Qué y cómo comían los romanos [I]

Lenguas de ruiseñor, morros de nutria, ojos de arenque en gelatina … Los cómics de Astérix y las películas de romanos nos han transmitido una imagen de la cocina romana extremadamente sofisticada y bastante desagradable para nuestros gustos actuales. Es cierto que se nos han conservado numerosas recetas de la época romana que avalan en parte esa imagen, pero desde luego, y como puede imaginarse fácilmente, la dieta de un romano medio no se  basaba en esas «exquisiteces» (ni siquiera la de un romano noble medio). Con esta entrada iniciamos una serie en la que intentaremos explicar de una manera un poco más realista cómo era la alimentación típica de la época romana.

La base de la alimentación eran los cereales y las hortalizas y verduras.  El cereal más consumido era el trigo, mientras que la cebada se reservaba para los animales y sólo se daba a los gladiadores y los soldados cuando se les quería castigar. El trigo se consumía crudo (cuando estaba tierno), macerado o convertido en harina, que se utilizaba para elaborar gachas, panes, pastas y pasteles, de los que existía una enorme variedad. No muy diferente de lo que se hace en la actualidad.

En cuanto a las hortalizas y verduras, tampoco hay grandes diferencias entre la dieta de un romano y la dieta mediterránea actual, con la excepción de que  ellos, por razones obvias, no tenían acceso a patatas, tomates, ni pimientos, todos ellos de origen americano. Así, comían grandes cantidades de legumbres, calabazas, coles y nabos. Acelgas, ajos, cardos, cebollas, lechugas y puerros eran ampliamente consumidos. También comían chirivías, un tipo de raíz comestible parecida a las zanahorias, y zanahorias propiamente dichas, aunque éstas eran muy diferentes de las actuales, las cuales tienen su origen en una variedad desarrollada en los Países Bajos en la Edad Moderna (el color naranja de las zanahorias fue un homenaje de los cultivadores a la Casa de Orange y a la lucha holandesa por la independencia). Además, comían otras plantas que hoy ya no consumimos, como la malva, de las que comían las hojas cocidas y los brotes tiernos en ensalada.

En lo que respecta a las frutas, la estrella eran los higos. No sólo porque frescos proporcionaban el sabor más dulce conocido por el hombre hasta la invención del azúcar refinado, sino también porque podían ser secados y almacenados durante todo el año, hasta el punto de que llegaban a sustituir al pan en algunas zonas montañosas donde era difícil el cultivo de cereales. También hay que incluir entre las frutas a las aceitunas, que eran una parte fundamental de la dieta, ya fueran adobadas o simplemente pasas. Manzanas, peras, uvas y ciruelas eran muy consumidas. Las cerezas fueron introducidas en Roma en el 73 a.C., desde Grecia. De Asia Menor llegaron, en diferentes momentos, los melocotones, los albaricoques, las granadas y los pistachos, y fueron los romanos quienes los introdujeron en el resto de Europa. Al igual que en el caso de las hortalizas y verduras, desconocían algunas muy extendidas en la actualidad, como la naranja y el limón, de origen oriental, o el plátano, de origen tropical, pero consumían otras que hoy casi nos son desconocidas, como el loto (Diospyros lotus), un árbol originario del Cáucaso que produce un fruto cuyo sabor recuerda al de los dátiles y las ciruelas.

Qué y cómo comían los romanos [II]

Fuentes de las imágenes:

1) René Goscinny y Albert Uderzo, La residencia de los dioses.
2) Pan romano con higos, fresco hallado en Herculano.
3) Bodegón con frutas y verduras, fresco hallado en Pompeya.

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