Adeste fideles

Adeste fideles, laeti triumphantes,
venite, venite in Bethlehem.

No, no me he equivocado, sé que no estamos en Navidad. De hecho, odio la Navidad. Pero me encanta Portugal y su historia, ésa que tenemos tan ignorada por una sencilla razón: en España somos tan paletos que preferimos conocer al dedillo el día a día de la Esteban que el nombre de los hijos de nuestros vecinos de escalera. Así que he aprovechado el villancico para hablaros de Juan IV, artífice de la restauración de la monarquía portuguesa en 1640.

Juan IV nació en 1604. Era hijo de los duques de Braganza, Teodosio II y la noble española Ana de Velasco y Girón, y entre sus ancestros se hallaban varios reyes lusos por esas cosillas de la endogamia que luego te habilitan para reclamar un trono. Sin embargo, en aquellos momentos Portugal era gobernada por los reyes de España (los Felipes II, III y IV nuestros, que para los portugueses son I, II y III) y la inquietud monárquica pendía del hilo del sebastianismo, tan irreal y absurdo que aún hoy sobrevive, si bien todo el embrollo de Sebastián I, el V Imperio y la chufa de línea sucesoria de la corona portuguesa bien merece un artículo propio que no será éste. Dicho queda.


Natum videte, Regem angelorum,
venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum.

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

Un detalle del Castillo de Braganza (Foto del autor)

La casa ducal de Braganza, nacida en la Edad Media en la bella ciudad homónima y cuyo eje de poder se había trasladado a Vila Viçosa, fue desde el principio una de las mejor situadas para reemplazar a la extinta dinastía de Avis. Y bien por ellos, porque si querían oponerse a los españoles algo habría que hacer mientras Sebastián I se decidía o no a regresar, el señorito, que vaya horas y encima oliendo a tabaco negro y alcohol barato.

El abuelo de Juan IV, el también duque Juan I de Braganza, había intentado que se reconocieran tanto sus derechos como los de su esposa Catalina de Avis, nieta del rey Manuel I. No tuvo éxito, como tampoco lo tuvo su hijo, el citado Teodosio II, que había consumido su cuota de suerte en vida sobreviviendo con sus tiernos diez añitos a la desastrosa batalla de Alcazarquivir y posterior presidio en Marruecos.

Fue Juan IV, ya en 1640, quien logró ser designado rey de Portugal. Lo hizo, además, siguiendo la moda imperante aquel año en los dominios de Felipe IV, esto es, liándola bastante parda.

 


En grege relicto, humiles ad cunas,
vocati pastores adproperant.

Parecía que Juan IV estuviese predestinado a armar jaleo, aun sin pretenderlo demasiado. Se había casado con Luisa Francisca de Guzmán, hija del duque de Medina Sidonia y nieta también del duque de Lerma (para los despistados, valido de Felipe III y santo patrón de la corrupción urbanística); asimismo, era prima lejana del Conde-Duque de Olivares -para los despistados de antes, valido de Felipe IV-, quien había concertado el matrimonio para atar ambas casas ducales y evitar posibles insurecciones. Era avispado el Conde-Duque, sí. Avispadísimo. Por partida doble.

Juan IV vs Felipe IV: FIGHT!

Juan IV vs Felipe IV: FIGHT!

1640 fue un año calentito. A la típica sucesión de guerras de los Austrias se le había unido una crisis galopante y, por consiguiente, el creciente descontento de la población. Debido a la incapacidad de la corona hispánica para encontrar soluciones (o, mejor aún, soluciones que todos aceptaran), las revueltas en los diferentes territorios no tardaron en llegar. La más temprana fue la de Cataluña, a la que se sumaron las de Portugal y Andalucía y, años más tarde, las de Nápoles y Sicilia. Y  todo esto con media Europa dando por saco con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Un no parar de disgustos a Felipe IV, oigan, que bastante tenía con cazar, folgar y posar para Velázquez.

