspecto, como otros de atrezzo, el resultado final de Isabel es bastante mejor que el de Toledo, que era la otra serie con la que establecía la comparación.

  5. Hola.
    Comentas que la coronación de Isabel se podría haber grabado en la iglesia segoviana de San Miguel, donde fue coronada reina de Castilla. Una precisión: la iglesia que hoy existe no es donde Isabel fue coronada, sino que lo fue en otra que estaba situada en el centro de lo que hoy es la Plaza Mayor, luego arruinada. La actual iglesia de San Miguel fue construida después.

    1. Gracias por tu comentario, Ramón.
      Como bien dices, la segoviana iglesia de San Miguel se encuentra hoy día en un lugar diferente del que tenía en 1474. Originalmente se hallaba en la actual Plaza Mayor de la ciudad, aunque fue demolida en 1523 al reestructurarse el espacio de la plaza (al mismo tiempo se estaba empezando a edificar la vecina catedral). Años más tarde se reconstruyó en su emplazamiento actual, conservando pocos elementos del templo anterior.
      Eso sí, sigo pensando que la coronación podría haberse filmado en Segovia, donde quedan templos (San Esteban, San Martín o San Millán) cuyos atrios podrían haberse utilizado.

  6. En la escena del arzobispo, Juana no lo ordena, Carrillo lo hace porque la reina se lo ordeno a uno de los infantes y para evitar conflictos lo hizo el arzobispo

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