Incierto se presenta el reinado de Rodrigo: La Venganza

Si hace tres meses les puse en antecedentes contándoles la llegada de los musulmanes a Hispania, qué menos que cerrar el círculo con unos parrafillos acerca de la batalla de Guadalete, que acaba de cumplir 1.300 años y, según parece, se conserva tan fatalmente que nadie se ha hecho eco de su efeméride. En fin, y esto lo escribo remangándome, tendré que hacerlo yo.

Habíamos dejado a Tariq y sus tropas aguardando a Rodrigo, cuyas dotes como vidente eran más que dudosas. Como ya apunté, no está claro si Tariq había venido solamente a luchar para los witizanos (o agilenses, siendo estrictos, aunque todos nos refiramos a ellos como witizanos), a invadir Hispania o a hablar de su libro. Sí sabemos que recibió cinco mil soldados de refuerzo enviados por su superior, Muza, y que muy probablemente entabló conversaciones con los rivales del rey visigodo porque -uh, vaya lío- los enemigos de sus enemigos eran sus amigos, más aún cuando la Hispania visigoda vivía en un verdadero clima de guerra civil.

 

Maniobras visigóticas:

"Don Rodrigo en la Batalla de Guadalete" de Marcelino de Unceta y López (1858)
"Don Rodrigo en la Batalla de Guadalete", de Marcelino de Unceta y López (Fuente: "El País")

El desembarco de Tariq en las costas gaditanas pilló a Rodrigo en Pamplona, donde trataba de sofocar la enésima revuelta de los vascones. De hecho, no se enteró de la invasión hasta muchos días después, tal vez por culpa de la huelga de palomas mensajeras o la falta de cobertura en el móvil. Sea como fuere, el monarca no pudo encaminarse hacia el sur hasta finales de la primavera, fijando en Córdoba el lugar de reunión de su ejército.

El problema para Rodrigo no estribaba únicamente en los miles de mocetones que comandaba Tariq, sino en los puñales, cuchillos y machetes que volaban a sus espaldas. Porque los witizanos habrían llamado a los musulmanes y facilitado su entrada en la Península Ibérica, pero la mayoría de esos mismos witizanos, al mismo tiempo, habían acudido a Córdoba para mostrarle a Rodrigo su apoyo en un paripé tan fastuoso que dejaba lo del beso de Judas en una simple traición nivel usuario.

Al menos hubo un witizano que fue de frente sin perder la dignidad. La dignidad eclesiástica, digo, porque se trataba de Oppas, el arzobispo de Sevilla, hermano del difunto rey Witiza y tío de Agila, candidato fracasado al trono visigodo. Supuestamente Oppas habría mediado entre el sector witizano y los musulmanes, si bien Rodrigo no estaba al tanto de eso. O no quería estarlo. O no era muy despierto y no parecía enterarse de qué estaba sucediendo a su alrededor, puesto que ordenó a los hijos de Witiza que comandaran los flancos del ejército visigodo.

Un aplauso para Rodrigo, por favor: pocos reyes han sido más tontos en la Historia.

 

La batalla de Guadalete. En sí. Propiamente dicha:

De entrada, y para ahorrarnos tiempo, aceptemos dos hechos más o menos establecidos por el colectivo medievalista: que la batalla se libró entre los días 19 y 26 de julio y el choque se produjo cerca del río Guadalete, el Wadi Lakkah de las fuentes islámicas. Allí esperaba Tariq con unos doce o quince mil soldados, siendo los visigodos unos cuarenta mil -con un tal Don Pelayo por allí-, aunque todas estas cifras no son más que unas estimaciones aproximadas y matizando los cálculos de las crónicas, bastante tendentes a la exageración.

El orgullo del ejército godo era su caballería pesada, quizás la más poderosa de la época. Confiado, Rodrigo ordenó atacar a los musulmanes, previendo un rápido desenlace. Y no. Entre las dudosas capacidades militares del monarca visigodo (recordemos que no había podido sofocar a los vascones), su relativa escasez de carisma y las conspiraciones witizanas la batalla se alargó más de lo deseado para Rodrigo y sus partidarios.

En el otro bando, no obstante, estaban encantados con el devenir de los acontecimientos. La caballería musulmana, más ligera y muy inferior en número, había logrado resistir el embate inicial y, de paso, aprovechó su movilidad -sobre todo, la de sus arqueros a caballo- para hostigar a los godos con pequeñas escaramuzas que no inclinarían la balanza de la victoria hacia ningún lado pero que, como decía Gila, “hombre, no matan, pero desmoralizan”.

