Sobre la Reconquista: el exabrupto final

Yo les pregunto: ¿quién dijo que algo de tan rancia consideración como la Historia debía llevarse mal con las modernísimas redes sociales?
Yo les respondo: no lo sé, pero no podía estar más lejos de la realidad.
Y yo les explico: tras cierto tüit escrito por un servidor hace año y pico se desató en mi Féisbuq una pequeña tormenta metodológico-historiográfica que requeriría mayor atención y una reflexión tirando a profunda. Pero, por desgracia, sólo me ha salido lo que viene a continuación.

Prefacio:
Hasta que murió Franco, año arriba año abajo, se entendía por Reconquista ese trabajillo que, a tiempo parcial, caracterizó la Edad Media peninsular. Pero los historiadores, que tienen (tenemos) la bendita y puta manía de dudar de todo, replantearon (aquí no me incluyo porque ni había nacido ni había profesado aún) el concepto y la etimología del vocablo en sí.
[No hubo agallas, si me permiten la expresión y el inciso, de renegar de la propia acción de la Reconquista, factor que habría conllevado titánicos denuedos y más de una maldición para reescribir ocho siglos de nuestra historia borrados de un plumazo].
Así pues, dos grandes tendencias se pusieron muy de moda entre los medievalistas: una, cuestionar el uso de la palabra “Reconquista”, y dos, estigmatizar todo aquello relacionado con la misma para no intoxicar al resto del gremio. Como si la madre Clío nos estuviese regañando: “Reconquista, caca, niño, eso no se toca”.
Abogando por un simplismo ramplón -valga la redundancia-, el meollo de la Reconquista se habría solucionado sin la propia Reconquista. Vamos, que si Tariq no se hubiera marcado la excursioncita nos habríamos ahorrado, ustedes y yo, todo este asunto. Pero la culpa no fue ni de Tariq, ni de Musa, ni de godo alguno, ni del incipiente feudalismo (o no) que brotaba en aquella Hispania y que tantos debates ha hecho proliferar al respecto.
La culpa, muy señores míos, es de los mozárabes. Así, como lo leen.

Estatua de Alfonso II, Plaza de la Catedral, Oviedo
Estatua de Alfonso II el Casto, Plaza de la Catedral, Oviedo. Foto: ferdiazgil (Flickr, licencia Creative Commons)

La culpa es de los mozárabes:
Claro que sí. Los mozárabes podrían haberse quedado quietecitos en al-Andalus, pero su obstinado afán de protagonismo les condujo, entre jornadas del foso y revueltas del arrabal, a la más y mejor directa represión. Ciertamente escarmentados, algunos pusieron rumbo al norte y se toparon con una monarquía astur a la que le vino a ver la virgen (en sentido figurado).
El reino de Asturias, por aquel entonces, era un ente del chichinabo, con perdón. Pelayo fue el jefecillo de unos asnos salvajes (sic), lo de Covadonga fue una piltrafa de batalla, al memo de Favila nos lo mata un oso y Alfonso I fue un yernísimo enchufado: tres hurras por este pedazo de mito fundacional.
Y en éstas arribaron los mozárabes. Alfonso II, que sería casto pero no cortito de miras y precisaba de una ideología a módico precio, tiró de estos Goebbels de baratillo. Como el cliente siempre tiene la razón y los mozárabes eran de todo menos escrupulosos, el resultado fue destrozar la Historia y la genealogía entera para alegar que los reyes astures eran descendientes de los visigodos; de propina, además, se descubrieron los presuntos restos del apóstol Santiago (que ya es casualidad, oigan), una prueba más del detallazo de Dios para con estos cristianos irredentos.
Puede que, en pleno siglo XXI, nos sorprenda que una falsedad tan burda como manifiesta alcanzase rango de “versión oficial”, pero cometemos el error de no pensar como alguien del siglo IX, el error de no ponernos en su escasamente aseada piel. La cosa, no obstante, es que en el siglo IX tampoco habría gente que se tragara tal mentira, mas dicha mentira les convenía sobremanera.
Por tanto, Alfonso III, que de magno sólo tenía el jabón, promovió la redacción de semejante programa político en forma de crónicas. Ya estaba el lío montado.

Verba volant, scripta manent:
Si Alfonso III hubiese encargado un tratado de horticultura, hoy quizás seríamos todos musulmanes y expertos en acelgas. Pero a Alfonso III le dio por defender tan peculiar sagrada providencia reflejada en las crónicas, justificando así sus decisiones.
El paso de las centurias, el frenesí bélico y las miserias cotidianas no lograron discutir lo apropiado del término “Reconquista”. Para las gentes del Medievo la tiranía de lo escrito se impuso sobre el pertinente bulo y/o mentirijilla piadosa. Y ya metidos en la harina de la pseudocruzada -sustantivo válido en 1212-, no placía mucho que te viniese un tiquismiquis y te soltara “no me desuelles al agareno, por favor, que estás luchando por un concepto más falso que un maravedí de cartón piedra”.