Juan IV, todo sea dicho, no era la persona más beligerante del mundo, ni siquiera de su barrio. Era un hombre tranquilo, si bien la nobleza y la burguesía portuguesas anhelaban que se postulara como candidato al trono y zanjara la dominación española. Asimismo, su esposa le habría ido minando la moral, sobre todo desde que su hermano, Gaspar Pérez de Guzmán, había heredado el ducado de Medina Sidonia y soñaba con metas todavía más altas. El típico cuñado brasas que no te suelta hasta que no le hagas caso, en plan “Juanito, illo, no preocuparse, tú hazme caso que es lo que se lleva, tú fíate de mí, que sé de lo que me hablo”.


Et nos ovanti gradu festinemus,
venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum.

No le faltaba apoyo social a Juan IV, aunque él, de espíritu más reposado, prefería aguardar un mejor momento. No obstante, el progresivo empuje le hizo aceptar el liderazgo de la rebelión de los nobles, primero clandestina y finalmente pública. Tras meses de conspiraciones en la sombra -como todas las buenas conspiraciones-, el 1 diciembre de 1640 decenas de nobles entraron en el desaparecido Palacio Real de Lisboa, defenestraron a Miguel de Vasconcelos, secretario de Estado, y apresaron a la duquesa de Mantua, prima de Felipe IV y virreina de Portugal.

A Juan IV estos acontecimientos le pillaron en Vila Viçosa. Mientras por Portugal se propagaba la noticia, Juan IV se encaminó a Lisboa, donde fue proclamado rey el 15 de diciembre. A su lado se hallaba Luisa Francisca de Guzmán, tan henchida de orgullo y ajena a los peligros futuros que sus palabras se hicieron eternas: “Mejor ser reina por un día que duquesa toda la vida”. Con el bonus de que no todos los días se funda una nueva dinastía, ciertamente.

Arrancaba así la larga Guerra de Restauración (1640-1668), un nuevo frente para la España de Felipe IV. Dentro de lo que cabía, Juan IV de Portugal podía estar medianamente tranquilo: la guerra en sí fue, sobre todo al principio, una serie de escaramuzas en las fronteras y las batallas no llegarían hasta mucho después, cuando en realidad la corona lusa no estaba tan amenazada. Y además, como en cualquier cena familiar, no tardaría en aparecer el cuñado procurando aprovecharse.


Aeterni Parentis splendorem aeternum,
velatum sub carne videbimus.

El duque de Medina Sidonia, Gaspar Pérez de Guzmán, había comandado en 1637 las tropas leales al rey en la pacificación del Algarve; le auxiliaba en tal tarea su primo, Francisco Antonio de Guzmán, marqués de Ayamonte. Esta acción no le impidió, como vimos, entablar conversaciones con su cuñado Juan IV para su decisivo levantamiento, más que nada porque Gaspar Pérez de Guzmán (incitado por su hermana y su primo) albergaba la misma esperanza: una insurrección que independizase Andalucía con él como monarca porque oye, que si España estaba hecha unos zorros qué más iba a dar una nueva pérdida territorial.

Retrato del Duque de Medina Sidonia

Retrato del Duque de Medina Sidonia

El problema es que Andalucía, como se observa en cualquier mapa, no es Portugal. Desde el siglo XIII Andalucía pertenecía a Castilla (el núcleo de la corona de Felipe IV, el reino que cargaba con la mayoría de los esfuerzos tributarios y militares) y, obviamente, no existía en nobleza o pueblo llano ese sentimiento de ocupación que se daba en Portugal. Por no decir que Gaspar y su primo fueron algo torpes.

A poco de rebelarse Juan IV, el Conde-Duque mandó al duque de Medina Sidonia que concentrara en Ayamonte un ejército con el que invadir el sur de Portugal. Para no perjudicar a su cuñado, que estaba al tanto de todas las operaciones y se había comprometido a ayudarle, Gaspar Pérez de Guzmán obedeció la orden, pero remoloneando: rechazó diez mil soldados por una presunta falta de preparación y sólo se rodeó de trescientos hombres. Si este pasotismo ya era de por sí descarado, la prueba fehaciente de la conjura fue la captura de una carta secreta del marqués de Ayamonte dirigida a Gaspar Pérez de Guzmán. Mal pintaba el asunto. Rematadamente mal.


Deum Infantem, pannis involutum,

venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum. 

