Fernando III, S02E00

Como decíamos ayer (en realidad el jueves, pero esto de citar a los clásicos con coherencia espaciotemporal aún no lo domino del todo), Fernando III bien merece una serie propia. La primera temporada de la misma, o al menos tal y como yo la había planeado, terminaba con una Castilla invadida por Alfonso IX de León, quien estaba dispuesto a ocupar los castillos fronterizos que tantos quebraderos de cabeza habían dado en décadas anteriores.

Mientras tanto, Castilla carecía de rey al haber fallecido Enrique I muy patéticamente y no aceptar buena parte del reino a Fernando y mamá Berenguela, quienes se encontraban cerradas las puertas de las ciudades y el corazón de sus súbditos. No es mal punto de partida para la…


Segunda temporada:

El quid de la cuestión hereditaria castellana radicaba en que, muertos los hijos varones de Alfonso VIII -esto es, los infantes Sancho (en 1181) y Fernando (en 1211), y el rey Enrique I (1217)-, la sucesión recaía en la hija mayor, Berenguela. Con todo, la aristocracia castellana no quería ver a Berenguela ni en murales polícromos y las otras hijas alfonsinas tampoco eran del agrado nobiliar: Urraca era reina de Portugal como consorte de Alfonso II y Blanca era reina francesa tras casarse con Luis VIII, mientras que las otras dos hermanas, Leonor y Constanza, ni estaban casadas ni, por supuesto, tenían hijos varones, si bien Leonor contrajo matrimonio en 1221 con Jaime I de Aragón y Constanza se retiró al monasterio de Las Huelgas ese mismo 1217, ambas decisiones por consejo directo de una Berenguela que procuraba eliminar toda competencia para sí y para su niño.

Fernando III, un mocito imberbe en la catedral de San Antonio (Texas)
Fernando III, un mocito imberbe en la catedral de San Antonio (Texas)

No obstante, la curia regia de Carrión (1188) había dejado claro que “si rex Aldefonsus sine filio masculo superstite obierit, succedat illi in regno filia sua Berengaria“. Clarísimo. Pero yo lo traduzco: si Alfonso VIII muere sin hijo varón debe sucederle Berenguela. Y punto en boca, nobles de Castilla.

Pero como Berenguela no querría más jaleos -bastante tenía con Alfonso IX arrimándose a Valladolid- optó por una solución más conciliadora. Ella, como poseedora de los derechos sucesorios, recibiría la corona para, acto seguido, cedérsela deprisa y corriendo a su hijo Fernando. El principal obstáculo sería la figura de Álvaro Núñez de Lara, quien no sólo andaba malmetiendo a favor del monarca leonés, sino que exigía continuar ejerciendo la regencia de Castilla mientras Fernando fuese menor.

Finalmente Fernando fue proclamado rey en Valladolid, una de las pocas ciudades donde le habían dejado entrar. Las crónicas difieren al respecto. La Crónica Latina de los Reyes de Castilla afirma que, pese a que los nobles reunidos reconocían los derechos de Berenguela, “por unanimidad suplicaron que cediera el reino […] a su hijo mayor don Fernando, porque siendo ella mujer no podría soportar el peso del gobierno”. El arzobispo toledano Jiménez de Rada, en su Historia de los Hechos de España, sostiene que aun siéndole confirmada la propiedad de la corona a Berenguela, “ella, refugiándose en los muros del pudor y de la modestia […] no quiso hacerse cargo del reino”.

Puede que se trate de una declaración apócrifa, pero informado de estos hechos Alfonso IX se limitó a acuñar el ya clásico “Pucela, Pucela, Pucela me la pela”. O eso cuenta la leyenda que me acabo de inventar.

Lo que sí es cierto es que, a pesar de la renuncia de Berenguela al trono, ella se siguió intitulando reina de Castilla. A lo suyo, menuda era. De hecho, el cronista Lucas de Tuy definió a Fernando III como piadoso, prudente, humilde y temeroso de su madre. Y con razón, me atrevo a añadir.

Pero a Alfonso IX le habían curtido varios años de matrimonio con Berenguela y mantenía sus tropas en las fortalezas que había tomado en Ávila y Tierra de Campos. Con los nobles castellanos a brevas, Fernando III y Berenguela se encomendaron a la tarea negociadora de los obispos de Burgos y Palencia, cuya mediación fue ignorada por Alfonso IX. Con su hijo y su ex huyendo a Palencia, Alfonso IX aprovechó para colarse hasta la cocina y se plantó a las afueras de Burgos con intenciones escasamente amistosas.

Alfonso IX
Alfonso IX, lanza en ristre una vez más

El plan del rey leonés consistía en aglutinar no sólo al bando de los Lara, sino a la mayor cantidad posible de nobles castellanos opuestos a Berenguela. Aún así, eligió mal el lugar y el momento, siendo víctima de un troller aux fines herbes. Lope Díaz de Haro, uno de los nobles que lograron engañarle meses atrás para que liberara a su hijo Fernando, se reunió con Alfonso IX y, en nombre de la aristocracia presente en Burgos, le espetó que “el honrrado rey Fernando su fijo non quería pelear”. Traduciendo el testimonio de la crónica de Lucas de Tuy, “”hay que ser muy ruin para buscar gresca con tu propio hijo, Alfonsito, ya te vale”.

Alfonso IX captó la intrínseca complejidad del convulso escenario sociopolítico y, viendo que el percal estaba chungo, ordenó a sus tropas regresar a León. De este modo consiguieron Fernando III y Berenguela entrar en Burgos sin derramar más sangre que la de las morcillas que previsiblemente degustaron. Digo yo.

A pesar de la momentánea retirada de Alfonso IX, la facción de los Lara prosiguió su labor de zapa en el noble arte de sembrar la discordia entre padre e hijo. Eso sí, más puñetero que los Lara es el karma, que no perdona: Fernando III tuvo la fortuna de toparse con Álvaro Núñez de Lara, a quien apresó y obligó a devolver todos sus castillos como forma de sumisión. No se liberó a los Lara hasta que no se firmó una tregua entre ambos reinos, pero meses después, ya en 1218, los Lara volvieron a levantarse contra Fernando III, devastaron la Tierra de Campos y, previendo represalias del monarca castellano, rompieron la plusmarca mundial de declararse vasallos del rey de León para evitar que les partieran la cara.

Tenemos, una vez más, a Alfonso IX hollando con sus soldados los pagos de Castilla. Tras semanas de tensión larvada en las plazas de frontera, Fernando III y su padre suscriben un acuerdo de paz por el que se zanja el eterno pleito de las lindes a cambio de once mil maravedíes. Liberados de esas anteojeras, padre e hijo descubrirán -en un sorprendente cliffhanger de final de temporada- que hay una Reconquista que no se va a hacer sola.

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