El naufragio del Batavia

Corría el año 1629 cuando el Batavia, uno de los grandes barcos de la holandesa Compañía de las Indias Orientales, chocó mortalmente con los arrecifes de las islas Abrolhos frente a la costa oriental de Australia. Mientras el sobrecargo, el patrón y algunos hombres leales intentaban alcanzar las costas de Java para reclamar la ayuda de la Compañía, los supervivientes restantes quedarían a merced de la perversa voluntad del ayudante de sobrecargo, Jeronimus Cornelisz.

La Compañía de las Indias Orientales era una compañía por acciones creada en  1602 por los Estados Generales de Holanda que centralizaba bajo un monopolio el comercio de esta nación con las Indias. Durante dos siglos, la Compañía experimentó un crecimiento e importancia enormes tanto económica como políticamente. Tal era su poder que llegó a adquirir poderes cuasi gubernamentales  como declaraciones de guerra, prisión y ejecución de convictos, negociación de tratados, acuñación de moneda y establecimiento de colonias.

El viaje de la doncella

El Batavia fue construido por encargo de la Compañía en 1628 en los alrededores de Amsterdam. Su primer viaje, lo que los marineros llaman “Viaje de Doncella”, se inició a finales de octubre de ese año. Bajo el mando del sobrecargo Francisco Pelsaert y el patrón Ariaen Jacobsz, el Batavia iniciaba su larga ruta de 8 meses hasta Java, donde cargaría sus bodegas con especias y otras mercancías de valor. En sus cubiertas se hacinaban casi trescientas personas, casi 200 marineros a los que había que sumar un puñado de pasajeros distinguidos (un predicador calvinista, una joven que iba al encuentro de su esposo y otros personajes), un grupo de mercenarios alemanes contratados por la Compañía para proteger sus intereses en Java, y unas quince mujeres, algunas con niños de pecho, que habían sido subidas a bordo como polizones  y que engrosarían las listas de pasajeros con dos bebés nacidos a bordo.

El sobrecargo contaba con un ayudante, un ex boticario llamado Jeronimus Cornelisz, que se había enrolado con la intención de, se sabría más tarde, huir de la justicia holandesa por su relación con un herético pintor llamado Torrentius.

La noche del 3 al 4 de Junio de 1629, el largo viaje del Batavia llegó prematuramente a su fin. Debido a los problemas de la época para determinar la posición en el mar (determinar la longitud no fue posible hasta el siglo XVIII), el barco se empotró contra el arrecife de las islas Abrolhos frente a la costa oriental de Australia, un conjunto de 122 islas (islotes apenas) muy lejos de la ruta que pretendían seguir.

Las primeras horas de naufragio fueron un caos. Aunque el barco no se había hundido, gran parte de la tripulación se sumergió en una espiral de excesos fruto de la desesperación. Se asaltaron las reservas de alcohol y se disfrazaron con la ropa elegante de sus pasajeros. Sin embargo al despuntar el día, la situación pareció inspirar al menos un mínimo de esperanza. Llegar a los islotes de Abrolhos era tarea fácil con las dos embarcaciones auxiliares con las que contaba el Batavia y a ello se entregaron el Patrón y el Sobrecargo, desembarcando a las algo más de 180 personas supervivientes. Aunque 70 personas se resistirían a abandonar el barco y varias de ellas morirían cuando finalmente este se hundiera al cabo de unos días.

La situación, sin embargo no dejaba de ser desesperada. Un examen rápido y superficial del “archipiélago” les llevó a creer que las islas no contaban con agua potable de tal forma que Pelsaert y Jacobsz decidieron tomar a los marineros más experimentados y las dos embarcaciones (que a duras penas habrían podido transportar a 50 personas) y emprender una dura travesía hasta Java en busca de ayuda. Cuando quisieron darse cuenta, el grueso de los supervivientes veían cómo este grupo se marchaba sin ellos 4 días después del naufragio.

La hora más cruel

Tras la marcha de los dos jefes de la embarcación tan sólo quedaba en la isla un miembro de la Compañía, el ayudante del sobrecargo, Jeronimus Cornelisz. Los supervivientes que habían quedado atrás, pronto tomaron al ex boticario como la única figura de autoridad ofreciéndole el puesto de presidente del consejo formado para dirigir a la improvisada comunidad.

A medida que pasaba el tiempo, se iba desvelando la personalidad cruel de Jeronimus Cornelisz. Junto con una veintena de hombres a los que había ido ganando para su causa, se hizo con el control de la comunidad. Para ello, no dudó en repartir a los supervivientes por varios islotes con la excusa de mejorar sus condiciones de vida, limitar el acceso a los botes y balsas construídos improvisadamente por los carpinteros que aun había entre los náufragos, guardar para sí y los suyos las escasas armas de fuego rescatadas del pecio y controlar los suministros con los que contaban.

