Si no hay lomo…

Antes de comenzar, querría pedirles perdón por algo bien sencillo: no son contemporaneísta. También pediría perdón por escribir contemporaneísta en cursiva, porque es una palabra de plena aceptación en el mundillo de los historiadores, pero se ve que nuestro mundillo es pequeño porque la RAE no ha oído hablar de él. Y si la RAE no admite una palabra, servidor que la pone en cursiva, así de estricto soy.

El asunto es que, pese a no ser contemporaneísta, tengo un papelito que certifica que soy licenciado en Historia. En toda la Historia. Es como los diplomas de los cursos de natación, que pregonaban que estabas capacitado para nadar, pero no decían donde y se lavaban las manos si con ocho años querías cruzar el Atlántico. Así que, si me permiten el símil, me disfrazaré de contemporaneísta y, con todo el cuidado del mundo, evitaré irme a lo hondo, donde no me cubra.

A fin de cuentas, a cualquiera le gusta la Historia Contemporánea, al menos la del siglo XX (a mí es que el XIX, quitando momentos puntuales, me parece de un tedio magnífico). Y yo tuve mis escarceos con ella, interesado como estoy en el tema de la memoria histórica, de lo cual hablaré en otro día si mis jefes en este blog me lo permiten y si termino de arrancar con este artículo.

Retrocedamos en el tiempo en busca de la mina de oro del cine español, esto es, hasta la Guerra Civil y anexos, una época más turbulenta que la política de alcoba de Isabel II (de España, de la del Reino Unido prefiero no preguntar). Sin embargo, hay anécdotas capaces de romper la infinita rutina de salvajadas y atropellos cometidos en aquellos años y, en menor medida, de sacar una sonrisa a quienes se hallen investigando sobre la materia.

Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)
Aceuchal, 1922 (Fondo Fotográfico Fernando Garrorena, Diputación de Badajoz)

El hambre, ese jinete del apocalipsis que antaño cabalgaba por nuestros campos, agudiza el ingenio. Pero cuando uno se comería hasta los baldosines de las calles una cosa es ser ingenioso y otra bien distinta es ser un idiota redomado: prueba de ello es el documento que hoy traigo a colación, y nunca mejor dicho, encontrado por quien esto escribe en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, antiguo Archivo de la Guerra Civil.

Estamos en febrero de 1936, en el pueblo de Aceuchal (Badajoz), famoso no por sus vinos -y eso que pertenece a la Tierra de Barros-, sino por sus ajos. Tras ganar las elecciones el Frente Popular, cohortes milicianas recorren la región causando tumultos en diversas localidades, entre ellas Aceuchal: mil cien milicianos irrumpen en una población de cinco mil habitantes y, a su manera, la lían parda, tal y como demuestra el informe que expongo a continuación.

“Qué han destruidos (sic):
Iglesias: Ninguna.
Conventos: Ninguno.
PUENTE: Intentaron volar el que existe en esta carretera a Badajoz, entre esta villa y Villalba de los Barros y por falta de pericia dinamitera, sólo consiguieron ligeros desperfectos.
Domicilios particulares: Ninguno.
Comercios y almacenes: Ninguno asaltaron en masa. Sí se dedicaron algunos a exigir en los establecimientos alpargatas, gorras, calcetines, pañuelos y otros útiles. En casas particulares, varias veces exigieron comida prefiriendo siempre con exigencia jamón, lomo etc., rechazando cuando alguien les facilitaba chorizo, morcilla o tocino“.
(Archivo de la Guerra Civil, P. S. Extremadura, leg. 24, nº 54, fol. 1; la cursiva es mía).

A situaciones tan delirantes como la anterior conducía la jambre a los extremeños. ¿Hambrientos? Como Carpanta. ¿Pobres? De solemnidad. ¿Cafres? Y garrulos, si nos ponemos. Pero con una moraleja para la infancia: si no hay lomo… asaltad a quienes lo tengan.

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9 pensamientos en “Si no hay lomo…”

  1. Pues yo sí soy contemporaneista de esas, pero para el caso… vamos, que esto no es cuestión de épocas, es cosa de la naturaleza humana, que cuando se ha acostumbrado al magret de pato y al caviar no vuelve a las lentejas y a la morcilla de arroz.

    Por cierto, ¿te sabes el caso de las “treguas” para intercambiar tabaco por papel de fumar? Es que cuando hay necesidad…

    L.

    1. Es cierto, L., eso de que al ser humano le cuesta volver a la pobreza habiendo probado según qué manjares. Sin embargo, dudo mucho que los milicianos estuvieran acostumbrados al lomo y al jamón; más bien me los imagino pensando “ya que vamos a comportarnos como una turba furiosa (y bastante torpe), qué menos que pedir lo más exquisito”.
      Y no, no conocía esas “treguas”. Pero no me sorprenden en absoluto.

      1. Yo también pienso que es más cosa del poder “de facto” que podían ejercer sin saber ni siquiera lo que significaba que otra cosa.

        En la Guerra Civil hay cosas curiosas, como los mensajes que se mandaban con los menús de cada lado, cuando todos pasaban más hambre que la leche, o cómo coincidían los mandos opuestos en los prostíbulos de los pueblos cercanos a la batalla.

        1. Por eso mismo películas como “La Vaquilla”, que podrían parecer un sainete totalmente alejado de la realidad, son uno de los mejores reflejos de las guerras.
          A fin de cuentas, la guerra es la más absurda de las situaciones. Normal que lo absurdo campe entonces a sus anchas.

  2. Pues fíjate, que si Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde se hubiera quedado en Jaime de Andrade lo mismo nos habríamos ahorrado una guerra civil y Hollywood habría ganado un guionista.

    PD: no.

  3. Soy de Aceuchal y siempre se me escapaba algo en esta historia…
    Si eran tan fieros como me los pintaban, ¿cómo era posible que se conformaran tan pronto con lo que les daban?
    Porque en todos los casos y casas que me lo contaron era lo mismo: llegaban amenazando pero al final aceptaban todas las razones de la familia en cuestión (soy viuda y no tengo más que esto, no tenemos más que esto…) y ellos cogían lo que había a mano y se lo llevaban sin hacer daño a nadie. A veces sólo con pan

    La mayoría de la gente tenía escondidos los lomos y salchichones. Tampoco había tantos jamones porque es de donde salen los chorizos y salchichones, claro

    1. Gracias por tu comentario, Ana. Acerca de tu versión de los hechos (o la versión que escuchaste de los hechos), ten en cuenta que una cosa es el informe oficial -el que he rescatado del archivo y presento en el artículo-, otra cosa es la transmisión oral de lo sucedido y una tercera es la realidad de lo que pasó esos días.
      Mi opinión es que el león no sería tan fiero como lo pintaban (mil cien milicianos son una barbaridad y, si hubiesen querido, podrían haber tomado cuanto quisieran del pueblo) y que sí, que preferirían jamones o lomos, pero que muchas veces se tendrían que conformar con lo que hubiese a mano, como bien apuntas.

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