El duque de Medina Sidonia reaccionó como un niño pequeño, esto es, le echó la culpa al marqués de Ayamonte tachándolo de traidor y le pidió perdón al rey. Y le funcionó: el marqués de Ayamonte fue juzgado, encarcelado y ejecutado (allá por 1648) y el duque de Medina Sidonia sólo fue condenado a no retornar a sus posesiones andaluzas y a donarle a la corona Sanlúcar de Barrameda y una importante cantidad monetaria.

Con todo, y para demostrar su contrición y congraciarse con Felipe IV, a Gaspar Pérez de Guzmán se le ocurrió algo más descabellado: retar a un combate a Juan IV. El duque esperó a su cuñado en Valencia de Alcántara (Cáceres) durante ochenta días, del 1 de octubre al 19 de diciembre de 1641. Como era de prever, Juan IV no hizo acto de aparición, que sería rey de Portugal pero no gilipollas. Hasta ahí podíamos llegar.

Es más, pongámonos en el pellejo de Juan IV y hagamos como si el duque no existiera; a fin de cuentas, el resto de su vida no fue tan divertido. Centrémonos de nuevo en Juan IV, en su guerra contra España y en sus niños, que eran todo amor.


Pro nobis egenum et foeno cubantem,

piis foveamus amplexibus.

La muerte de Juan IV en 1656 no supuso el final de la guerra. Dado que su hijo Teodosio, Príncipe de Brasil (o sea, el heredero), había fallecido tres años antes, el trono recayó en su sexto vástago, coronado como Alfonso VI. Fue su madre, la reina Luisa, quien asumió la regencia, dado que Alfonso VI sólo tenía trece años y no sólo estaba en plena edad del pavo, sino que encima era algo tontito. Entre sus aficiones estaban las peleas callejeras, seducir monjas y correrse sus buenas juegas por la noche lisboeta trayendo a su madre por la calle de la amargura.

Popularmente apodado “El Victorioso” por derrotar a los españoles en la batalla de las Líneas de Elvas (1659), Alfonso VI se hizo cargo del gobierno en 1662. Se casó por poderes con María Francisca de Saboya en 1666, quien nada más llegar a Lisboa y comprobar el percal le dispensó no sólo la quizás mayor cobra de la Historia, sino también una espléndida puñalada trapera al pedir (y obtener) la nulidad matrimonial acusándolo de impotencia para, poco después y con el beneplácito de las cortes lusas, contraer segundas nupcias con su antiguo cuñado y hermano menor de Alfonso VI, el infante Pedro.

Alfonso VI, María Francisca de Saboya y Pedro II: Triángulo de Amor Bizarro

Alfonso VI, María Francisca de Saboya y Pedro II: Triángulo de Amor Bizarro

La feliz parejita no se detuvo ahí, sino que en cuanto pudo le pegó la patada a Alfonso VI: en 1668 lo desterraron -primero a las Azores, luego a Sintra- y, con el apoyo de los nobles, Pedro fue nombrado regente en su nombre. Sólo en 1683, cuando falleció su hermano, pudo ser coronado como Pedro II. Pero ésa es otra historia.


Sic nos amantem quis non redamaret?,

venite adoremus, venite adoremus, venite adoremus Dominum.

Palacio Ducal de Vila Viçosa (Foto de Paulo Alburquerque)

Palacio Ducal de Vila Viçosa (Foto de Paulo Alburquerque)

Y entonces, ¿a qué viene el Adeste fideles? Ah, eso, sí. Más arriba dejé escrito que Juan IV de Portugal era de todo menos un broncas. Él se inclinaba más por las artes que por la política: suya era una de las más selectas bibliotecas del mundo e incluso fundó una escuela de música en Vila Viçosa. Fue allí, en su imponente palacio ducal, donde se encontraron dos manuscritos del Himno portugués, título por el que se conoció durante muchos años el Adeste fideles. Los mencionados manuscritos databan de 1640 y Juan IV era apodado “el Rey Músico”: blanco y en botella.

Así que recordad, cuando lleguen las Navidades, que ese infame villancico que os martiriza en el hilo musical de los centros comerciales probablemente sea obra de un rey portugués y que, como me gusta pensar, es la cruel y centenaria venganza de nuestros vecinos por esos sesenta años que España les gobernó.

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