A modo de conclusión:
Yendo al grano, lo que un servidor pretende expresar respecto a tan espinoso tema es que no somos nadie para negarles a estas criaturitas medievales el uso de la palabra “Reconquista”. Ellos se lo creían (o querían hacerlo, por venirles como anillo al dedo), mientras que nosotros, acomodaticios medievalistas e historiadores en general, nos ponemos espléndidos y pretendemos rebautizar el asunto sin pedirles permiso en una clamorosa falta de respeto.
Somos bien capaces de distinguir mito y realidad, leyenda e historia. De todos es sabido que, a la más mínima, la Historia es despojada de toda veracidad sin miramiento alguno para acomodarla a intereses particulares. Y es verdad que el tratamiento que se le ha dado a la Reconquista -ahora sin comillas- ha sido irregular y sospechosamente subjetivo en muchas ocasiones. Pero todo ello no debe conducirnos a revisar sólo este caso. O sea, y nunca mejor dicho, o todos moros o todos cristianos.
Porque si ninguna guerra civil puede ser civil, ni nadie habla de la Guerra de los Ciento Dieciséis Años, ¿qué derechos podemos esgrimir para desterrar la maldita palabra “Reconquista” de nuestra Historia?

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6 pensamientos sobre “Sobre la Reconquista: el exabrupto final”

  1. Y, al margen de lo medieval, no he visto mucho nada similar a la Guerra de los 126 años (1689-1815) entre Francia y Gran Bretaña (especie de “Guerra de los cien años” de la Edad Moderna) ó lo de la “Guerra de la oreja de Jenkins” (1739-1748) de la que sólo se sabe la versión que dio Robert Jenkins porque, en realidad, no sabemos cómo perdió la oreja, ¿se la cortó Julio León Fandiño ó se la cortaron en una reyerta de taberna (por ejemplo)? y de habérsela cortado el guardacostas español se le ocurre denunciar el hecho 7 años después… Sobre nombres de guerras hay material para dar y tomar…

  2. Acabo de descubrir tu blog y me ha encantado este artículo. La mal llamada Reconquista es uno de los capítulos que más me apasionan de la historia de España, pero no por lo de las cruzadas contra los musulmanes y la brava casta española que desterró al invasor (mito donde los haya), sino por el enriquecimiento cultural, social y urbano que supuso la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica. Bajo mi punto de vista no se trata de desterrar o no desterrar el término Reconquista, sino de despojarla de toda la sarta de mitos y mentiras que la han rodeado en los libros de texto. Aquí no se reconquistó nada. Los visigodos, gente sucia, de costumbres poco higiénicas y de comportamientos un tanto frikis (mirándolo desde la perspectiva del siglo XXI), fueron desterrados AFORTUNADAMENTE. Seguramente sabrás mejor que yo que, cuando les daba por elegir un nuevo rey poco menos que lo hacían juntándose y midiéndose las melenas. “Venga, el que la tenga más larga y más andrajosa gana” (modo ironía on). Por no entrar en su estilo de vida. Frente a ello llegan unos musulmanes a desterrar todo eso y a instalar un emirato donde la medicina, las fuentes y la convivencia pacífica (porque eso de la España de las tres culturas era más propio de las zonas bajo dominio musulmán que de las católicas, apostólicas y romas). Y luego te encuentras en los libros de historia que si Don Pelayo, que si el afán por reconquistar el territorio perdido y que si leches. Le debemos a los 7 siglos de dominio musulmán muchísimo más de lo que creemos. Me alegra haber leído por ahí entre tus post que la Reconquista (entendiendo por tal el período de dominio musulmán en el que los reinos cristianos batallaban por extender sus territorios) es el período de nuestra historia que más nos ha marcado.

    1. Bueno, Ismael, lo primero es lo primero: el blog no es mío, es de todos lo que lo hacemos (y, también en buena medida, de quienes nos leéis). Me alegro de que te gustara el artículo, a pesar de que no es precisamente canónico y que pasa por encima de esas implicaciones de las que hablas en tu comentario. El problema no es cómo llamar a ese fenómeno. El problema es saber entenderlo.
      De hecho, y no te lo tomes a mal, creo que tú también caes en generalizaciones abusivas al comparar la civilización andalusí con los visigodos. De hecho, soy de los que cree que no había “una Hispania visigoda”, sino una Hispania gobernada por visigodos, que es distinto. Y esa Hispania sería la heredera (en decadencia, pero heredera) de la civilización hispanorromana. Llamar “frikis” a los godos por sus costumbres al contemplarlo desde el siglo XXI es un error, en mi opinión, porque de ser así todas las etapas históricas serían frikis.
      Tampoco podemos extrapolar qué hubiese sucedido si los musulmanes no se hubieran asentado en la península. Quizás nuestra evolución histórica sería semejante a la de otros estados feudales europeos. Quizás. O no. Lo que sí sabemos es que el 711 cambió para siempre nuestra Historia y por eso considero que es el año más decisivo de la misma. Hubo una guerra por el territorio durante los siglos siguientes, pero sobre todo hubo convivencia entre culturas, tanto en un lado como en el otro.
      Pero, insisto, es mi opinión. Una entre miles de medievalistas que siguen rompiéndose la cabeza buscando cómo llamar a un periodo sin llamarlo Reconquista, al igual que los populares tratan de encontrar un nombre a lo que todos llamamos rescate.

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