"La Batalla de Guadalete", de Salvador Martínez Cubelles
"La Batalla de Guadalete", de Salvador Martínez Cubelles (Fuente: Ministerio de Cultura)

Faltaba, por tanto, un punto de inflexión que decantara la batalla. Las alas del ejército godo, que hasta entonces habían pasado desapercibidas y apenas habían participado, resolvieron pasar a la Historia y no precisamente por su ardor bélico. Más bien al contrario. Las tropas lideradas por Agila y su hermano Sisberto, donde también se hallaba el núcleo duro witizano, Oppas inclusive, ejercieron una práctica tan antigua como expresiva es su palabra: defección. Que suena a cagar, vale, pero que realmente significa salir pitando y dejar a Rodrigo con el culo al aire, nunca mejor dicho.

Expuesto en el campo de batalla y abandonado por los mismos enemigos a quienes -otro aplauso- les había otorgado amplios poderes, Rodrigo no pudo evitar el mayor de los descalabros. Eso, lógicamente, implicaba perder su caballo, su reino y su vida, pese a que jamás se encontró su cuerpo y se rumoreó que logró huir a Viseu; la leyenda, más morbosa, cuenta que se metió en la tumba de la violada Florinda recitando los versos “ya me comen, ya me comen / por do más pecado había” para aludir a esos gusanillos que le estaban devorando sus reales gónadas.

 

El rey ha muerto. ¿Viva el rey?:

Monedas acuñadas por Agila II
Monedas acuñadas por Agila II (Fuente: www.maravedis.net)

Con Rodrigo desaparecido, la corona visigótica recaía sobre Agila (ahora sí, Agila II), que por algo liaron la que liaron él y sus partidarios. Ésa era la teoría y, como rey, Agila II llegó a acuñar moneda en el noreste de Hispania. Hasta ahí bien, gracias.

La práctica, en cambio, introdujo en el plan elementos no deseados. Ya comenté que, lejos de limitarse a ser unos mercenarios cualesquiera, los musulmanes tenían más que meditada la invasión de Hispania como mera continuación de su avance por el Magreb. Y entre que el ejército visigodo había sido desmantelado y que sí, oye, que ellos habían venido a jugar y no querían la Ruperta, qué menos que intentar rematar la faena, de ahí que se encaminaran hacia la capital visigótica, Toledo.

Tariq alcanzó Toledo con la batalla de Écija como único escollo, donde derrotó a las recompuestas milicias que habían defendido a Rodrigo. Una vez en Toledo, Tariq hizo tiempo hasta que Muza cruzara el Estrecho para ejemplificar los clásicos “donde hay patrón no manda marinero” o “unos cardan la lana y otros se llevan la fama”. La llegada de Muza se produjo en el 712, acompañado por casi veinte mil hombres que tomaron la mayoría del sur peninsular sin apenas esforzarse (obviando los meses que Mérida resistió el asedio islámico). En el 713 por fin Muza se reunió con Tariq para trazar las líneas generales de la conquista de Hispania, que se había basado y basaría en dos pilares: los favorables pactos con las más que dispuestas oligarquías locales -caso del tratado de Tudmir- y, en mucha menor medida, las armas.

Pero volvamos a nuestros godos. A esas alturas de la película, a Agila II no se le quitaría de la cara un rictus de estupefacción permanente; no sólo los musulmanes se habían excedido en las capitulaciones iniciales, sino que encima sus súbditos no dudaban en aprovechar las ventajosas condiciones ofrecidas por los invasores. Se cree que Agila II marchó a Toledo para que Tariq y Muza le explicaran qué estaba pasando, pero éstos le remitieron a Damasco, por lo que a Damasco se fue Agila II a hablar con el califa Walid I, el mismo que tiempo atrás les advirtió a Tariq y Muza de que ni se les ocurriera invadir Hispania. Imagínense ustedes la conversación y añádanle insultos y jocosos malentendidos.

Tariq y Muza, sabedores de la bronca que les espera en Damasco
Tariq y Muza, sabedores de la bronca que les espera en Damasco

Esta charla acarreó dos consecuencias. En primer lugar, Agila II renunció al trono de Hispania nada más volver, recayendo éste en un Ardón que se atrincheró sin mucho éxito en la Septimania. Por otro lado, el chivatazo provocó que Walid I llamara a consultas a Muza y Tariq, que para el 714 ya habían incorporado al califato buena parte de la Península Ibérica. Tariq regresó a Damasco de inmediato, pero Muza remoloneó durante un año para poder fundar un emirato que gobernara al-Andalus: con capital en Córdoba, lo hizo depender del califato omeya y nombró emir a Abd al-Aziz, su propio hijo, a quien (buscando mayor legitimidad, recochineo y deleite de la prensa rosa) casó con Egilona, la viuda de Rodrigo.

No hay mejor forma para terminar, ni tampoco para ilustrar el fin de una época que enlaza con el inicio de otra, quizás la que más haya marcado el resto de nuestra Historia.

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