En realidad, Cornelisz fraguaba en su mente una idea: crear un grupo que tomara el control de un hipotético barco de rescate. Y para llevar a cabo esta idea, el número de supervivientes debía reducirse, asegurando así, que los que quedaran le fueran fieles. Para ello, trabajo con denuedo: montó farsas de juicios sumarios y ejecuciones bajo acusaciones de robo de los suministros, y separó a grupos enteros con la intención de que murieran de hambre y de sed.

A medida que se sentía más seguro de su poder, disminuía su recato. Los hombres de Cornelisz comenzaron a llevar a cabo asesinatos de forma descarada. Las mujeres supervivientes eran violadas y obligadas a ejercer de concubinas. Los débiles y los heridos fueron ejecutados. El resto de supervivientes, atemorizados, se convirtieron en marionetas cómplices y la cuadrilla de Cornelisz los obligaba a cometer asesinatos so pena de ser víctimas ellos de su violencia. Como ejemplo, el predicador que mencionabamos antes, servía la mesa de Cornelisz a pesar de que éste había matado a sus hijos y su subalterno amancebaba a su hija.

Algunos hombres buenos

El terror se había instalado en la isla en la que la mayoría de los supervivientes aun estaba refugiados. Pero uno de los grupos separados por los hombres de Cornelisz se transformó en un faro de esperanza.

Un grupo de soldados y marineros, liderados por un soldado raso llamado Wiebbe Hayes, que había sido abandonado por el ex boticario en la llamada Isla Alta, había descubierto en lo que parecía ser una isla hostil, una profusión de pozos de agua. Además, la isla contaba con un gran número de canguros de una especie dócil y cuya carne les aportó una cantidad indispensable de nutrientes.

El grupo de Hayes se convirtió, amen de su situación privilegiada, en un foco de atracción para el resto de personas que se encontraban bajo el yugo de Cornelisz. Y aunque los hombres de Cornelizs intentaron tomar al asalto la isla con las pocas armas de fuego que les contaban, la buena dirección de Hayes, pese a no contar más que con primitivas armas improvisadas, les permitió rechazar sus ataques. No sé dejarlo claro de otra manera: Este tipo era un héroe.

El 17 de septiembre de 1629, tras haber sido capturado ya Cornelisz en uno de esos ataques, los sádicos de la isla principal intentaron un nuevo ataque. Esta vez, bajo una nueva dirección, el ataque se llevó a cabo de forma más sistemática y parecía que podría haber tenido éxito. Tan sólo la llegada de un barco de rescate puso fin al terror que se había instalado en Albrohos.

El final de la pesadilla

Mientras la gente de las islas Albrohos sufrían el yugo del ex boticario Cornelisz, los hombres del sobrecargo Francisco Pelsaert y el patrón Ariaen Jacobsz alcanzaron la costa de Java tras un mes de penosa navegación en el que, pese a haber padecido hambre y sed, todos sobrevivieron.

Pelsaert hizo el viaje de vuelta rumbo al naufragio del Batavia en el balandro Sardam aunque, una vez más, las dificultades de la época para situar la posición de un barco en el mar, complicó el viaje. El Sardam tardó 20 días en llegar a las Albrohos y otro mes en localizar las islas en las que habían encallado.

Al llegar a las islas, Pelsaert y los hombres que traía con él ajusticiaron a Cornelisz (al que le cortaron las manos y ahorcaron) y a algunos de sus hombres más exaltados (a los que sólo ahorcaron) tras someterlos al procedimiento habitual de pesquisas de la justicia holandesa: el tormento en la rueda; después encadenó al resto, rescató a los supervivientes y trabajó con esfuerzo para recuperar la preciada carga del Batavia.

El 15 de noviembre de 1629, el Sardam puso finalmente rumbo a Java con 70 supervivientes entre los que se contaban 16 de los criminales del grupo de Cornelisz. La noticia de los horrores del Batavia tuvieron una gran repercusión en Europa y la historia se publicó en un panfleto con el título de “El infortunado viaje del velero Batavia (Ongeluckige voyagie van ‘t schip Batavia) en 1647.

¿Deseas saber más?

Leys, Simon: Los náufragos del Batavia. Anatomía de una masacre. Editorial Acantilado, Barcelona, 2011.

Dash, Mike: La tragedia del Batavia. Lumen, Barcelona, 2003.

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3 pensamientos en “El naufragio del Batavia”

  1. Genial historia, que, como he repetido en varios lugares me recuerda mucho a la “ficción” del Señor de las moscas. No la conocía, pero, a partir de hoy, no la olvidaré.

    Muchas gracias Christian por compartirla con nosotros. :)

      1. La verdad es que sí, da para una película… que de cosas con menos chicha se han hecho.

        Interesantísima historia, Christian.

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